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Una campaña política de tierra arrasada Opinión

Una campaña política de tierra arrasada

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Fernando Atria
Por : Fernando Atria Abogado, profesor de Derecho de la U. de Chile, exconvencional constituyente.
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La campaña del rechazo de 2022 y la presidencial de hoy son el equivalente político de una campaña militar de tierra arrasada: campañas que buscan una ventaja inmediata, al precio de destruir el territorio propio. Es la democracia fagocitándose, y su resultado probable es el autoritarismo.


Hannah Arendt decía que “El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”.

La idea es que la política supone usar las palabras para comunicar (“descubrir realidades”), no para manipular (“velar intenciones”). Esto parece ingenuo, porque sugiere que una condición de la política es que los agentes sean virtuosos, que para ellos comunicarse sea más importante que ganar.

Yo no creo que haya razón para pensar que “los políticos” son personas especialmente virtuosas o especialmente corruptas; lo probable es que sean personas más o menos iguales a todas las demás. Esto significa que, en general, en la medida en que hacer o decir algo les convenga (aumente sus posibilidades de salir elegido, de ser exitoso) es probable que lo hagan. Pero entonces, si los agentes están dispuestos, cuando les conviene, a usar las palabras para velar intenciones en vez de descubrir realidades, ¿qué impide que las palabras queden vacías, que palabra y acto se separen?

La respuesta no está en la virtud de los agentes, sino en una dimensión crítica para el funcionamiento del sistema democrático: la discusión pública. Es la discusión pública la que obliga a los agentes a racionalizar su conducta. Los obliga no normativamente (mediante prédicas morales, como si solo significara que “es malo” mentir o manipular, etc.) sino políticamente. La cuestión funciona más o menos del siguiente modo: imaginemos un candidato a quien no le interesa develar realidades, sino ganar. Por eso, está dispuesto a decir lo que le convenga no porque así comunica lo que cree (o lo que va a hacer si llega a la presidencia, etc.), sino porque le conviene.

Imaginemos también que las encuestas le indican que hay rechazo a los inmigrantes y a la “clase política”. Entonces, por ejemplo, dice que expulsará 300 mil extranjeros en múltiples aviones y que cada uno de ellos pagará por su pasaje, por lo que no usará para eso recursos fiscales; y dice recortará el primer año de su gobierno 6 mil millones de dólares del presupuesto echando a los “operadores políticos”.

Las afirmaciones son manifiestamente absurdas, pero no le importa, porque no habla para develar realidades. Pero como lo absurdo de estas “propuestas” es fácilmente demostrable, sus adversarios lo desafiarán a que explique cómo lo hará, cómo ha llegado a la cifra de 6 mil millones, cómo (y a dónde) identificará  y transportará esas 300 mil personas. En fin, qué antecedentes permiten concluir que lo que dice es posible.

El candidato, si se niega a responder estas preguntas, quedará expuesto en público como un irresponsable, un manipulador. No ante sus partidarios, por supuesto, que estarán dispuestos a defender cualquier cosa que el candidato diga porque a ellos también lo que les interesa es ganar. Pero sí ante el público, que verá que lo que el candidato dice es un intento de manipularlo; y como es al público al que el candidato necesita convencer para ganar votos y tener éxito, al quedar expuesto frente a él como irresponsable y manipulador se frustra su finalidad original, porque pierde votos. Precisamente porque solo le interesa ganar, nuestro candidato descubrirá que a pesar de las apariencias no le conviene hacer nada que lo exponga a quedar como un irresponsable y manipulador. Y entonces actúa como si fuera responsable, como si le interesa develar realidades.

Este es el modo en que la discusión pública sujeta a la política a algún estándar de racionalidad. No es completo, por cierto, y aun en su mejor momento está lejos de ser perfecto, pero la democracia descansa en que sea en alguna medida suficientemente real.

