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El mito del empleo (y la coartada perfecta) Opinión Archivo

El mito del empleo (y la coartada perfecta)

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Jessica Cuadros Ibánez
Por : Jessica Cuadros Ibánez Economista, consultora internacional y ex consejera del BID
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El empleo es un medio. El bienestar depende de si ese medio se traduce en acceso, protección y seguridad. Cuando esa traducción falla, aparece el conflicto: en tribunales, en la política, en la calle o en el territorio. No por ideología. Por supervivencia.


La mejor política social es el empleo”. Repetida suficientes veces, la frase deja de ser argumento y se convierte en coartada. Sirve para cerrar discusiones, evitar responsabilidades y —sobre todo— para no hablar de lo incómodo: que el empleo, por sí solo, no alcanza.

No es una opinión. Es evidencia.

El New Deal no sacó a Estados Unidos de la crisis con “empleo” a secas, sino con Estado, regulación y seguridad social. El Wirtschaftswunder no fue la magia del trabajo, sino de instituciones sólidas y protección efectiva. Los países nórdicos no son templos del empleo: son sistemas donde el empleo se convierte en derechos reales.

El resto es más brutal. El Rust Belt decline mostró que puedes seguir trabajando y, aun así, perderlo todo: comunidad, ingresos, horizonte. El Thatcherism reactivó mercados mientras desarmaba territorios. En las Reformas económicas de China, el empleo crece y el conflicto no desaparece: se administra, se contiene, se desplaza.

Traducción sin anestesia: el empleo no resuelve el conflicto; lo reorganiza.

Ahora miremos Chile sin eslóganes. Hay trabajadores que demandan a sus aseguradoras de salud. Cotizantes que, después de décadas de empleo, reciben pensiones insuficientes. Familias con sueldo que no acceden a vivienda. Estudiantes dentro del sistema que lo impugnan.

¿Dónde está la “mejor política social”?

El problema es más simple —y más incómodo— de lo que se quiere admitir: confundimos medio con resultado. El empleo es un medio. El bienestar depende de si ese medio se traduce en acceso, protección y seguridad. Cuando esa traducción falla, aparece el conflicto: en tribunales, en la política, en la calle o en el territorio. No por ideología. Por supervivencia.

Y hay un dato que arruina definitivamente la consigna: la demografía. Sociedades que envejecen, trayectorias laborales interrumpidas, más años fuera del mercado formal. El ideal del “trabajador continuo” ya no describe a la mayoría. Insistir en él no es realismo: es negación.

Por eso la frase es útil. Porque simplifica donde hay complejidad. Porque promete donde hay límites. Porque desplaza la responsabilidad desde las instituciones hacia las personas: si tienes empleo, “debería” bastar. Y si no basta, el problema eres tú.

No. El problema es el diagnóstico.

La versión honesta es esta: el empleo solo funciona como política social cuando está integrado en un sistema que lo convierte en bienestar efectivo.

Todo lo demás es una consigna cómoda. Y las consignas cómodas, en política pública, suelen terminar mal.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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