Why Bolaño? - El Mostrador

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Cultura - El Mostrador

Why Bolaño?

por 20 diciembre, 2013

Why Bolaño?
Mónica Ríos es coeditora de editorial Sangría, http://www.sangriaeditora.com/

roberto-bolaño

Hace unas pocas semanas, María Bordallo y Javier Molea, creadores de los talleres literarios en español Universidad Desconocida de Brooklyn, Estados Unidos, donde vivo, estudio y trabajo hace poco más de un año, me pidieron que además de continuar con el taller de narrativa que dicto me encargara de un taller de lectura en inglés sobre la obra de Roberto Bolaño. Ese taller debía responder la pregunta ¿por qué Bolaño? ¿Por qué la escritura de Bolaño produce la misma fascinación en los lectores angloparlantes, incluso mediada por las traducciones de Natasha Wimmer y Chris Andrews, que en los lectores de Chile, Latinoamérica y España?

Esta petición me llegó mientras escribo mi tesis sobre el porqué algunas películas del cine chileno temprano se instituyen como el corazón de una nación y el consenso de los historiadores, y el porqué otras, como las de mujeres directoras, desaparecen para los historiadores y estudiosos que luego reproducirán las opiniones de alguien que tampoco alcanzó a verlas. La pregunta “Why Bolaño?” vino también en un momento en que, después de haber terminado mi segunda novela Alias el Rocío, los buenos comentarios de algunos colegas no la han llevado a algún editor o editora que valore el preciosismo en la escritura ni la oscuridad santiaguina que la inspiró.

El nombre de Bolaño, que de a poco desplaza a Neruda cuando se nombra a Chile en campos culturales exteriores y es caso obligado en los cursos para posgraduados de literatura chilena y latinoamericana, se impone merecidamente por la sociabilidad adolescente de sus personajes, la fluidez de su lenguaje narrativo y la plétora de voces del relato, entre las que se cuenta la suya como autor. Este encuentro con los lectores, sin embargo, se logra porque tematiza, entre tantas otras cosas, pero primero que todo, su propia frustración con una escritura suya que no tenía salida –cómo olvidar, en Los detectives salvajes, a Belano sentado con su manuscrito frente al escritorio del editor que lo rechazaría minutos después. Su pulsión narrativa está construida por una búsqueda por lectores; bajo máscaras diversas se muestra al poeta que no encuentra editorial que lo publique, lectores que lo lean y una historia literaria que amenaza con dejarlo caer en el olvido. Así, pues, la muerte simbólica de Cesárea Tinajero no es solo el asesinato del portento de la vanguardia, su madre literaria –como argumenta Grínor Rojo en el próximo libro que sacará Sangría Editora, Las novelas de formación chilenas–, para encontrar una voz propia, sino una certeza de que la literatura se ha convertido en otra cosa en la que lo había construido la vanguardia. Para Bolaño ya no es más un espacio de rebeldía, de búsqueda de una forma de vida que se oponga al capitalismo, es decir, de un proyecto literario de envergadura política, sino la construcción de un discurso creativo que debe volverse neoliberal para sobrevivir y que, como un publicista o un gerente que sube de escalafón en la economía mundial, debe darle a los lectores lo que necesitan; una literatura que reescribe desde diferentes formatos de la prosa las formas de existencia de una comunidad que ahora parece una sola y homogénea, comprensible para todos. No por nada el asesinato simbólico de Cesárea Tinajero sucede en la novela a partir de cuya publicación la obra poética de Roberto Bolaño pasa a un segundo plano en el interés de editores y lectores.

A la pregunta de “por qué Bolaño” habría que empezar por responder, entonces, que su escritura fue una de las primeras que propuso anteponer formas mediante las cuales los lectores pudiéramos no solo fascinarnos, sino por sobre todo reconocernos como una comunidad homogénea. Es, en fin, entregarse a las pugnas por el poder cultural del entretenimiento, que a pesar de estar ejecutadas con talento narrativo en el caso de Bolaño desplazan la posibilidad de imaginar un mundo fuera del mercado de la cultura. Poco se puede agregar, luego de innumerables tesis, generaciones de escritores formados a la luz de su fama y profesores que ganamos plata enseñando su obra dentro o fuera de la academia: solo que no podemos olvidarnos de que la literatura y sus formas autoriales se adaptan y adoptan el modelo que mejor encarne el consenso de las instituciones, y que esa mutación puede ser tan depredadora como el mercado que los sostiene.

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