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Dar la palabra no basta: el rol docente en la educación ciudadana Opinión

Dar la palabra no basta: el rol docente en la educación ciudadana

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Camila Jara Ibarra
Por : Camila Jara Ibarra Facultad de Educación UDP
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La escena de la sobremesa puede ofrecer una pista, ya que hablar de política en voz alta, debatir y rebatir, ocupar el espacio, ha sido, por generaciones, una práctica masculina.


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Era época de alguna campaña presidencial y estábamos en una sobremesa familiar. Yo era muy joven. En algún momento, las mujeres de la mesa se fueron parando, recogieron los platos, se llevaron las fuentes, empezaron a lavar la loza. Los hombres se quedaron. Y yo me quedé con ellos, discutiendo sobre la elección que se venía.

No me faltaban cosas que decir. Pero por un segundo me miré desde afuera y sentí algo incómodo. Estar ahí, sentada entre hombres opinando de política, no terminaba de ser un lugar mío, y me sentí en desventaja. La sobremesa política había sido, por generaciones, un territorio masculino y la mía era, quizás, de las primeras en quedarse en esa mesa. Yo tenía el asiento, pero no la costumbre.

Hoy, años después, investigando sobre educación ciudadana, nos encontramos con un dato que le puso números a esa sensación. Se trata de un estudio que hicimos en la Facultad de Educación de la UDP con cerca de 800 estudiantes de tercero medio en Santiago, donde analizamos de qué manera las prácticas de discusión política en la sala de clases se relacionan con distintas dimensiones de la educación para la ciudadanía. 

Sabíamos, por estudios previos, que abrir la sala de clases a la discusión, es decir, debatir la contingencia, mover las sillas para conversar de política, generar debate en el aula, fortalece competencias en la educación ciudadana. Lo que no se había examinado con suficiente atención era si ese beneficio llegaba por igual a niños y niñas. Nuestros datos muestran que no. Cuando esas prácticas casi no ocurren, las estudiantes reportan mayores niveles de confianza política que sus compañeros. Pero a medida que el debate se vuelve frecuente, la ventaja tiende a desaparecer, y son los estudiantes quienes parecen beneficiarse más de estas experiencias, mientras ellas dejan de hacerlo. Una herramienta pensada para potenciar el aprendizaje puede terminar reduciendo una ventaja inicial de las estudiantes.

Ahora, esto conviene decirlo con cuidado, nuestro estudio es una foto de un momento y muestra una asociación, no una causa, aunque en un patrón claro y coincidente con estudios realizados en otros países. Pero ¿por qué pasa esto? No es porque las niñas tengan menos que decir. La escena de la sobremesa puede ofrecer una pista, ya que hablar de política en voz alta, debatir y rebatir, ocupar el espacio, ha sido, por generaciones, una práctica masculina.

Cuando la sala de clases incentiva justamente este tipo de interacción, el que se levante la voz, el que se interrumpa, podría activar una jerarquía conocida. Muchas estudiantes quizás prefieren el refugio de siempre, en el cuaderno, en los apuntes silenciosos, en la mano que escribe en vez de la que se levanta. No es falta de ideas, sino que el formato oral sigue siendo, con frecuencia, el menos cómodo para ellas, uno que distribuye de manera desigual la seguridad para intervenir.

Por eso, abrir la discusión no basta. Una sobremesa donde todos opinan sigue siendo masculina si nadie repara en quién se paró a lavar los platos.

La sala de clases también. Dar la palabra no es igual a repartirla. Sin una mediación docente con perspectiva de género, una de las prácticas más valiosas de la educación ciudadana puede terminar reproduciendo desigualdad.

El problema entonces no es el debate, sino dejarlo librado a su suerte, como si el espacio se repartiera solo y asumir que basta con abrir el espacio para que todos participen en igualdad de condiciones.

Enseñar ciudadanía con perspectiva de género es, entonces, cuidar quién habla, a quién se escucha, y quién encuentra, de verdad, un lugar en la mesa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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