sábado, 18 de septiembre de 2021 Actualizado a las 21:41

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¿Qué es ser militar?

¿Qué es ser militar?
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Resulta un error común abordar el tema de la defensa, y en particular el de las Fuerzas Armadas, desde una perspectiva de corto plazo. Es clave mirar los ámbitos involucrados y proyectarlos en el futuro, porque ninguna capacidad de la defensa se articula de un año para el otro. También es un error asumir posiciones reduccionistas, sin querer ver lo obvio, negando aspectos de la realidad que emiten señales inequívocas de potenciales conflictos en el futuro.

Para Chile, es innegable que el haber resuelto por la vía de la negociación o por la vía jurídica problemas vecinales de larga data, proporciona una sensación de tranquilidad. Es más, para muchos se ha generado la falsa percepción de que ya no hay conflictos de qué preocuparse. Sin embargo, eso es autoengañarse o querer tapar el sol con un dedo. Desde diversos sectores, no han faltado las voces que aluden a que la disuasión ha perdido sentido, porque nuestra región latinoamericana es una zona carente de conflictos interestatales, sin tener en cuenta, mirando nuestra historia, que fue precisamente la capacidad disuasiva un factor clave, entre otros, para llegar a la mesa de negociaciones y a la Corte Internacional de Justicia.

En la línea planteada, el contexto en que estamos insertos es complejo e inestable. En términos globales, Estados Unidos, China y Rusia están sumidos en una competencia por poder e influencia, utilizando recursos de poder como la propaganda, los ciberataques, la desinformación y la promoción de vacunas contra el COVID-19, afectando la normalidad de las relaciones internacionales, donde se está imponiendo un régimen de equilibrio de poderes. En lo regional, la inestabilidad política y los efectos de la pandemia han aislado a los países del área, los que, alejados de la cooperación y el multilateralismo, buscan sus propias fórmulas para superar los problemas de diversa índole que generan inseguridad y violencia.

En el caso particular de Chile, el entorno debe observarse con cuidado. En lo vecinal, más allá de los problemas resueltos en lo formal, se mantienen reivindicaciones territoriales constitucionalizadas, aspiraciones de espacios compartidos en los pasos bioceánicos australes, y otras que afectan nuestros intereses en la zona austral, en la Antártica y en Campos de Hielo Sur. Asimismo, también recientemente se ha aludido a intereses económicos vinculados al triángulo del litio.

A partir del panorama descrito, surge la interrogante sobre la situación que nos esperaría en un horizonte de 5, 10 o más años, perspectiva que nos interpela a determinar en qué medida nuestros intereses soberanos podrían verse afectados, y qué acciones políticas debiésemos adoptar para enfrentar los desafíos y amenazas que surjan, dando respuestas que garanticen la seguridad de nuestro país. El tema es complejo e incierto, porque la réplica debe generarse principalmente en el binomio política exterior/defensa. En este contexto, no parece sensato debilitar nuestra defensa afectando nuestra capacidad de disuasión, porque obedece a una estrategia que proporciona grados de seguridad aceptables que permitirían proteger nuestros intereses, generando condiciones apropiadas para el desarrollo de Chile.

En dicho sentido, el factor más importante en que se sustenta la defensa de un país son los hombres y mujeres que pertenecen a las Fuerzas Armadas, porque individual y colectivamente hacen efectivas las acciones de combate, de apoyo al combate, logísticas y administrativas que hacen realidad el cumplimiento de las misiones que a las instituciones se les asignan.

En relación con lo planteado, una primera consideración a tener en cuenta es la necesidad de mirar lo que hacen otros países, particularmente aquellos que son referentes para Chile, como las naciones que pertenecen a la OCDE. En todos ellos, las Fuerzas armadas son tratadas de acuerdo con su naturaleza, porque las personas trabajan en contextos de riesgo permanente desde su formación básica, con absoluta dedicación a las tareas asignadas, y con la disposición de ser empleados en los destinos que las misiones institucionales exijan. Para ello se requiere temple y vocación.

Es importante recordar que la posibilidad de accidente está siempre presente, a pesar de las estrictas medidas de seguridad que se adoptan. Es cierto, se entrena para combatir, se opera en ambientes y situaciones que generan alto riesgo y estrés. Por ello, entonces, perder la vida o recibir daños físicos y/o sicológicos, forman parte de la vida militar.

A modo de ejemplo. Un piloto de combate, que toma años en formarse, cada vez que cumple una misión de entrenamiento pone en riesgo su vida. Un equipo de rescate marítimo, opera muchas veces en condiciones marginales para salvar la vida de personas en peligro, arriesgando la propia. Un soldado realizando ejercicios de combate al que le explota una munición cerca puede perder la vista, una extremidad o la vida. Entonces, la profesión militar no es de oficina. Ser militar es una profesión en la cual se arriesga la vida permanentemente y, si bien no es una obsesión, es algo que siempre está presente en ellos y en sus familias. Se arriesga invalidez y, sobre todo, pérdida de facultades físicas en sentidos como el oído, rodillas tempranamente desgastadas y dolores físicos permanentes, cosas que no suceden en ninguna otra profesión, debiendo, a su vez, estar disponibles 24 horas al día, los siete días de la semana y los 365 días del año, sin considerar horas extras.

También es necesario recordar que se trata de hombres y mujeres que dejan sus familias, hijos, niños por nacer o recién nacidos por meses, porque la misión encomendada lo exige. ¿Quién en su vida profesional es obligado a trasladarse varias veces en su vida por motivos profesionales? Los hombres y mujeres de uniforme que son desplegados de acuerdo con las necesidades del servicio, con costos familiares importantes. Sin embargo, para el/la soldado, marino o aviador, todo se sustenta en una sola idea: servir al país al que pertenecen.

Otro aspecto en el que es necesario reflexionar, es que la carrera militar se inicia a partir de los 18 años y dura hasta los 50 o 60 años, dependiendo del país. Ello implica una vocación que no solo se articula para ganar un salario o crecer profesionalmente en una institución castrense. Muchas veces se aborda a partir de tener ancestros que combatieron en una guerra, o padres y familiares que llegaron a lo más alto en la carrera militar. Por lo mismo, en todos los países quienes integran las Fuerzas Armadas tienen asumidos altos niveles de responsabilidad; costos voluntariamente aceptados con una sola recompensa: el deber cumplido.

Ningún país de la OCDE omite estas consideraciones en las leyes regulatorias de las Fuerzas Armadas, lo que se refleja en el trato, la deferencia y el respeto a las mismas. De allí que, pensar en estas como si fueran un servicio público más dentro del Estado, no se ve en ninguno de ellos. Por ello los desfiles, las festividades conmemorativas, el recuerdo a los caídos cumpliendo su deber, y la evocación a los héroes de la paz y la guerra. Esto es lo que se reconoce en todos los países desarrollados, contribuyendo al éxito de las naciones y a su institucionalidad. De todos estos elementos, se concluye que es necesario salvaguardar institucionalmente a las personas que integran las filas de las Fuerzas Armadas, por ser el pilar en que se sustenta la estructura de la organización militar.

Tal es su trascendencia, que dicho cuidado se vincula a decisiones políticas, las que siempre afectarán su moral, entrenamiento, cohesión, disposición al sacrificio en la defensa y protección de los intereses y valores de la sociedad a la que pertenecen.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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