Publicidad
Pepe Le Pew y el cinismo por Maduro Opinión

Pepe Le Pew y el cinismo por Maduro

Publicidad
Tomás Jocelyn-Holt
Por : Tomás Jocelyn-Holt Candidato presidencial liberal independiente
Ver Más

Y después están los que dicen que Maduro demostró que Pinochet era un demócrata porque reconoció su derrota.


Maduro nunca tuvo intenciones de ceder el poder. ¿Para qué convocar a un pueblo a elecciones si no le vas a hacer caso y terminas necesitando cada vez más violencia para sostenerte? Tal vez imaginó poder hacer algo parecido a Macron, que tentó con un triunfo de sus adversarios solo para despertar una reacción en su contra. Pero desde que inhabilitaron a María Corina Machado era evidente que la elección sería un plebiscito contra el régimen. Chávez gobernó en base a referendos. La oposición venía aturdida del sueño de repetir lo que los chilenos habíamos hecho con Pinochet el 88. Por eso nos invitaban. No era la primera vez que el Centro Carter se prestaba como veedor, ni la apuesta por un plebiscito binario, control electoral y un mensaje de unidad.

Nadie pensó que el régimen ya había internalizado su deterioro externo. Que ya no era ese chavismo que aprovechó el desplome de los partidos tradicionales, un populismo petrolero, que descolocó a sus capas medias y ofreció otro clientelaje político. La élite de poder se robó el país. Corrompió a sus militares. Produjo un éxodo migratorio nunca antes visto y arbitró carteles de drogas que le fueron funcionales para desestabilizar el Cono Sur y construir otra hegemonía. No buscan hacerse simpáticos.

Creer que el régimen venezolano va a caer por presión externa es una ilusión. Si cae es por presión interna y eso tendrá un precio. Ya van 20 muertos. Mientras no se entienda que el dilema de ese país dejó de ser un problema de actas electorales y pasó a ser un problema de derechos humanos, no hay nada que hacer. Maduro no tiene complejo de gobernar con 1/3 del país contra los 2/3 restantes, culpando a WhatsApp, Elon Musk, chilenos y peruanos como los instigadores de la revuelta interna. Solazándose de haber detenido a 2 mil y metiendo miedo con que detendrá a mil más. Su prédica es tan delirante como olímpica.

No llegamos aquí de la nada. Rodríguez Zapatero fue el guaripola de españoles que quisieron hacer negocios en ese país. Fue Mike Pence el que tiró la cadena a Guaidó en Cúcuta. Fue Biden el que levantó sanciones para compensar el problema petrolero ruso. Hoy Trump celebra la seguridad de las calles venezolanas. Le gustan los dictadores. Maduro hace otra geopolítica, con rusos, iraníes y el que quiera convertir a Venezuela en la cabeza de playa contra los gringos y las élites democráticas de América Latina, una especie en extinción.

Cuesta entender a los chilenos que fueron a observar esa elección. ¿Qué vieron? El régimen escondió las actas y, que yo sepa, ni Artés, la chica Oliva, ni Marco Enríquez-Ominami las tienen. MEO se cree Pepe Le Pew, ese zorrillo fétido y acosador, que se vende de seductor. Se enoja con quienes no se embrujan con sus “soluciones”, como si otra elección o una negociación cambiaran la intención de Maduro de aferrarse al poder. Curiosamente, ninguno es comunista, pero Maduro los invitó para que enredaran cualquier denuncia contra el fraude. Le pidió a Alberto Fernández que no fuera, pero a Samper y a este grupo los usó como los vendepatrias ideales para sus propósitos. ¿Esperaban caer bien?

Apenas se produjo lo que cualquiera hubiera podido imaginar, los chilenos hicimos lo que solo nosotros sabemos hacer. Ricardo Lagos Weber, Juan Luis Castro y Camilo Escalona cuestionaron la hipocresía con una dictadura, el mismo día que inscribían una sola lista con el PC. Como si cortejaran a los pro y anti-Maduro en Chile, mientras la gente sale a protestar por los cortes de luz. Bachelet hace una de sus típicas evasivas pidiendo las actas y endosando el forro a la OEA, ¿y el Centro Carter?

Lucía Santa Cruz celebra a Boric y Alejandro Navarro se cuadra con Boric. Explíquense esa. Alberto van Klaveren no puede reconocer a Maduro, pero tampoco a Edmundo González, mientras le expulsan dos senadores, su embajada completa y dan trato oficial a pintamonos de la sociedad civil.

Eugenio Tironi pide relajar la vena con el PC por Venezuela, adulando a Boric como “el líder latinoamericano más temido por Maduro”. Sebastián Gray y hasta mi hermano Alfredo se escandalizan con que un conjunto de caribeños se tomaran Pedro de Valdivia para protestar contra Maduro, como si no hubiéramos estado dos meses con la Casa Central de la Chile arropada con una bandera palestina. Jorge Arrate siente que acusar a Marina Corina Machado como “una Milei con Faldas” justifica desconocer la votación. Diosdado Cabello trata a Boric de bobo, mientras este se queja de la “intolerancia a la divergencia”, como si estuviera discutiendo entre amigos. Atria y Antonia Orellana creen copar esa izquierda que no sabe cómo desentenderse de lo que antes defendió.

Y después están los que dicen que Maduro demostró que Pinochet era un demócrata porque reconoció su derrota. Como si Hitler se hubiera legitimado con su suicidio o como si Fernando Matthei no hubiera tenido que “sacar la espoleta de esa bomba” y preguntar “¿dónde está la champaña para celebrar?” el triunfo del . Alfredo Joignant aprovechó el fraude de Maduro para agitar al Servel poco menos que como patrimonio de la humanidad. ¿Quién dijo que el himno nacional chileno era el más bonito del mundo? Aun así, lo quisieron cambiar apenas pudieron.

Chile tiene una encrucijada que no sabe cómo resolver. A Boric le acomoda que Brasil, Colombia y México pretendan normalizar a Maduro, junto a una trenza que usan sus Estados como plataforma ideológica, renuncian a confianzas institucionales y apuestan por agitar sus sociedades civiles. Milei hace lo mismo. Con dos días de diferencia, a Lula le damos alfombra roja y Milei pide que Boric le haga el besamanos en su hotel. La región debe tragarse un dumping migratorio, acciones encubiertas y crimen transfronterizo, con líderes excéntricos, desequilibrados, indolentes y odiosos.

A Colombia le da lo mismo su política exterior. México no tiene pito que tocar en el Cono Sur. Lula no le ha achuntado ni a Putin, Europa, China, ni a India. Brasil y Argentina se engañan de sus fantasías y giran a cuenta de una región que no tiene nada que agradecerles. Chile no pesa nada más que para mirarnos en menos. No hay identidad democrática ni empatía cultural. En Bolivia, Arce y Evo se culpan de golpes mutuos. Si las elecciones se pueden robar en Venezuela o México, ¿por qué no acá? El barrio se volvió hostil.

En esto, Europa no se ha engañado. Se hizo cargo de Milosevic en Serbia en los 90 y ahora con los rusos. Ucrania ya tiene F-16. Alemania acaba de canjear un ruso condenado por tres alemanes en una acción que no volvió a Putin más simpático en ese país, por mucho que se celebre el acuerdo. Nosotros hemos vivido como si América Latina fuera una poesía. Una novela de García Márquez. Un cuento que ni nosotros creemos, pero donde hacemos gala de siempre cuentear de manera distinta, al punto de no reconocernos nosotros mismos y tratarnos cada vez peor.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad