Opinión
La cuestión cubana: entre el final terrible y el terror sin fin
Lo que llamamos cuestión cubana es una madeja muy complicada, pero de soluciones de situaciones complicadas está llena la historia del planeta.
Cuando me asomo a la realidad cubana, recuerdo un vivaz juego retórico de Marx cuando analizaba el golpe de estado de Luis Bonaparte en Francia en 1852.
La burguesía francesa, antaño republicana, le apoyó, agobiada por las tensiones de la revolución de 1848. Había optado, decía Marx, por un final terrible antes que por un terror sin fin.
Para todos los actores que se mueven en el escenario cubano, la coyuntura en ese país es una suerte de “terror sin fin” que cada cual experimenta de maneras y por razones diferentes. Y para cada uno existen pocas opciones que en la mayor parte de los casos desemboca en un costoso “final terrible”.
Antes de pasar a explicar esta compleja madeja, permítanme un posicionamiento ético/político que creo inevitable.
Cuba está regida por una dictadura que medra los despojos de una revolución y su clase política protagoniza un proceso de conversión burguesa mediante el copamiento de los espacios más redituables de la economía nacional: turismo, comercio y remesas. Aquí no hay revolución -que terminó en los 60s- ni socialismo. Ninguna hostilidad externa -que ha existido a lo largo de seis décadas- justifica el autoritarismo y la represión en Cuba.
En muchos lugares, he argumentado sobre la improcedencia de la correlación espuria que se ha montado entre el ilegítimo bloqueo/embargo norteamericano y la inoperancia del subsistema económico cubano que solo ha conseguido buenos resultados cuando ha obtenido subsidios externos, como en su relación con las extintas Unión Soviética (1975-1990) y la Venezuela chavista (2002-2015).
Ha sido una clase política oportunista e incapaz de dirigir una sociedad por otros medios que no sea el miedo, la represión y el adoctrinamiento. Y aunque hoy esa clase política se deshace en llanto por el bloqueo/embargo, la historia muestra que no podía vivir sin el recurso de la “agresión imperialista” y sistemáticamente desechó todas las oportunidades de avanzar hacia una normalización de relaciones con Estados Unidos, en particular bajo los gobiernos de Carter, Clinton y Obama.
Pero ninguna de estas consideraciones, ni todas ellas sumadas, son suficientes para justificar, siquiera obviar, la situación que se origina en Cuba con el cerco militar, político y financiero que está aplicando la administración de Donald Trump. Un alto comisionado de la ONU le ha calificado de “estrés humanitario multidimensional”. Ninguna repulsa a la dictadura cubana puede admitir como legítima a la revancha de la ultraderecha trumpista y sus acólitos latinoamericanos, que ha establecido un cerco militar, político y económico para impedir la llegada de combustibles y otros insumos vitales a la isla. Y en consecuencia se ha producido una paralización de la ya desfalleciente economía nacional: la poca comida se pudre en los campos y en los puertos, nadie recoge la basura en las ciudades, se producen apagones de varios días combinados con “alumbrones” de pocas horas, los hospitales recesan, se paralizaron los planes de vacunación, no hay gasolina para las ambulancias y tampoco acceso a agua potable.
El resultado es el hambre, las epidemias descontroladas, el deterioro de todos los servicios sociales básicos y el incremento de la inseguridad pública. Los principales afectados no son los miembros de la élite dominante, sino las mayorías populares empobrecidas, y en particular infantes y ancianos. La ONU ha reclamado una “excepción humanitaria” para el ingreso de combustibles, medicinas y alimentos para niños, pero el gobierno norteamericano solo ha respondido el silencio de la prepotencia imperial.
Respecto a Cuba, a pesar de la descomunal asimetría de poderes, y por más de seis décadas, Estados Unidos ha experimentado su particular “terror sin fin”. Ha ensayado cercos económicos, agresiones militares, actos terroristas e intentos de acercamientos, pero todos han sido recursos desperdiciados en las puertas de la intransigencia nacionalista cubana.
Y ahora, cuando el deterioro en la isla podría estar anunciando el “final terrible” muchas veces deseado en Washington, esto no ha sucedido y la clase política cubana ha mostrado capacidad para sobrevivir sin ceder cuotas fundamentales de su poder autoritario.
Es una situación compleja y que se engarza como una pieza menor del lodazal que hoy constituye la política exterior norteamericana. Pero que -dada la vecindad de Cuba y Estados Unidos y sus particulares relaciones históricas- deviene también un asunto de política interna que multiplica los costos de cualquier acción. Se me ocurren tres situaciones que contribuyen a ello.
En primer lugar, a pesar del “terror sin fin” que vive la isla, la clase política cubana no ha mostrado fisuras y aunque puede sospecharse que sus fuerzas armadas tienen capacidades operativas disminuidas, es evidente que tienen cadenas de mando intactas, recursos técnicos y cuentan con el apoyo de al menos una parte de la población animada por motivaciones patrióticas frente a un rival que ha sido mostrado por décadas como el “enemigo histórico” de la nación cubana. Una invasión a Cuba puede generar muchas pérdidas de vidas norteamericanas y un costo económico que ningún gobierno razonable se permitiría, aun cuando reconozcamos que razonable no ha sido un adjetivo compatible con el equipo Trump.
Un “final terrible” en la boca de los fusiles norteamericanos tendría otra consecuencia muy costosa: el vacío de poder en una isla que se alarga por 1300 kilómetros bordeando toda la frontera marítima sur de los Estados Unidos. En Cuba no existe una oposición organizada y experimentada que pudiera sustituir a la clase política postrevolucionaria, mucho menos mandos militares y controles de seguridad alternativos. Aún en los peores momentos, los generales de ambas partes han conversado y coordinado acciones, altos mandos militares y de la CIA han visitado la isla, e incluso se han realizado contactos con descendientes de los dos hermanos Castro que parecen anunciar una disposición pragmática a negociar con este clan que controla resortes claves del poder en la isla.
Por último, en Estados Unidos viven dos millones de cubanos, la mayoría derechistas, republicanos y trumpistas, pero cada vez -por razones de la propia evolución sociológica de este conglomerado humano- con menos entusiasmo. Se concentran en el sur de La Florida, un estado clave en el juego electoral. A pesar de su anticomunismo básico, es presumible que un “final terrible” en Cuba va a afectar familiares, amistades y lugares, y aun cuando la mayoría de ellos apoyan una intervención militar, ese porcentaje disminuye sustancialmente entre los que llevan más tiempo radicados en EE.UU., que son precisamente los que votan.
Hay vías diferentes al “final terrible”. Una podría ser una mediación de gobiernos latinoamericanos no hostiles que pudiera abrir negociaciones para una transición ordenada hacia un régimen democrático y una apertura económica más coherente que la hasta hoy ofrecida por el gobierno cubano. Ello no sería lesivo a la dignidad nacional y permitiría un reacomodo institucional que implicará inevitablemente el pluralismo político.
En resumen, lo que llamamos cuestión cubana es una madeja muy complicada, pero de soluciones de situaciones complicadas está llena la historia del planeta.
Ojalá que la clase política cubana tenga la altura suficiente para abrir las puertas, con apoyos internacionales legítimos, a un nuevo pacto político democrático, que preserve la dignidad nacional frente a esta ofensiva imperialista.
Ojalá la administración trumpista y sus acólitos latinoamericanos entiendan que esta puede ser una salida. Ojalá, en fin, que se pueda evitar tanto el final terrible como el terror sin fin.
La sociedad cubana lo merece.
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