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La tecnoderecha contra el humanismo democrático Opinión

La tecnoderecha contra el humanismo democrático

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino profesor de historia
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La pregunta de fondo no es cuántos data centers tendremos ni cuántas startups aparecerán en el próximo informe económico. Todo eso importa, pero viene después de preguntarse ¿para qué y para quiénes sirve?, ¿con qué límites?, ¿con cuál idea de sociedad?


Hay que conocer al adversario, no caricaturizarlo. No creer que basta con llamarlo “facho”, “ultraderecha” o “neoliberal” para haber entendido el fenómeno. Esa facilonería conceptual puede servir para encender a la propia galería, pero no para disputar la época inaugurada con el gobierno Kast.

La nueva derecha que avanza en el mundo no es solo la vieja derecha del orden, del mercado o de la nostalgia autoritaria en Chile. Es también una tecnoderecha, una derecha que habla el idioma de la eficiencia, la innovación, los datos y la productividad. A veces llega con discursos duros contra las élites culturales; otras, con gráficos, y presentaciones impecables. Puede omitir la cultura humanista y, al mismo tiempo, rendirse a la cultura onda Silicon Valley, como parece ser el caso de la actual ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (no sé quién ideó ese infinito título ministerial).

Un artículo de Mauro Basaure (La Segunda 19 mayo), Las ciencias en emergencia, apunta precisamente a ese desplazamiento. Basaure señala que, en cierta nueva derecha internacional, las ciencias aparecen como enemigo cultural. Pero agrega que la “vía chilena” opera de otro modo: no expulsa directamente a las ciencias, sino que las somete a un nuevo tribunal. La ciencia básica puede existir, sí, pero siempre que se conecte con innovación, startups, inteligencia artificial y data centers. Y, naturalmente, inversión.

Dicho en simple: el conocimiento vale si produce algo medible en ganancias inmediatas.

El punto de Basaure es muy certero: el problema no está en evaluar, porque toda institución pública debe rendir cuentas. El problema es decidir “qué cuenta como parte de la cuenta”. Una democracia necesita ciencia, tecnología y crecimiento, pero también necesita memoria, pensamiento crítico, cultura, deliberación pública y sensibilidad ética. No todo lo valioso cabe en una planilla de costos y provechos cuantificables. 

La tecnoderecha suele presentarse como una política sin ideología, aunque por sí ya es una clara postura ideológica que se traduce en menos discurso, más resultados; menos Estado, más eficiencia. Suena razonable, incluso renovador, sobre todo cuando venimos de años de consignas repetidas y burocracias paralizantes. Pero la neutralidad técnica también puede ser útil atajo. Al final, decidir que solo importa lo rentable o lo medible no es una decisión técnica, es una decisión política.

En Chile, José Antonio Kast representa una versión clara de la sensibilidad orientada al orden, seguridad, reducción del Estado, sospecha hacia lo público y una mirada donde lo social queda muchas veces subordinado al ajuste económico de las finanzas públicas. Por cierto, el Estado chileno necesita reformas profundas, pero una cosa es reformar el Estado para que sirva mejor a las personas, y otra muy distinta es mirarlo como un ente del cual se puede prescindir.

La izquierda democrática debería hacerse cargo de esta disputa. No basta con defender el Estado si el Estado funciona mal. No basta con criticar la tecnología si el mundo ya está organizado por ella. El desafío es otro y grande: poner la técnica al servicio de la persona humana, y no al revés.

Esto será cada vez más decisivo. La inteligencia artificial puede mejorar diagnósticos, ordenar políticas públicas y ampliar el acceso al conocimiento. Pero también puede precarizar empleos, reproducir sesgos, vigilar ciudadanos y concentrar poder. La biotecnología puede curar enfermedades, pero también abrir preguntas éticas sobre clonación, cuerpo y mercado. Sin ética, la innovación se vuelve pura potencia, y sin humanismo, el progreso puede terminar pareciéndose demasiado a una máquina impredecible.

Debemos tratar el tema de la caída progresiva de las materias humanistas en la educación que, reconozcámoslo,  no la inventó la nueva derecha. Hace años se instaló una idea estrecha de la formación que se centraba en estudiar para emplearse y aprender para competir; entonces recortemos Historia, Filosofía y literatura. Después gritamos al escándalo porque el debate público se vuelve mediocre, hecho de lugares comunes y epítetos a veces ingeniosos, y de que la política y los políticos pierden espesor intelectual. 

Ante esta renovada derecha, la respuesta no puede ser tecnofobia versus tecnolatría. La izquierda democrática debe defender la ciencia, la innovación y la modernización de Chile y del Estado, pero con una brújula clara: derechos, comunidad, ética y persona humana al centro.

La pregunta de fondo no es cuántos data centers tendremos ni cuántas startups aparecerán en el próximo informe económico. Todo eso importa, pero viene después de preguntarse ¿para qué y para quiénes sirve?, ¿con qué límites?, ¿con cuál idea de sociedad?

La tecnoderecha suele responder rápido, con la eficiencia de ejecutivos de empresa. La izquierda democrática debe responder mejor. No con sermones moralizantes, sino con proyectos que entusiasmen, sobre todo al mundo juvenil. Tampoco con temor al vertiginoso cambio tecnológico, sino con una razonable propuesta de límites cuando sea un riesgo para la persona humana y sus derechos. Allí hay un magnífico desafío político que vaya más allá de los discursos monotemáticos de los últimos tiempos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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