Opinión
Imagen referencial, Agencia Uno
El pesimismo no describe la economía: la moldea
En tiempos de polarización, incertidumbre y pesimismo, quizás necesitamos recuperar una idea sencilla: nuestras decisiones no dependen solo de la realidad que enfrentamos, sino también de cómo la interpretamos y de las posibilidades que somos capaces de imaginar dentro de ella.
El Índice de Confianza del Consumidor de Ipsos de abril de 2026 sitúa a Chile en 41,3 puntos, con una caída mensual de 7,5 puntos –la segunda más pronunciada entre las 30 economías medidas por el estudio–, apenas por encima de países como México, Colombia y Perú, que en muchos casos enfrentan desafíos estructurales considerablemente mayores a los nuestros. Un 76% de los chilenos describe la situación económica actual del país como mala.
El dato invita a una pregunta incómoda: ¿estamos tan mal como creemos?
Durante mucho tiempo asumimos que las decisiones económicas eran esencialmente racionales: se analizaba información, se evaluaban alternativas y se elegía la que maximizaba el interés propio. Hoy sabemos que esa explicación es insuficiente. Nuestras decisiones están atravesadas por emociones, experiencias previas, sesgos cognitivos y por el clima del entorno en que ocurren. No decidimos igual cuando sentimos confianza que cuando sentimos temor. No evaluamos una oportunidad de la misma forma si el ambiente transmite optimismo o amenaza.
La neuroeconomía ha mostrado que el miedo incrementa la aversión a la pérdida a través de una mayor activación de la amígdala frente a pérdidas potenciales: el mismo circuito cerebral que procesa el miedo es el que, bajo una sensación de amenaza, lleva a evitar decisiones con algún grado de riesgo –invertir, emprender, comprar una vivienda– incluso cuando esas decisiones tienen, en promedio, un resultado positivo.
Los economistas George Akerlof y Robert Shiller retomaron el concepto que John Maynard Keynes usaba para describir el optimismo o pesimismo que mueve a los inversionistas, y mostraron que la confianza en el futuro es uno de los patrones psicológicos que más determina el comportamiento económico agregado. No como una opinión aislada de cada persona, sino como algo que se contagia entre grupos completos. Cuando la confianza colapsa, deja de ser solo una expectativa: se convierte en la base misma sobre la que se decide ahorrar, invertir o gastar.
Frente a esto, vale la pena preguntarnos cómo ampliamos la manera en que observamos nuestro entorno. Una mirada apreciativa no significa desconocer los problemas ni reemplazar el análisis crítico por un optimismo ingenuo. Significa ampliar la pregunta: junto con preguntarnos qué está funcionando mal, preguntarnos también qué está funcionando bien, qué capacidades existen, qué fortalezas podemos movilizar para enfrentar lo que necesitamos cambiar. Ese desplazamiento en la pregunta puede modificar conversaciones, relaciones y, finalmente, decisiones.
Chile tiene, además, motivos concretos para esa mirada: la mejor disponibilidad de energía solar y eólica para reemplazar combustibles fósiles, diversidad de alimentos para una población global que envejece, bosques que crecen rápido y minerales clave para la electrificación y la inteligencia artificial.
Avanzar en esas industrias implica desafíos enormes –hacerlo con el medio ambiente y las comunidades en el centro–, pero si solo miramos desde el problema, nos paralizamos antes de intentarlo.
Comprender por qué las personas hacen lo que hacen es, cada vez más, un desafío central para el desarrollo de Chile: no basta con más datos ni mejores modelos técnicos si no entendemos cómo las personas los interpretan y deciden a partir de ellos. Es en esa intersección donde las ciencias del comportamiento –psicología, economía conductual, neurociencia, sociología, ciencia de datos y gestión– han adquirido una relevancia creciente.
En tiempos de polarización, incertidumbre y pesimismo, quizás necesitamos recuperar una idea sencilla: nuestras decisiones no dependen solo de la realidad que enfrentamos, sino también de cómo la interpretamos y de las posibilidades que somos capaces de imaginar dentro de ella.
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