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Escuelas protegidas, infancias desprotegidas Opinión

Escuelas protegidas, infancias desprotegidas

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Viviana Rivera Barrientos
Por : Viviana Rivera Barrientos Fonoaudióloga y Educadora Diferencial
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La seguridad no empieza en la revisión de una mochila. Empieza mucho antes: en la vida cotidiana de los niños y niñas, en la forma en que son tratados, escuchados, cuidados y protegidos.


En medio del debate sobre seguridad, orden y respeto en los establecimientos educacionales, y frente al aumento de hechos de violencia que inquietan a comunidades escolares en todo el país, quisiera compartir una historia que muestra una realidad mucho más profunda y dolorosa que la que solemos observar desde afuera.

Hace más de quince años trabajo en un colegio de alta vulnerabilidad de la Región Metropolitana. Soy fonoaudióloga y atiendo diariamente a estudiantes que presentan necesidades educativas especiales. En ese contexto, escuchar relatos difíciles se ha vuelto parte de mi realidad profesional. Sin embargo, hay historias que siguen golpeando con la misma fuerza, porque detrás de ellas hay miedo y abandono emocional.

Hace algunas semanas, mientras trabajaba con un grupo de estudiantes de kínder, surgió espontáneamente una conversación sobre lo que ocurría en sus hogares cuando “se portaban mal”. Con una naturalidad estremecedora, comenzaron a relatar que eran golpeados frecuentemente: con correas, con ganchos de ropa e incluso con golpes de puño, muchas veces en la espalda para que las marcas no fueran visibles.

Mientras ellos conversaban entre sí, yo escuchaba impactada. No porque fuera la primera vez que oía relatos de este tipo, sino por la crudeza con que la violencia se había normalizado en sus vidas. Lo más doloroso no era solo el maltrato, sino la resignación con que lo describían. Entre ellos se daban consejos para sobrevivir: esconderse en sus piezas, encerrarse con llave, guardar silencio, no llorar fuerte. Estrategias de protección aprendidas demasiado temprano.

Frente a escenas como esta, la pregunta resulta inevitable: ¿dónde comienza realmente la violencia? ¿Cómo pretendemos erradicarla de las escuelas si muchos niños y niñas crecen expuestos cotidianamente al miedo, la agresión y la desprotección? Hoy vemos una discusión centrada en revisar mochilas, instalar detectores de metales, reforzar sanciones o entregar más atribuciones a los equipos directivos. Algunas medidas pueden ser necesarias en contextos críticos. Pero ninguna será suficiente si no miramos lo que ocurre antes de que la violencia llegue a la sala de clases.

La escuela muchas veces termina convirtiéndose en el reflejo de aquello que ocurre fuera de ella. Un niño que aprende que la violencia es una forma válida de resolver conflictos difícilmente desarrollará herramientas emocionales saludables sin apoyo oportuno, constante y especializado.

Quienes trabajamos en establecimientos de alta vulnerabilidad somos testigos frecuentes de situaciones complejas, pero muchas veces carecemos de recursos, equipos interdisciplinarios y respuestas institucionales rápidas para abordar adecuadamente estos casos. La escuela detecta, contiene, escucha, deriva y activa protocolos. Pero no puede hacerse cargo sola de una realidad social que la supera.

No basta con exigirle a la escuela que contenga aquello que se gesta en la casa, en el barrio y en la historia de vida de sus estudiantes. La violencia infantil requiere un abordaje integral: acompañamiento familiar, salud mental accesible, fortalecimiento comunitario, programas de crianza respetuosa y mayor presencia del Estado en territorios donde la vulnerabilidad se hereda de generación en generación.

Porque detrás de cada niño agresivo, desafiante o silencioso, muchas veces hay una historia que nadie ha escuchado con suficiente atención. Y detrás de cada comunidad educativa tensionada hay profesionales intentando sostener situaciones que requieren mucho más que voluntad, vocación o protocolos.

Hoy más que nunca necesitamos dejar de mirar la violencia escolar únicamente como un problema disciplinario y comenzar a entenderla como una señal de alerta. Si queremos escuelas más seguras, también debemos construir hogares, barrios y comunidades más protectoras. La seguridad no empieza en la revisión de una mochila. Empieza mucho antes: en la vida cotidiana de los niños y niñas, en la forma en que son tratados, escuchados, cuidados y protegidos.

Por eso, el debate no debiera ser solo cómo sancionamos mejor la violencia cuando aparece, sino cómo evitamos que tantos niños lleguen a la escuela cargando una violencia que aprendieron demasiado temprano.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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