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El hilo invisible de la diplomacia en Webfalia Opinión Imagen referencial (Archivo)

El hilo invisible de la diplomacia en Webfalia

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Pablo Cabrera Gaete
Por : Pablo Cabrera Gaete Embajador, Consejero del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica (CEIUC), exdirector de la Academia Diplomática Andrés Bello.
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Actuar oportunamente con independencia y transparencia, avalado en una visión y posicionamiento estratégicos renovados, permite demostrar que su tradicional no alineamiento a bloque alguno está en línea con su irrestricto compromiso con la paz y la seguridad internacionales.


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Vivir en un mundo enrarecido, desordenado y convulso, invita a reflexionar sobre el impacto de la digitalización para el Estado-Nación, cuya centralidad en la agenda mundial se remonta a 1648, con la Paz de Westfalia, vigente hasta finales del siglo XX.
En el tercer Milenio, la soberanía ha adquirido dimensión virtual, incorporándose al universo de Webfalia, la actual versión del ordenamiento institucional sistémico.

Hemos transitado de una comunidad de ideales e intereses compartidos a una sociedad diversa, multifacética y tecnológica, donde la dicotomía entre percepción y realidad se acentúa, añadiendo dramatismo a un cambio epocal, cuyos efectos experimentamos cada día con creciente intensidad. Si bien los desafíos de gobernabilidad persisten referidos al poder, las comunicaciones y la asignación de recursos, el contexto digital hace todo diferente. La irrupción de la opinión pública en este nuevo escenario como actor protagónico multiplica los cuestionamientos a los Estados respecto de su capacidad real de lidiar con retos y amenazas que antes no aparecían siquiera en el radar de la diplomacia.

Ningún sector del planeta ha quedado al margen de este emergente cuadro geopolítico, que tiene la complejidad adicional  de que los Estados Unidos, autoproclamado impulsor del cambio de escenario, ha declarado su intento de contener la creciente presencia de China en el mapamundi.

América Latina, no obstante ser la primera región del planeta reconocida como libre de armamento nuclear (Tratado de Tlatelolco), poseedora de abundantes y atractivos recursos naturales estratégicos y no tener conflictos bélicos abiertos, enfrenta dilemas y contradicciones que se creían superados después de la caída del Muro de Berlín, como ser considerada el “patio trasero” de los intereses estadounidenses.

Su desafío principal ahora guarda relación con la capacidad de involucrarse, de manera autónoma e independiente, en el diseño de un nuevo régimen institucional y la aproximación a los planes geoestratégicos de tales potencias y los mayores conglomerados tecnológicos, que requieren de metodología ad hoc y fino tratamiento con el hilo invisible de la diplomacia.

Las recientes iniciativas del gobierno estadounidense para la región han traído inseguridad e incertidumbre, toda vez que insinúan un dejo de imposición más que negociación, lo que no estaría garantizando un diálogo simétrico respecto de sus alcances.

Al no existir una única mirada para entender cómo funciona el mundo, se puede concluir que nada está zanjado, salvo conocer que la discusión ha de librarse en un contexto diferente a aquel que conocíamos hasta hace poco tiempo. En todo caso, parece contra intuitivo estar debatiendo sobre paz y seguridad entre países amigos y socios estratégicos, toda vez que son conceptos primigenios de un orden que ha operado durante cuatro siglos y que no ha sido cancelado del todo. 

Las credenciales de América Latina como interlocutor autorizado en el diálogo internacional se han diluido a la par del debilitamiento de las reglas tradicionales de convivencia, producto —quizás— de la escasa trascendencia de sus políticas en materias sensibles que cruzan la agenda.

Es urgente, entonces, recuperar la impronta que tantos réditos produjo a los países de la región, unificando criterios para su inserción plena en el atlas geopolítico, todavía en etapa de diseño. Una lectura hermenéutica de la nueva realidad permitirá dejar atrás reminiscencias ideológicas del pasado, sin perder de vista que la paz es el bien más preciado y contrapuesto al daño infringido al sistema por las conflagraciones mundiales del siglo XX, que todavía colorean la narrativa y la planificación estratégica de ciertos nostálgicos o soñadores.

La convocatoria se relaciona, mas bien, con la urgencia de compenetrarse de las cosmovisiones universales y sus intríngulis que disputan en una “sociedad líquida” la preeminencia política, económica y tecnológica de la agenda, sin que ninguna muestre suficiente atractivo para seducir a la mayoría a comprometerse con un poder de cobertura física y virtual ilimitada. 

Siendo actores y testigos insertos en Webfalia, en cuyo ámbito navegan, conjuntamente, la abundancia de información disponible y la escasez de normativa regulatoria, atizando —a la vez— la necesidad de contar con una gobernanza global que endilgue por senderos institucionales las demandas estatales al sistema y las interpelaciones intermitentes de los ciberciudadanos a la autoridad, es imperativo ordenar el desorden. Al efecto, se precisa de herramientas proporcionales al desafío implícito de detener el desfonde de la legalidad, que se viene insinuando en una competencia entre “nuevos imperios”, que algunos han llegado a motejar como pugna por el petróleo digital.

La diplomacia se posiciona como el instrumento apropiado para mantener un equilibrio equidistante en un proceso de confrontación o contención recíproca entre las potencias, en cuyo curso se desdeñan e, incluso, ignoran principios del orden liberal, especialmente el respeto al Derecho Internacional, sometiendo al andamiaje institucional a cuestionamientos radicales que pueden provocar una catástrofe de consecuencias impredecibles.

América Latina debe procurar reinstalar esa estatura estratégica —hoy disminuida— que construyó por su influencia en episodios claves de la historia contemporánea. Por ejemplo, en la Cumbre de las Américas de 1994, cuando el ímpetu integrador estaba en su apogeo, tuvo la convicción de implementar un plan colectivo de paz, seguridad y libre comercio, promovido por los Estados Unidos, desde Alaska a Tierra del Fuego.

