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Presidente electo Opinión

Presidente electo

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Manuel Riesco
Por : Manuel Riesco Economista del Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (Cenda)
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Gabriel Boric es el Presidente electo. Una histórica victoria que los pueblos de Chile y la humanidad progresista celebran con alborozo. Como un hito importante en la saga revolucionaria e impecablemente democrática por la cual nuestro país es universalmente conocido, querido y respetado, personificado en la figura de Salvador Allende. 

El Presidente electo Gabriel Boric ganó lejos. Con la mayor votación de la historia. Ganó porque él y su comando, y todos los partidos democráticos encabezados por sus principales dirigentes, y todas las organizaciones sociales importantes, y todo el pueblo activo convocado por sus figuras más queridas y respetadas, hicieron una gran campaña en segunda vuelta, que sin sectarismo ni mezquindad alguna sumó a medio mundo.

Pero, especialmente, el Presidente electo Gabriel Boric ganó lejos porque cuenta con una base popular mayor. La que acabó con la dictadura y hoy, unida, acrecentada y activa, exige y seguirá exigiendo realizar las reformas necesarias. Ganó porque en esta vuelta esa mayoría se levantó a votar por él. También a parar los carros a la ultraderecha, como reconoció un analista de ese sector. Ganó lejos porque ese día se levantó a votar la juventud del pueblo, en su mayoría mujeres, que antes dieron un triunfo arrollador al Apruebo y la Convención.

El Servicio Electoral (Servel), que de paso ha sido un gran protagonista en un año de innumerables elecciones, revisó la participación en varias de estas por cédula de identidad, conocida como RUT. Descubrió que lo que cambia de una elección a otra, a veces sorprendentemente, no son tanto las preferencias individuales sino las personas que concurren a votar. 

El registro de electores del Servel coincide con el de afiliados a las AFP, son los mismos RUT, y ambos cubren casi toda la población mayor de 18 años. Sabemos así que el grueso de los electores es en realidad la inmensa masa de trabajadores que entra y sale constantemente de las precarias pero numerosas ocupaciones asalariadas que mueven la economía del país, cuyos salarios conforman la parte principal de sus ingresos. Y que trabaja por su cuenta en el intertanto.

Es decir, el pueblo trabajador experimenta algo parecido en su participación en los empleos asalariados y en las elecciones. Casi todos ocupan una plaza asalariada a la vuelta de pocos años, pero aunque el número de ocupaciones disponibles es muy considerable, solo pocas personas logran mantener una sin interrupciones. De igual modo, la mayoría de los electores vota, pero solo una minoría lo hace en todas las elecciones. Los trabajadores que ocupan las numerosas plazas asalariadas disponibles en un mes determinado no son los mismos que las ocupan al mes siguiente o en el precedente. De la misma manera, los electores que votan en una elección no son los mismos que votan en la siguiente, o en la precedente. 

Sabemos que se trata de una fuerza de trabajo muy joven, que la mitad son mujeres, y es bastante calificada. Sabemos asimismo que cuando accede a un trabajo asalariado gana en promedio poco menos de un millón de pesos, aunque la mitad gana menos de la mitad de esa cifra. Es decir, sabemos que la masa del pueblo y del electorado está conformada por personas trabajadoras asalariadas pero también que, así como las ocupadas cambian de un mes a otro, las votantes no son las mismas de una elección a otra. 

De este modo, como escribió un influyente periodista, las elecciones las gana «no quien pueda convertir a más fieles del otro bando, sino quien dé a los suyos razones más poderosas para levantarse a votar» (Matamala 2021). Cómo en esta vuelta el pueblo trabajador votó en masa, como nunca antes, develó a las claras cuáles son sus reales preferencias políticas. El resultado fue la gran victoria del Presidente electo Gabriel Boric. 

Obviamente, todas las elecciones las define el pueblo trabajador que en cada oportunidad decide concurrir a las urnas. Las élites fulguran omnipresentes, se aplauden solas y creen que el mundo gira en torno a sus devenires y devaneos. Pero en las votaciones no pesan mucho porque son muy pocos. 

