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Impulsividad y multi impulsividad en las adicciones Opinión Archivo

Impulsividad y multi impulsividad en las adicciones

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Si algo deja en evidencia la investigación es que necesitamos un cambio de paradigma. No basta con intervenir sobre el consumo. Es imprescindible abordar la regulación emocional, el control de impulsos y las múltiples conductas asociadas.


Durante años, el tratamiento de las adicciones ha girado en torno a una pregunta aparentemente evidente: ¿cómo dejar de consumir? Sin embargo, esta mirada, centrada casi exclusivamente en la sustancia o la conducta adictiva, ha pasado por alto un elemento mucho más profundo y determinante: la impulsividad. No se trata solo de una característica más del paciente. La evidencia es clara: la impulsividad no solo acompaña a los trastornos por uso de sustancias, sino que los atraviesa, los intensifica y, muchas veces, los explica.

Ignorarla no es un descuido menor; es un error estructural en la forma en que entendemos y tratamos las adicciones. Lo incómodo es que la impulsividad no actúa sola. Suele aparecer junto a ansiedad, depresión o trastornos de personalidad, formando una red compleja que agrava el pronóstico. En este contexto, pretender abordar la adicción sin considerar estos factores es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, ineficaz.

Más aún, la impulsividad no se limita al consumo de sustancias. Se filtra en múltiples áreas de la vida: el juego, la alimentación, las compras, el uso de internet. ¿De qué sirve dejar el alcohol si el vacío se llena con otra conducta compulsiva? La sustitución de adicciones no es recuperación; es desplazamiento. Un dato ilustra bien esta contradicción: la gran mayoría de las personas reconoce que debería reducir su consumo, pero no logra hacerlo. No es falta de conciencia. Es falta de control. Y ahí es donde la impulsividad, especialmente en su forma disfuncional, se vuelve protagonista.

También resulta revelador observar cómo ciertos rasgos de personalidad, búsqueda de sensaciones, baja autodirección, evitación del daño, predisponen a las personas a caer en estas dinámicas. No hablamos sólo de decisiones individuales, sino de configuraciones psicológicas que empujan hacia la gratificación inmediata como forma de regulación emocional. Pero quizás uno de los puntos más ignorados, y más urgentes, es la diferencia de género. Las mujeres, por ejemplo, no solo presentan mayores dificultades para controlar impulsos en relación con sustancias, sino que además suelen llegar más tarde a tratamiento, muchas veces con cuadros más complejos. A esto se suman factores como los trastornos alimentarios o los antecedentes traumáticos, que intensifican el problema.

Los hombres, por su parte, tienden a expresar la impulsividad en otras áreas, como el juego o la sexualidad, lo que evidencia que no estamos frente a un fenómeno homogéneo, sino profundamente condicionado por variables sociales, psicológicas y culturales.  Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos tratando las adicciones como si fueran un problema aislado?

Si algo deja en evidencia la investigación es que necesitamos un cambio de paradigma. No basta con intervenir sobre el consumo. Es imprescindible abordar la regulación emocional, el control de impulsos y las múltiples conductas asociadas. Y, sobre todo, hacerlo de manera personalizada. Hablar de tratamientos integrales ya no es una aspiración teórica; es una necesidad clínica. Porque mientras sigamos atacando solo los síntomas visibles, la raíz del problema, esa impulsividad que empuja, insiste y desborda, seguirá intacta.

Y con ella, el ciclo de la recaída.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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