Apóstoles de la desigualdad
Kim Phillips-Fein, profesora de Historia en Columbia University, ha publicado recientemente un libro notable titulado Country of Lords. Neo-Aristocrats, Social Darwinists, Tech Utopians and the Long Fight Against Equality in America (W. W. Norton, 2026).
El libro recorre la historia social y política de Estados Unidos para dar cuenta de la larga tradición de líderes intelectuales y políticos que disienten del principio clave de la Declaración de Independencia de 1776: “Todos los hombres nacen iguales”.
Phillips-Fein estudia a los aristócratas naturales de los albores de la Independencia y a sus sucesores: los darwinistas sociales, los racistas, los organizadores científicos del trabajo, los meritócratas y neoliberales, hasta llegar a Peter Thiel y los tecnócratas de hoy en día.
I. John Adams, aunque prócer de la Revolución americana y sucesor de Washington, se muestra ambivalente respecto del ideal de igualdad. Teme que la retórica igualitaria de Thomas Jefferson, su sucesor, genere expectativas de igualdad de trato entre personas que efectivamente difieren en sus capacidades y sus posesiones. En oposición a los filósofos de Ilustración, defiende la idea de una “aristocracia natural”, de un orden jerárquico que marque la división natural de la sociedad.
Más adelante, George Fitzhugh, líder intelectual de los Confederados del Sur, aplica este argumento aristocrático a su defensa de la esclavitud. La sociedad está legítimamente estructurada por una “serie de subordinaciones”, de las cuales la esclavitud constituye una más. Algunos hombres nacen para mandar, otros “requieren de riendas, embocadura y espuelas”. No resulta extraño que, iniciada la Guerra Civil, el ejército del Norte destruyera su mansión en Virginia.
II. Sucesores de estos primeros apologistas aristocráticos son dos darwinistas sociales: Andrew Carnegie, pobre inmigrante escocés que llega a ser gran industrial del acero y el hombre más rico de Estados Unidos, y William Sumner, sociólogo de Yale, admirador de Herbert Spencer. Carnegie y Sumner postulan un individualismo laissez faire que combinan con el ideal de una aristocracia intelectual. Según Sumner, “la afirmación de que todos los hombres nacen iguales es posiblemente el dogma más falso que haya jamás sido formulado”. Por su parte, el magnate del acero piensa que la extrema y necesaria concentración de riqueza en pocas manos justifica haber aplastado violentamente a los sindicatos de su industria. Acosado por sentimientos de culpa financia grandes proyectos filantrópicos: funda, entre 1889 y 1919, 2.800 espléndidas bibliotecas en Estados Unidos y Canadá.
III. Con Lothrop Stoddard el argumento antiigualitario culmina en un racismo explícito y propuestas eugenésicas. Publica en 1920 un libro donde denuncia “la ascendente marea de color en contra de la supremacía mundial blanca”, y se convierte en un best-seller de múltiples reediciones.
En otro libro de 1922, y de igual difusión, se inspira en Nietzsche para distinguir entre hombres inferiores y superhombres. Una filosofía que proponga una igualdad niveladora se presenta como el emblema del hombre inferior. “La igualdad natural es el engaño más pernicioso que afecta a la humanidad… La ley de la desigualdad es tan universal e inflexible como la ley de la gravedad”.
En 1927, en un artículo para Harper’s, celebra al fascismo italiano, pues “en lugar de predicar la igualdad de los hombres, el fascismo enfatiza su desigualdad. Siendo los hombres desiguales, la democracia es un absurdo irrealizable.”
En 1939 inicia un periplo por Alemania donde entrevista a Goebbels, Himmler y Hitler (hombre “de firme apretón de manos y agradable sonrisa”). Expresa admiración por los tribunales eugenésicos que deciden la esterilización de “morones, criminales y otros elementos antisociales que se reproducen con más rapidez que las clases profesionales”. También observa la eliminación física de los judíos, pero no deja claro si solo se promueve su deportación o su exterminio. El libro que reporta acerca de su larga estadía en Alemania no tiene el éxito de los anteriores. Stoddard muere en 1950 en la oscuridad.
IV. Frederick Taylor estudia científicamente el proceso productivo con el fin de maximizar sus resultados. Observa que en las fábricas ese proceso gira en torno a los trabajadores, quienes controlan el ritmo de trabajo y el modo como emplear la maquinaria, sin que nadie vigile el cumplimiento de tareas que se asignan ellos mismos. Estudia científicamente el proceso laboral para determinar tareas bien definidas y sus tiempos precisos. El obstáculo para esa implementación científica es la igualdad que asumen los agentes productivos. Cree necesario romper esa igualdad, fijando una clara jerarquía entre administradores y operarios. “En el pasado el ser humano tenía prioridad; en el futuro la prioridad corresponde al sistema”. Quienes poseen un conocimiento más profundo del sistema productivo son sus administradores y responsables de gestión. Los trabajadores tienen necesariamente que ser profundamente desiguales, sin capacidad de decisión y con “la estructura mental de bueyes”. Una persona inteligente no soportaría “la aplastante monotonía del trabajo” regulado científicamente.
