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Salud mental, Metro de Santiago y el deber de evaluar lo que se instala en nombre del cuidado Crédito foto: gob.cl

Salud mental, Metro de Santiago y el deber de evaluar lo que se instala en nombre del cuidado

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Olga Cuadros Jiménez
Por : Olga Cuadros Jiménez Investigadora del Centro de Investigación para la Transformación SocioEducativa (CITSE)  Universidad Católica Silva Henríquez.
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En principio, la idea es interesante. La salud mental no puede seguir siendo un asunto confinado a la consulta clínica, al diagnóstico privado o a la lista de espera.


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La campaña de bienestar emocional lanzada por Metro de Santiago junto al Ministerio de Salud, Simplicity y Fundación Círculo Polar levanta interés y merece atención.

No solo porque pone la salud mental en un espacio público de alta circulación, sino porque el Metro de Santiago, es particularmente un lugar donde el malestar cotidiano se vuelve visible. Ahí viaja la ciudad cansada, apurada, endeudada, irritable, sola, saturada. Ahí se cruzan estudiantes, trabajadores, personas mayores, cuidadores, migrantes, personas con discapacidad, adolescentes y adultos que muchas veces no tienen otro espacio de pausa entre una obligación y otra. Y ahí hemos sido testigos más de una vez de los enfrentamientos y peleas que muchas personas han protagonizado. 

Según la información difundida públicamente, la iniciativa contempla códigos QR en trenes para acceder a ejercicios de respiración, mindfulness y meditaciones guiadas; una silla doble itinerante con presencia de psicólogos para ofrecer escucha activa y acompañamiento emocional; activaciones presenciales; y la difusión de la línea gratuita *4141 “No estás solo, no estás sola”, disponible las 24 horas para personas que enfrentan crisis de salud mental asociadas al suicidio.

En principio, la idea es interesante. La salud mental no puede seguir siendo un asunto confinado a la consulta clínica, al diagnóstico privado o a la lista de espera. También debe aparecer en la ciudad, en el transporte, en la escuela, en el trabajo, en los barrios, en los espacios donde realmente se juega la vida diaria. En ese sentido, que el Metro diga “tu bienestar emocional importa” no es menor. Es una señal pública relevante en un país donde el malestar psicológico suele vivirse como un problema individual. 

Pero una buena señal no equivale automáticamente a una buena política. Y una campaña amable no necesariamente deriva en una intervención efectiva.

Ese es el punto que conviene discutir sin caricaturizar. La silla itinerante, los ejercicios de respiración, y cualquier otro gesto de cuidado deben ser considerados en tiempos de estrés, ansiedad, soledad y reactividad social, razón por la cual una pausa puede importar.

Una conversación breve puede aliviar. Un código QR puede abrir una puerta. Una derivación oportuna al *4141 puede ser decisiva. La pregunta no es si estos gestos sirven “para algo”. Probablemente sí. La pregunta es más exigente: ¿Sirven para lo que dicen servir?, ¿A quiénes llegan?, ¿Con qué resguardos?, ¿Con qué indicadores?, ¿Con qué participación de los usuarios?, ¿Con qué protocolo cuando la escucha breve se encuentre con un problema grave?

Porque seamos claros: esto no es una intervención clínica. No puede serlo. No hay condiciones de privacidad, continuidad, evaluación diagnóstica, seguimiento ni tratamiento. Un psicólogo en una estación de Metro no puede abordar en profundidad una depresión severa, una crisis de pánico recurrente, una situación de trauma, violencia, consumo problemático o ideación suicida más allá de una primera contención y una derivación responsable. Y eso no está mal, siempre que se diga con precisión. El problema comienza cuando las estrategias promocionales se presentan, se perciben o se celebran como si fueran respuestas sustantivas a la crisis de salud mental.

La distinción importa. Una estrategia promocional universal busca sensibilizar, entregar herramientas simples, disminuir estigma, invitar a pedir ayuda, facilitar una pausa. Pero debe implementarse con suficientes resguardos y sobre todo seguimiento, para que alcance el estándar con que se diseña.

Si olvidamos que esta campaña aporta exclusivamente a un nivel promocional de contención, corremos el riesgo de maquillar una deuda estructural de nivel país con una escena comunicacionalmente atractiva. Y la salud mental pública no necesita maquillaje: necesita acceso, continuidad, pertinencia, oportunidad, redes comunitarias y evaluación seria.

Desde la lógica de efectividad de programas sociales, lo primero que habría que pedirle a esta iniciativa es una teoría de cambio explícita. ¿Cuál es el problema que busca resolver? ¿El estrés del trayecto? ¿La falta de información sobre salud mental? ¿La baja disposición a pedir ayuda? ¿La ausencia de espacios de escucha? ¿La desconexión entre usuarios y redes de apoyo? ¿La prevención del suicidio mediante difusión del *4141? Cada respuesta exige indicadores distintos. No es lo mismo medir cuántas personas escanearon un QR que saber si ese contenido fue útil. No es lo mismo contar cuántas personas se sentaron en la silla que saber si se sintieron escuchadas, respetadas, no expuestas y mejor orientadas.

