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Redes sociales y populismo

por 30 septiembre, 2020

Redes sociales y populismo
Asaltos a la verdad en el mundo digital se han producido en todo el mundo; es una oleada populista que provoca reacciones de miedo y terror. Se anteponen al debate razonado y erosionan la democracia. Todo esto nos puede llevar a la muerte lenta de la democracia, y su transformación en autoritarismos. Algunos coinciden en que Trump es la coronación del populismo y su éxito refleja el hastío a la verdad.
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En febrero, Hillary Clinton aseguró en el Festival de Berlín que Rusia estuvo detrás de la “sofisticada” maniobra de filtraciones para sacarla de la carrera presidencial de Estados Unidos el 2016. Acusó –nuevamente– a su excontendor de difundir mentiras sobre ella, las que tildó de “propaganda manipuladora”.

Luego de años, Facebook confirmó que en esas elecciones se contabilizaron al menos 3 mil publicaciones realizadas desde cuentas falsas operadas probablemente por Rusia. Si Barack Obama fue quien dio el puntapié inicial al uso de las redes sociales para fines propagandísticos, fue Donald Trump quien las transformó en un arma de destrucción política.

Aprovechando las bondades de las burbujas de filtro y la segmentación para propagar fake news en redes sociales, contrató los servicios de la consultora Cambridge Analytics, para acceder a los perfiles de Facebook de millones de estadounidenses sin su consentimiento. Así logró posicionar sus mensajes con un discurso antipolítico.

El ahora Presidente de Estados Unidos tenía muy claro que el paradigma de acceso a la información había cambiado, porque, si antes los ciudadanos nos informábamos a través de los medios tradicionales, ahora lo hacemos a través de las redes sociales, y en grupos cerrados.

Esto supone un doble impacto: que las noticias vienen sin garantías, es decir tienen la misma capacidad de viralizarse que un hecho auténtico informativo, y se reproducen en las burbujas de opinión o de filtro.

Nos llega un titular por redes directo al celular sin saber de dónde salió, si encaja en nuestra visión del mundo, sin importar su origen, lo compartimos. Así propagamos fake news, que son informaciones falsas diseñadas para hacerse pasar por noticias con el objetivo de difundir un engaño o una desinformación deliberada para obtener un fin político o financiero.

¿Pero qué son las burbujas de filtro?

En términos simples, cada uno de nosotros tiene una huella digital en la red, esta a través de nuestra navegación va quedando registrada en los dispositivos de búsqueda que manejan las empresas. Son máquinas que rastrean tus gustos y su objetivo es predictivo. Elaboran un universo de información único para cada uno de nosotros.

Esas son las “burbuja de filtro”. Así, la personalización de la información termina siendo un espiral de fuerza centrífuga donde solo existes tú. Altera nuestra manera de encontrar información. Si nunca cliqueamos en los artículos que están fuera de nuestras fronteras, estos desaparecen.

Así, emergen las fakes news en todo su esplendor, donde la verdad está en peligro porque “es personalizable”. Lo dice Marc Amorós en La verdad de las noticias falsas. Esta segmentación fue aprovechada por Trump para ganarle la carrera a Hillary.

Según Michiko Kakutani, el nacionalismo, tribalismo, deslocalización, miedo al cambio social y odio al que viene de afuera, son factores que aumentan a medida que la gente se atrinchera en sus burbujas, perdiendo el sentido de la realidad compartida y la capacidad de comunicarse.

Ya lo había observado Obama cuando dijo que los mayores retos a los que se enfrenta nuestra democracia es que no tenemos una base común de hechos, porque las personas se mueven por universos de información completamente diferentes, lo que propicia la disminución del interés de los ciudadanos de participar en política y constituye un electorado mal informado, porque las campañas son dominadas por el dinero y la manipulación de los datos.

Estos asaltos a la verdad, se han producido en todo el mundo; es una oleada populista que provoca reacciones de miedo y terror. Se anteponen al debate razonado y erosionan la democracia. Todo esto nos puede llevar a la muerte lenta de la democracia, y su transformación en autoritarismos. Algunos coinciden en que Trump es la coronación del populismo y su éxito refleja el hastío a la verdad.

Distintos gobiernos y empresas están buscando poner freno a la propagación de informaciones falsas, especialmente en campaña.

El escándalo de Cambridge Analytics, reveló el lado oscuro de las redes sociales, lo que Brittany Kaiser llamó: “La dictadura de los datos”. Fue ella quien denunció cómo Cambridge, el Big Data, Trump y Facebook quebraron la democracia.

Tenemos un gran desafío: crear un mundo más ético porque aún existe un sinnúmero de flujos de datos sin regular dando vueltas en la red.

El desafío es evitar que el tribalismo aumente; que el umbral entre la verdad y la mentira se siga desdibujando; que los populismos de izquierda y derecha se sigan instalando en el living de nuestras casas de la mano de un dispositivo móvil a la cuenta de un clic. Como asesores y periodistas podemos no emplear tácticas engañosas para captar la atención de los lectores.

Pero, en particular, de todos depende tomar decisiones éticas en nuestra propia vida digital. Podemos elegir poner en duda los artículos desacreditados, abstenernos de compartir mensajes que inciten al odio, la rabia y el miedo. Es la única manera de evitar que las redes sociales se sigan transformando en un arma de destrucción de nuestra democracia en la era de la posverdad. No es demasiado tarde para evitarlo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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