El exterminio del proyecto cultural de la UP: Auge y caída de la editorial Quimantú - El Mostrador

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Empresa estatal alcanzó a publicar más de 11 millones de volúmenes

Cultura - El Mostrador

El exterminio del proyecto cultural de la UP: Auge y caída de la editorial Quimantú

por 10 septiembre, 2013

El exterminio del proyecto cultural de la UP: Auge y caída de la editorial Quimantú
Fue uno de los proyectos insignes de Allende, que intentó conquistar a las masas a través de la cultura. La dictadura le cambió el nombre para que se pasara de los libros a los cómics, y de la reflexión a la entretención.

a quimantu

 

Si el libro es “un instrumento emancipador de conciencia”, como dijo en su momento el presidente Salvador Allende, se entiende que la editorial estatal Quimantú fuera la nave insignia del proyecto cultural de la Unidad Popular, junto a los versos de Neruda y las canciones de Víctor Jara. Al igual que con estos últimos, con Quimantú la UP no hizo más que aplicar a Gramsci, para quien la cultura era clave para generar un cambio de mentalidad en la gente.

Marta Harnecker y Gabriela Uribe lo plasmaron así en sus "Cuadernos de educación popular", uno de los clásicos de la editorial. Allí señalaron que “una de las tareas más urgentes del momento es que los trabajadores se eduquen, que eleven su nivel de conciencia, que se capaciten para responder a las nuevas responsabilidades que surgen del proceso revolucionario que vive nuestro país”. “Quimantú para Todos”, otra serie, quería “abrirle una ventana ancha hacia la vida” a los lectores.

Casi doce millones de ejemplares alcanzó a imprimir la editorial estatal fundada en 1971, luego que el fisco adquiriera la empresa Zig-Zag, que pasaba por graves apuros económicos, según recuerda Rodolfo Segura, presidente de su último sindicato. En un país de diez millones de habitantes, eso implicaba poner más de un libro en el hogar de cada chileno. No por nada, en aquel entonces nuestro país gozaba de uno de los mayores índices de lectura del continente.

Si antes de la UP los libros eran un bien de lujo, para Allende debían estar al alcance de todos, al precio de un paquete de cigarrillos. Y todos significa “todos”, literalmente: adultos, pero también jóvenes. Niños, pero también mujeres. Quimantú editó a los clásicos a través de los “Minilibros” (Poe, Conan Doyle, etc), pero también a escritores locales (Délano, Lihn), tenía una revista juvenil (“Onda”), textos infantiles (“Cabrochico”, “Cuncuna”), un magazine para mujeres (“Paloma”), otro deportivo (“Estadio”)  e incluso un cómic, con “Barrabases”.

Con “Nosotros los chilenos”, una de sus series más exitosas, apuntaba a un elemento cultural clave, la identidad de un pueblo, a través de textos como “Los araucanos” o “Comidas y bebidas de Chile”. “Nunca ha vuelto a existir en la historia de Chile una experiencia semejante a la de esta colección, ni en su éxito ni en su importancia dentro de la sociedad como instrumento de formación en la identidad nacional”, señala Cristian Salazar en su blog “Urbatorivm”.

“La gente andaba con sus libritos en la mano para leer en los buses. Era muy lindo el cariño que se despertó en los trabajadores por la cultura”, rememoraba su director Joaquín Gutiérrez hace casi quince años. “Julio Cortázar no exageraba al decir que Allende había hecho el milagro de transformar a Tomas Mann en un best seller”, remata la escritora Virginia Vidal en sus recuerdos.

El golpe

Todo cambió con el golpe. A partir de ese día, una dictadura de derecha se propuso borrar todo rastro de la UP, también a nivel cultural. Eso explica la muerte de sus principales íconos culturales en dos semanas (Neruda y Jara) y el silenciamiento de sus medios (partiendo por Clarín y radio Magallanes).

Quimantú tampoco se salvó: situada junto a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, el mismo día del golpe un nido de metralleta le apuntaba desde Plaza Italia, luego fue ocupada y al día siguiente fueron destruidos casi dos millones de ejemplares de libros. Pinochet emuló a Goebbels, quien decía: "Cuando oigo la palabra cultura, cojo mi revólver”. Por algo, al igual que los nazis, impulsó la quema pública de libros.

Así, aquel “Sol de sabiduría” (su significado en mapudungún) se fue apagando. Los valientes soldados ocuparon la editorial sin resistencia alguna y despidieron a muchos de sus trabajadores. (También mataron: el mismo día del golpe, la editorial perdió a su primer trabajador, el socialista Arturo San Martín, un fotógrafo que murió a tiros cuando ejercía su labor en el centro de Santiago. Luego le seguiría la periodista Diana Arón, una militante del MIR, que desapareció embarazada en 1974. El corrector de prueba Moisés Mujica, del PC, sufrió igual destino en 1976, tal como su correligionario, el periodista Guillermo Gálvez aquel año).

Nuevo destino

Como nuevo jefe de la editorial, los militares nombraron a Diego Barros, un ex general de la Fach de aficiones literarias. No fue todo. En diciembre de 1973 la dictadura borró su nombre y le cambió el nombre por uno más aséptico, “Gabriela Mistral”, con tareas más nobles por delante que educar a un pueblo.

Así, la nueva editorial daría a conocer su famosa “Declaración de Principios” de 1974 de Pinochet, o las memorias del ex presidente Gabriel González Videla, famoso porque prohibió y persiguió a los comunistas durante su gobierno de fines de los 40. También la obra del pensador de la derecha española Gonzalo Fernández de la Mora. Además se dedicó a publicar a los personajes de la marca estadounidense Marvel (Iron Man, Conan el Bárbaro, Hulk, entre otros). Había que dejar la reflexión y volver a la entretención.

Aún así, no fue suficiente. Para eliminar “el marxismo de raíz”, como se había propuesto la honorable Junta Militar, en 1976, el mismo año que Pinochet impuso el IVA al libro, el fisco liquidó la empresa y remató sus bienes, literalmente. Lo hizo a favor de la Imprenta y Litografía Fernández, de Juan Fernández Montalva, un empresario que prácticamente carecía de experiencia en materia de libros y se dedicaba a la impresión de revistas, etiquetas y envases, según señala Bernardo Subercaseaux en su obra “Historia del libro en Chile”.

Los libros dejaron de ser una política pública y pasaron a ser una función más propia del mercado: productos al alcance de pocos. La dictadura tuvo éxito: según un estudio publicado la semana pasada, el 65% de los chilenos con educación superior entiende sólo textos simples.

Actualmente, donde estaban los talleres de Quimantú, funciona una universidad privada. Otro símbolo de los derroteros arancelados de la cultura actual.

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