La evaluación de programas públicos no puede quedarse en la foto de lanzamiento. En Chile, la propia institucionalidad de evaluación y monitoreo de programas públicos ha insistido en la importancia de observar implementación, eficacia, eficiencia, resultados y desempeño para la toma de decisiones. Aplicado a esta campaña, eso significa responder preguntas muy concretas: ¿Cuántas personas participan?, ¿Quiénes participan?, ¿Quiénes quedan fuera, ¿Qué tipo de demandas aparecen?, ¿Cuántas derivaciones se realizan?, ¿Qué tan preparados están los profesionales para situaciones críticas?, ¿Qué tan comprensibles son los materiales?, ¿Qué barreras de acceso existen, ¿Qué percepción tienen los usuarios? y ¿Qué ajustes se hacen a partir de esa información?

También habría que transparentar los resguardos técnicos. La escucha activa en un espacio público no es inocua. Puede abrir relatos dolorosos en pocos minutos. Puede activar emociones difíciles. Puede generar expectativas de ayuda que el dispositivo no está en condiciones de sostener. Puede exponer a profesionales a una demanda intensa y poco predecible. Por eso no basta con decir que hay psicólogos. Hay que saber qué formación recibieron, con qué protocolo operan, cómo se define una situación de riesgo, cómo se deriva, cómo se registra sin vulnerar privacidad, cómo se resguarda la confidencialidad en un espacio abierto y cómo se cuida a quienes cuidan.

El otro punto crítico es la participación ciudadana. Una campaña de salud mental en el Metro no debería diseñarse solo desde la mesa técnica, la agencia comunicacional o la autoridad institucional. Necesita la voz de usuarios reales. Personas que viajan todos los días. Personas que viven ansiedad en espacios llenos. Personas que han tenido experiencias de crisis. Personas que no se acercarían jamás a una silla con un psicólogo porque les daría vergüenza, desconfianza o miedo a ser vistas. Personas que no escanean QR porque no tienen datos, no entienden el código, tienen discapacidad visual o simplemente van demasiado sobrepasadas como para interactuar con una campaña.

La participación ciudadana no es un adorno democrático. Es un criterio de calidad. La OPS ha señalado que el abordaje comunitario de la salud mental pone énfasis en promoción, prevención y participación, no solo en atención especializada. Eso significa que las personas no son meros “beneficiarios” de una intervención pensada por otros. Son usuarios con experiencia situada. Saben dónde se sienten seguros, qué lenguaje les hace sentido, qué formatos resultan invasivos, qué apoyos usarían y cuáles no. Sin esa validación, una campaña puede ser bienintencionada y, al mismo tiempo, estar parcialmente desconectada de la vida concreta de quienes pretende apoyar.

Hay, además, una tensión política que no conviene omitir. En una sociedad saturada, el discurso del autocuidado puede volverse ambiguo. Respirar ayuda, sí. Meditar puede ayudar, también. Pero no podemos convertir la respiración individual en sustituto de condiciones sociales más justas. La ansiedad urbana no se produce solo porque las personas no saben regularse emocionalmente. También se produce por traslados largos, hacinamiento, inseguridad, precariedad laboral, endeudamiento, soledad, violencia cotidiana, falta de atención oportuna y redes de apoyo debilitadas. Si el mensaje implícito termina siendo “regúlese mejor mientras todo lo demás sigue igual”, entonces el cuidado se vuelve funcional a la adaptación silenciosa.

Por eso la campaña tiene valor, pero también límites. Como gesto social, puede ser potente. Como puerta de entrada, puede ser útil. Como estrategia de sensibilización, puede contribuir a bajar estigma. Como recordatorio de que el espacio público también puede cuidar, es interesante. Pero como respuesta a la crisis de salud mental, es insuficiente. No porque esté mal diseñada necesariamente, sino porque ninguna campaña breve, por creativa que sea, puede reemplazar una política pública robusta.

Lo deseable sería que esta iniciativa se asumiera como piloto, no como vitrina. Que se evalúe. Que se ajuste. Que publique aprendizajes. Que incorpore a usuarios y trabajadores del Metro. Que distinga claramente promoción, contención, derivación y atención clínica. Que no prometa lo que no puede cumplir. Que cuide la dignidad de quienes se acercan y también las condiciones laborales de quienes escuchan. Que dialogue con la red de salud, no que funcione como experiencia aislada.

Pero si de verdad queremos que el “viaje interno” importe, entonces no basta con instalar una silla en una estación. Hay que preguntarse quién diseñó la silla, quién se atreve a sentarse, quién no, qué ocurre después de levantarse y cómo sabremos si ese gesto produjo cuidado real o solo una imagen amable de cuidado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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