Hoy, en contraste, en la Estrategia de Seguridad Nacional (Doctrina Monroe II o Donroe como se la llama), impulsa, entre otras cosas, un rediseño de zonas de influencia, poniendo en jaque acuerdos existentes de larga data y beneficio compartido, que abren interrogantes para algunos Estados por la incompatibilidad de ciertas medidas con su propia historia, intereses e idiosincracia de sus pueblos. Si bien en todas la asimetría del poder se mantiene como hecho de la causa, ahora se expresa de forma diferente y hasta más intimidatoria, inclusive para con sus socios estratégicos.   

En suma, la controversia entre Estados Unidos y China aumenta el impacto al tema principal que refiere a la supuesta capacidad de los países latinoamericanos de influir en el diseño de un nuevo orden internacional y a las implicancias estratégicas de Webfalia, derivadas de la soberanía digital, que corresponde abordarlas, idealmente, con talante positivo y motricidad fina porque su dinámica tendrá siempre trascendencia geoestratégica.

Así las cosas, es importante precisar si los modelos —Pax Americana y Pax Sinica— producirán un oscurecimiento en las relaciones internacionales tradicionales o se orientan a forjar un liderazgo de cada una bajo sus propias reglas. Nadie imaginó que, a la cuadra del siglo XXI, cabría elegir entre proteccionismo y libre comercio, inmigración e identidad nacional, crecimiento y equidad social, cuando el curso de integración a la modernidad, iniciado en un lejano 1914, llegaba al nivel 4.0 con la tecnología en su cenit, superando a la política a la hora de las decisiones importantes.

Salir fortalecidos de esta encrucijada de gran calado estratégico, implica consensuar de parte de los socios latinoamericanos, más temprano que tarde, iniciativas como esquemas de justicia blindados contra la narcopolítica, gestiones coordinadas frente a la migración masiva y medidas drásticas contra la corrupción. Así, con voluntad política y la ayuda de la diplomacia, se podrá urdir un tejido de integración sostenible que genere pensamiento crítico y sea brújula para programas encaminados a robustecer la agenda global.

En términos prácticos, significa que la región deje de ser considerada, únicamente, una cantera de recursos y sea asumida como polo de desarrollo capaz de superar la parálisis de miedo que ha traído consigo el salto tecnológico como motor principal del cambio.

La instituciones intermediarias, entre ellas la diplomacia, sin perjuicio del sentido de inmediatez, la desinformación y varios males endémicos, deben perseverar en la tarea que han cumplido por antonomasia, cediendo espacios a otras disciplinas en beneficio de un posicionamiento estratégico común que identifique a la región. Así, cualquier proyecto país asociado al siglo XXI no debiera resistirse al cambio, sino asumirlo como eje para establecer una convivencia armónica entre ciudadanos del presente y del futuro, precaviéndose, a la vez, de rupturas etarias que solo retardan el anhelo común de progreso.

Una nueva institucionalidad regional solo logrará su consolidación cuando la tecnología, expresada en la inteligencia artificial (IA), deje de ser una amenaza externa y sea asumida como asistencia  para ser arquitectos de su realidad, propiamente. Aupada por la diplomacia del conocimiento podrá gestionar crisis, resistir presiones y edificar puentes de convergencia con todos los actores y, de paso, demostrar que el viejo adagio: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, no es atribuible a América Latina.

La historia y la literatura ilustran cómo las sociedades reaccionan cuando el poder, cualquiera sea su procedencia, pretende imponer condiciones distintas a las propias avaladas en la historia. No es aconsejable para la diplomacia ensayar repuestas categóricas en medio de un panorama mundial de liquidez, pues no está claro cómo variará el escenario en el corto o mediano plazo; parece más adecuado hacer una profunda reflexión, dentro de un marco histórico e interpretativo, de modo que, con inteligencia, astucia y algo de audacia, se coordinen acciones para interactuar con altura de miras con las contrapartes correspondientes.    

La transición de Westfalia a Webfalia no significa una claudicación de la política ante el algoritmo; más bien, puede asumirse como una oportunidad histórica para que América Latina se desprenda de la imagen de ser puramente proveedora de recursos naturales. El grado de autonomía que logre está ligado con la soberanía digital, en cuanto esta le permita construir su propio humanismo tecnológico. Parafraseando la Encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, significa transformar la inteligencia colectiva en un estándar de legalidad y ética regional identitario que sirva al momento de negociar en cualquier contexto y con el país que sea, sin mostrar fisuras.

Chile, en particular, para enfrentar situaciones complejas del nuevo escenario internacional, cuenta con capacidades y virtudes sustentadas en una coherente trayectoria republicana que le ha otorgado credenciales de interlocutor natural en una agenda que ha devenido densa y compleja. No necesita de aspavientos ni dejarse llevar por tendencias, algunas superficiales fomentadas por medios de comunicación; tampoco ser comparsa de un proceso de cambio paradigmático sin tener claridad dónde terminará. Cabe mantener una firme y equilibrada actitud para hacer valer los principios de su política exterior en el debate geopolítico.

Avalado en un patrimonio tangible e intangible y su  prestigio objetivo, el país puede motivar un diálogo inteligente y razonado sustentado en su espíritu de cooperación y los valores de la libertad, la justicia y la democracia (La diplomacia tiene la palabra…, Catalonia, 2025).

Actuar oportunamente con independencia y transparencia, avalado en una visión y posicionamiento estratégicos renovados, permite demostrar que su tradicional no alineamiento a bloque alguno está en línea con su irrestricto compromiso con la paz y la seguridad internacionales.

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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