Desde la campaña del rechazo de 2022 lo que hemos visto es una erosión sistemática de esta capacidad racionalizadora de la discusión pública. Entonces fue la extraordinaria cantidad de afirmaciones falsas sobre el contenido de la propuesta, que no afectó la credibilidad de los que las formulaban. Por cierto, tal como en nuestro ejemplo imaginario, los partidarios del rechazo negaron que fuera así, por las mismas razones que en nuestro ejemplo: lo que en una campaña los agentes quieren es ganar, y all that succeeds is successs.

Por eso dijeron que el hecho de que sus falsedades fueran eficaces mostraba que habían pasado por el test de la discusión pública, por lo que insistir en ello era “un insulto” para los electores. Tuvieron que pasar algunos años para que (algunos de) los mismos que decían eso se encontraran al otro lado, víctimas de una campaña que impugnaba falsamente la salud mental de su candidata presidencial.

Y claro, como ahora les tocó a ellos, se dieron cuenta de lo que ocurría: aunque demostrablemente falsa, esa campaña fue eficaz, lo que volvió a mostrar que la discusión pública estaba perdiendo su capacidad racionalizadora. Y estamos viendo ahora un paso adicional en esta erosión, en nuestro ejemplo que, como el lector sabe, no es imaginario.

No importa que promesas como la de los 300 mil extranjeros o la de los 6 mill millones de dólares sean evidentemente falsas; no importa que sea evidente que la única manera de reducir en un año el presupuesto fiscal en 6000 millones de dólares sea con políticas de “austeridad” que implican necesariamente recortes en beneficios sociales; no importa que sea ridícula la idea de que el problema de la migración se solucionará porque los migrantes ilegales aceptarán la “invitación” a irse y sus empleadores accederán buenamente a pagar su traslado y sus países de origen los recibirán con alegría; no importa que una y otra vez el candidato haya sido desafiado a explicar como hará lo que promete, y cada vez haya respondido de modo cada vez más grosero con evasivas, apelando a sus fenicios favoritos. Nada de esto parece afectar al candidato.

¿Qué significa el hecho de que un candidato pueda hacer todas estas afirmaciones absurdas y seguir insistiendo en ellas cuando le muestran una y otra vez que son absurdas? Por cierto, uno podría moralizar: que eso muestra la inescrupulosidad del candidato, dispuesto a decir o hacer lo que sea para ganar. Pero aunque eso sería correcto, no hay novedad en decir que hay candidatos inescrupulosos que están dispuestos a hacer o decir lo que sea que les convenga para ganar una elección. No es esto lo nuevo. Lo nuevo es que pueda decirlo sin que eso lo afecte negativamente. Eso dice algo importante no (solo) de la moralidad del candidato, sino (principalmente) de las condiciones de la discusión pública y entonces, de la democracia. Ella ya no sirve para racionalizar la política y ésta queda, entonces, sin nada que la contenga.

¿Por qué ha ocurrido esto? Indudablemente hay muchas razones, y ellas son en buena parte globales, porque no es un fenómeno que ocurra solo en Chile. Parte importante de la explicación, a mi juicio, está en el desarrollo del capitalismo, que ha llevado a la emergencia de un poder económico de una magnitud que hace que el poder de los Estados democráticos tenga el peso de una pluma; dada su enorme magnitud, su fuerza incontrarrestable les permite transformar la comunicación política en poco (muy poco) más que marketing, que es precisamente comunicación usada no para develar realidades sino para ocultar intenciones (las farmacias hacían publicidad diciendo “descuentos permanentes para tu bienestar” mientras se coludían en perjuicio de los consumidores; la asociación de AFPs financia sus campañas políticas con el dinero que las AFPs cobran a los trabajadores para administrar pensiones); el surgimiento de lo que suele llamarse “redes sociales” significó que el medio hoy principal de información y comunicación políticas es uno donde ese poder económico puede volcar toda su fuerza sin regulación ni límite cualitativo ni cuantitativo alguno.

La campaña del rechazo de 2022 y la presidencial de hoy son, por eso, el equivalente político de una campaña militar de tierra arrasada: campañas que buscan una ventaja inmediata, al precio de destruir el territorio propio. Es la democracia fagocitándose, y su resultado probable es el autoritarismo. El 14 de diciembre veremos cuán grave es nuestra situación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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