El cogollito de la élite pinochetista, restaurada el 11 de septiembre de 1973 con criminal fuerza bruta por traidora mano ajena, luego adueñada de la política con su dinero, se concentra, atrincherada, presa del temor, en tres comunas segregadas del resto del país. Allí exhibe parte de la riqueza de todos que se ha apropiado y consume una buena tajada del tercio del producto interno bruto (PIB) que se embolsa cada año. Pero las susodichas tres comunas no albergan ni el dos por ciento de los electores totales. 

A sabiendas de ello, y tras sus derrotas en el Apruebo y la Convención, en las recientes elecciones presidenciales la derecha concentró todos sus considerables recursos y poderío, en una contraofensiva relámpago que logró movilizar a votar al pueblo conservador. Este es numeroso y respetable, gente trabajadora, seria, honrada y normalmente tranquila, pero de convicciones y costumbres más bien tradicionales y con frecuencia se inclina a votar por la derecha. 

La experiencia de Europa y la propia de Chile en el siglo XX, nos enseña que, de tarde en tarde, en tiempos difíciles, cuando ve frustradas sus esperanzas, cuando quienes podrían y deberían resolver sus problemas no están a la altura o abandonan esa tarea, una parte de este sector del pueblo puede ser azuzado por canallas. Hasta convertirse en una turba atemorizada que reacciona de modo cobarde, revolviéndose de modo agresivo y criminal contra parte del propio pueblo, a quienes identifica como chivos expiatorios de sus acuciantes problemas no resueltos.

Igual que el resto de sus hermanos, el pueblo conservador está compuesto hoy en su abrumadora mayoría por personas trabajadoras que entran y salen constantemente de precarias ocupaciones formales y obtienen la mayor parte de sus ingresos del salario. Y trabajan por su cuenta en el intertanto. 

Es probable que la pequeña fracción del pueblo que trabaja la mayor parte del tiempo o casi siempre por su propia cuenta, como pequeños comerciantes, campesinos, transportistas o artesanos, entre otros, constituya quizás una proporción algo mayor en el pueblo conservador. Cualquiera puede comprobarlo al conversar con quienes ejercen esos oficios. 

Quienes promueven causas progresistas y justas, usualmente tienen en cuenta y tratan con respeto al pueblo trabajador de ideas conservadoras. Uno de los grandes aciertos de la candidatura de la izquierda, durante la segunda vuelta presidencial, fue precisamente morigerar aquellos aspectos de su programa y símbolos de su campaña que no son bien comprendidos y a veces irritan al pueblo conservador. 

Una hermosa y emotiva anécdota de la reciente elección dice mucho al respecto. Le sucedió a una familiar de víctimas de la dictadura que en ese momento decidió ir a conversar por primera vez de política con su atento casero, en la verdulería donde usualmente hace sus compras. Al preguntarle por quién iba a votar en segunda vuelta, este le respondió que lo haría por el candidato de ultraderecha, por miedo al comunismo dijo.

Ella con toda calma le contó que su padre, profesor universitario y comunista, había sido asesinado a palos por esbirros de Pinochet y que jamás habían encontrado de él nada más que un diente. El verdulero quedó pasmado, no tenía idea que su casera era quien es. Al poco rato ella volvió trayendo de regalo el informe Rettig y al visitarlos en su casa poco después los observó, al verdulero y su mujer, hojeando las atrocidades de la dictadura allí documentadas, entre sollozos. Votaron por Boric.

Hay casos así, pero la base del triunfo del Presidente electo Gabriel Boric es que en la segunda vuelta se levantó a votar por él aquella parte del pueblo trabajador, especialmente jóvenes mujeres, que desde el 18-O viene desplegando nuevamente una impresionante actividad política que dio victorias al Apruebo y Convención. Ello no había sucedido en la primera vuelta presidencial y por eso la derecha logró alcanzar allí el primer lugar, aunque por nariz. 

Ahora ellos dieron la victoria a la izquierda, porque saben que se necesita en el Gobierno una fuerza política dispuesta a realizar las reformas necesarias. Para acabar con los abusos y corregir las distorsiones que se iniciaron y vienen arrastrando desde el 11 de septiembre de 1973. 