V. Henry Ford implementa en su industria automotriz las instrucciones científicas y morales del taylorismo. Es consecuente así que piense que las personas tienen capacidades diferentes y que “su equipamiento mental no es parejo… Cualquier proyecto que suponga que los hombres son o deben ser iguales es antinatural, y por lo tanto irrealizable”. En julio de 1938, el régimen nazi lo condecora con una medalla de oro adornada con cuatro esvásticas.
VI. El movimiento en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, liderado por Martin Luther King, da gran impulso a la retórica igualitaria. La reacción no se hace esperar. La igualdad de oportunidades podría ser aceptable, pero no así la igualdad de resultados. Basta con abrir los ojos para ver las recalcitrantes desigualdades económicas en la sociedad. Esas desigualdades se legitiman, en primer lugar, mediante pruebas concebidas para medir el coeficiente intelectual. Según este argumento, los individuos más inteligentes merecen acceder a los mejores colegios y universidades, así como a los empleos más prestigiosos, lo que garantizaría su éxito económico. Esta concepción meritocrática ha dado lugar a un intenso debate académico en torno a si la inteligencia constituye un rasgo fundamentalmente genético o, por el contrario, está condicionada por factores culturales; en otras palabras, acerca de si estas pruebas son realmente objetivas o si, por el contrario, incorporan sesgos y prejuicios.
En segundo lugar, para evitar ese debate, Phillips-Fein da cuenta de otra justificación: el mercado. Un mercado abierto a la competencia genera una sociedad desigual en sus resultados, pero en la que todos sus miembros tienen, en principio, las mismas oportunidades. Ayn Rand defiende el mercado porque permite distinguir entre “creadores” y “parásitos”. Asidua lectora de Nietzsche, reconoce que los “creadores” son seres superiores.
Milton Friedman también manifiesta una posición hostil al igualitarismo. Según él, la Declaración de Independencia postula la igualdad de todos los seres humanos, pero únicamente ante Dios. Se trata, por tanto, de una igualdad espiritual que no se refiere a la distribución de los bienes materiales. Phillips-Fein piensa que todo esto no es más que un subterfugio: el argumento igualitario no propone una distribución idéntica de los bienes materiales ni un mismo nivel de vida para todos.
VII. Phillips-Fein concluye su relato histórico destacando la pretensión de la tecnología de erigirse en tecnocracia, con el propósito de desafiar los mecanismos de control y deliberación propios de la democracia. La supuesta superioridad de quienes poseen conocimientos científicos les otorga la capacidad de tomar las decisiones últimas en el gobierno de una sociedad.
En su libro De Cero a Uno, Peter Thiel asume un papel tecnocrático y predica el evangelio de la desigualdad. Su proyecto de vida es la fundación de un vasto imperio tecno-capitalista que supere la competencia y alcance un “poder monopólico”. Un reducido grupo de “fundadores” busca imponerse radicalmente sobre todos sus rivales. “No vivimos en un mundo normal, vivimos bajo la ley del poder”. La desigualdad extrema se justifica como un factor positivo, pues es necesaria para alcanzar nuestro progreso material.
Cuando en Chile el presidente Kast nombra a Ximena Lincolao como ministra de su gobierno, y luego recibe a Peter Thiel en La Moneda, brinda reconocimiento a la más reciente encarnación del fondo histórico de ideas antiigualitarias que expone Phillips-Fein.
Como observa Héctor Cossio (El Mostrador, 16 de mayo), la agenda ideológica de la ministra está marcada “por el imaginario de Silicon Valley, las big tech y figuras como Peter Thiel: un Estado reducido, subordinado al mercado y desconfiado del conocimiento que no puede monetizarse rápidamente”. Se trata de una agenda de extrema derecha: “Lincolao no entiende la ciencia como un proyecto de desarrollo humano, cultural y estratégico, sino como una herramienta transaccional subordinada exclusivamente a la rentabilidad económica inmediata.”
No resulta difícil discernir que el fondo histórico de las ideas antiigualitarias en Estados Unidos tiene un correlato en Chile. El argumento de Phillips-Fein debería llevarnos a reconocer, analizar y cuestionar en profundidad el discurso de quienes, entre nosotros, promueven y justifican la desigualdad.
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