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Escuchar la voz de alguien Opinión

Escuchar la voz de alguien

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Enzo Solari Alliende
Por : Enzo Solari Alliende Profesor Facultad de Derecho Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
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Para desarmar mentalidades gritonas, megalómanas, podridas de poder, una experiencia de buena literatura viene como anillo al dedo. Pues la voz de alguien puede llegar a ser, a su manera, una primicia de religión.


En una carta de 2024, Francisco recordaba papalmente a Borges, para quien “lo más importante es leer, entrar en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos delante, más que fijarse en las ideas y en los comentarios críticos […]. Borges explicaba esta idea a sus estudiantes diciéndoles que quizás al comienzo iban a entender poco de lo que estaban leyendo, pero que en todo caso habrían escuchado ‘la voz de alguien’. Esta es una definición de literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de alguien. Y no nos olvidemos qué peligroso es dejar de escuchar la voz de otro que nos interpela”. 

Borges no era creyente (en el sentido cristiano de la expresión), y sin embargo parecía poéticamente fascinado ante la figura humana de Jesús: “No le está dado ver la teología,/ la indescifrable Trinidad, los gnósticos,/ las catedrales, la navaja de Occam,/ la púrpura, la mitra, la liturgia,/ la conversión de Guthrum por la espada,/ la Inquisición, la sangre de los mártires,/ las atroces Cruzadas, Juana de Arco,/ el Vaticano que bendice ejércitos./ Sabe que no es un dios y que es un hombre/ que muere con el día. No le importa./ Le importa el duro hierro de los clavos./ No es un romano. No es un griego. Gime./ Nos ha dejado espléndidas metáforas/ y una doctrina del perdón que puede/ anular el pasado”.

Vargas Llosa, recién fallecido también, tuvo en su panteón a Borges, “el más intelectual y abstracto de nuestros escritores”, cuentista eximio, hipnótico, cuyos relatos son como historias policiales impregnadas de metafísica, con una escritura insólitamente exacta en lengua castellana, plagada de desacostumbradas adjetivaciones, de peculiares usos verbales.

El peruano, increyente como Borges, solía tratar la ambigüedad de la religión (y el cristianismo) novelando fanáticos desvaríos religiosos (como los ocasionados, en esa enormidad que es La guerra del fin del mundo, por el Consejero y su cristiano movimiento antirrepublicano en Canudos, no sin apuntar el otro fanatismo positivista de Galileo Gall), o bien ensayando que la religión es casi inevitable no tanto por el “miedo a la muerte, [el] espanto ante la perspectiva de la extinción total”, sino más bien por “esa sensación de desamparo y extravío en esta vida, aquí y ahora”, si es que “la justicia no llega a ser nunca una realidad tangible y al alcance de todos, que defienda al individuo común y corriente, al ciudadano anónimo, de ser abusado, atropellado y discriminado por los poderosos”. 

Entre tales poderosos, dicho sea de paso, descuellan hoy en este mundo ancho y ajeno algunos políticos supinamente estridentes, vengativos, como el vicepresidente de EE.UU., para el que “las universidades son el enemigo”, o el colérico hombre naranja empeñado en una cruzada contra ellas, la libertad académica y otros demonios enemigos, o el oligarca que vela por la eficiencia gubernamental mientras apunta contra la “empatía suicida”.

El culto inquietante del matón, del winner, aun del autoritario y del perseguidor, ha sido justificado religiosamente por las nuevas derechas radicales (como también por autocratismos de izquierda), para consternación de no pocas iglesias, sinagogas, mezquitas, comunidades religiosas.

Tanto es así que el borgeano obispo de Roma, “en estos delicados momentos”, tuvo que escribirles a sus colegas estadounidenses para reconocer cuando se esfuerzan y “trabajan de manera cercana con los migrantes y refugiados, anunciando a Jesucristo y promoviendo los derechos humanos fundamentales”, pues Dios mismo “premiará abundantemente todo lo que hagan a favor de la protección y defensa de quienes son considerados menos valiosos, menos importantes o menos humanos”, lo que lo llevó a exhortar “con caridad y claridad” a creyentes y no creyentes “a no ceder ante las narrativas que discriminan y hacen sufrir innecesariamente a nuestros hermanos migrantes y refugiados […,] a vivir en solidaridad y fraternidad, a construir puentes que nos acerquen cada vez más, a evitar muros de ignominia”.

No ha sido esta la única voz que clama en el desierto. En pleno traspaso presidencial, antes de que el nuevo caudillo empezara a vomitar órdenes ejecutivas, la obispa episcopaliana Mariann Budde también lo tuvo que encarar: “Señor presidente: millones han puesto su confianza en usted. Y como usted dijo ayer, ha sentido la mano providencial de un Dios amoroso. En el nombre de Dios, le pido que tenga misericordia de la gente de nuestro país que ahora está asustada. Hay niños gays, lesbianas y transexuales, y familias demócratas y republicanas e independientes, algunas de las cuales temen por sus vidas, y gente que recoge nuestras cosechas y limpia nuestras oficinas, que trabaja en granjas avícolas y en plantas empacadoras de carne, que lava los platos después de que comemos en restaurantes, y que trabaja en los turnos de noche en los hospitales”.

Estas agudas maneras de enfrentar la nueva estridencia de los gobernantes por decreto se caracterizan por hacerlo cordial, inteligentemente. O sea, con rigor, apertura, cierta fiereza de mente (y corazón), cuya apología hiciera jesuíticamente Spadaro hace poco: “Las diferentes escuelas de pensamiento, las sensibilidades más progresistas o más tradicionalistas, las preguntas planteadas por teólogos de todos los continentes, no son una amenaza que haya que desactivar, sino un recurso que hay que comprender. La diversidad, si es honesta y está arraigada en la búsqueda sincera, es generativa”. O, dicho literariamente, y tomándose en serio al escribidor Pedro Camacho, enfrentar el tsunami político-narcisista con “frente ancha, […,] mirada penetrante, rectitud y bondad en el espíritu”.

En fin, para desarmar mentalidades gritonas, megalómanas, podridas de poder, una experiencia de buena literatura viene como anillo al dedo. Pues la voz de alguien puede llegar a ser, a su manera, una primicia de religión. Estos días de pascuas, trogloditas, guerras luctuosas son propicios para distinguir la religiosidad tóxica, como la que experimentó Varguitas cuando en su niñez sufriese abuso clerical (y cuya añosa recurrencia sistemática, piedra de escándalo no solo de los últimos papados sino en muchas iglesias, verifica el dicho latino según el cual corruptio optimi pessima), de esa otra más sana, amplia, paciente, ilustrada, cuya marca –acaba de decir el sucesor de Francisco no es estruendosa ni petulante, “recordando que Dios ama comunicarse, más que en el fragor del trueno o del terremoto, en ‘el rumor de una brisa suave’ (1 R 19,12) o, como lo traducen algunos, en una ‘sutil voz de silencio’”, y que toca la cabeza justamente porque toca suave, silenciosa, libremente el corazón (Ez 11,19: “Arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne”).

Una cosa lleva a otra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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