El pueblo trabajador no siempre se levanta a votar por la izquierda. Su participación en política no es permanente, ni mucho menos, ello sería algo agotador. No está conformado por aguerridos militantes, a los que sin embargo respeta, sino por gente de su trabajo y su casa. Generalmente agobiada por jornadas extenuantes y dedicada a lo suyo sin mucho tiempo para disquisiciones ni trifulcas políticas. 

Por este motivo y como descubrió la ciencia política clásica, la participación popular en política sigue largos ciclos que incluyen prolongados períodos de calma chicha, donde el pueblo se queda en la casa y no sale a manifestarse masivamente ni a votar. En esos tiempos la política se desenvuelve principalmente en los pasillos del poder, en la medida de los acuerdos posibles de lograr en el Parlamento. 

Sin embargo, de tanto en tanto el pueblo trabajador irrumpe masivamente en la política. En Chile lo ha hecho cada década en promedio a lo largo de un siglo. Para hacerse respetar y empujar desde abajo a que los de arriba realicen las reformas necesarias para acabar con los abusos de los poderosos y permitir que la sociedad en su conjunto siga progresando. 

Esto lo olvidan fácilmente los políticos, asesores, teóricos y comentaristas, quienes con facilidad caen en lo que la ciencia política clásica calificó de “cretinismo parlamentario”. Es decir, el olvido de que en períodos de actividad política popular desplegada, esta se hace principalmente en las calles. Porque solo allí reside la fuerza popular capaz de enfrentar a los poderosos y forzar la realización de las reformas necesarias, a las cuales aquellos se oponen siempre de modo feroz y tenaz.

Ahora, por ejemplo, muchos analistas de los principales medios pretenden convencernos que la victoria del Presidente electo no se debería a un fenómeno popular, sino generacional y de sexos, que ciertamente también lo es, o a la supuesta disposición del candidato a abdicar la realización de las reformas necesarias. En suma, estos pretenden convencer que el Presidente electo Gabriel Boric habría ganado porque se habría manifestado dispuesto a dejar que todo siga más o menos igual, solo que con rostros diferentes y más lozanos. 

Muy por el contrario, la victoria del Presidente electo Gabriel Boric es un recordatorio contundente de la continuada participación del pueblo en la política. Es la cuarta irrupción popular masiva reciente, tras el 18-O, el Apruebo y la Convención. Ello ha sido reconocido de modo bastante general por las principales figuras políticas, empezando por el propio Presidente electo y sus asesores políticos. Casi todos ellos han dicho que el pueblo chileno expresó de modo irrefutable su voluntad de realizar los cambios necesarios. 

En su notable discurso la noche de la victoria, el Presidente electo Gabriel Boric empieza diciendo: “El mismo compromiso y entusiasmo será necesario durante los años de nuestro Gobierno para que, entre todas y todos, podamos sostener el proceso de cambios que ya hemos empezado a recorrer, paso a paso. El pueblo debe seguir movilizado”. Poco antes había dicho que no solo escucha a sus asesores sino también la voz del pueblo.

El Presidente electo finaliza su discurso de victoria citando nada menos que al Presidente Salvador Allende. Precisamente el ejemplo universal de un político impecablemente democrático que supo conducir a su pueblo alzado y apoyarse en su fuerza desplegada para realizar las reformas necesarias con la determinación requerida. 

Una vez logrados estos objetivos, como corresponde, el Presidente Allende estuvo consciente además de la necesidad de ampliar su base política y consolidar lo logrado. No logró imponer esa línea a tiempo para evitar la espantosa derrota del 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, puesto en ese trance histórico, Salvador Allende no renunció. Por el contrario, no vaciló en ofrendar su vida para responder debidamente a la lealtad de su pueblo.

El pueblo no siempre se levanta a votar por la izquierda. Pero lo hace cuando estima indispensable enfrentar a los poderosos con decisión, para acabar los abusos y realizar las reformas necesarias. En esas ocasiones, el pueblo espera que la izquierda cumpla su tarea con la determinación de Salvador Allende.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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