Opinión
El día después de la campaña
Tarde o temprano, la distancia entre la propaganda y la realidad termina pasando la cuenta.
Mientras el gobierno intenta instalar la idea de una “reconstrucción nacional”, la salida de dos de sus ministras más visibles irrumpe como una señal imposible de ignorar. No se trata solo de cambios de gabinete ni de costos comunicacionales: ambas figuras concentraban algunas de las principales controversias del oficialismo y encarnaban, también, el tono confrontacional con el que el gobierno llegó al poder. Sus caídas tempranas revelan algo más profundo que una crisis ministerial, exponen las primeras grietas de un proyecto político que prometió orden y conducción, pero que comienza a desmoronarse bajo el peso de sus propias contradicciones.
El gobierno de José Antonio Kast termina dándole la razón a quienes advertían que detrás de su discurso no existía una propuesta seria de gobernabilidad. Nunca hubo un verdadero programa de seguridad; hubo eslóganes. Nunca existió una narrativa articulada en torno a las demandas sociales; hubo una campaña construida desde el miedo, la simplificación y la confrontación. Es la demostración, una vez más, de que la política populista es capaz de ganar elecciones, pero incapaz de gobernar con seriedad y responsabilidad un país.
Chile, sin embargo, no es un laboratorio. A diferencia de los referentes políticos que inspiran a sectores del oficialismo, la Argentina de Javier Milei, el El Salvador de Nayib Bukele o los Estados Unidos de Donald Trump, aún persisten contrapesos institucionales, sociales y culturales capaces de resistir los intentos de desmantelar el Estado para imponer agendas que golpean, principalmente, a los sectores populares y a la clase media.
El primer gran tropiezo del gobierno amenaza con convertirse en algo más profundo que una crisis pasajera. Los cantos de sirena de la campaña, junto con las recetas populistas levantadas sobre un discurso del miedo y el avance de políticas que golpean a los sectores populares y a la clase media, comienzan a enfrentarse con la experiencia cotidiana de las personas. Porque ningún país resiste indefinidamente promesas de seguridad que nunca se traducen en resultados concretos. Ninguna sociedad acepta como inevitable un supuesto crecimiento económico construido a costa de recortes en hospitales públicos, financiamiento educativo o alimentación escolar. Tarde o temprano, la distancia entre la propaganda y la realidad termina pasando la cuenta.
Lo que reflejan estas renuncias no es únicamente el desgaste de un gabinete. Reflejan el temprano desmoronamiento de una forma de hacer política que se sostiene en el miedo, en enemigos imaginarios y en soluciones fáciles para problemas complejos. Y la historia ha demostrado, una y otra vez, que cuando la política se construye sobre el engaño, inevitablemente termina colisionando con la realidad.
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