Sábado, 27 de mayo de 2017 Actualizado a las 13:01

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Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación: ¿cuál modelo?

Es difícil concebir a la ciencia y la innovación como dos actividades aisladas. La ciencia nos provee conocimiento necesario para comprender nuestro mundo y nos entrega nuevas capacidades para resolver problemas. Por su parte, la innovación transforma esas capacidades en soluciones de mayor alcance e impacto.

Hoy, la innovación ha dejado de ser un concepto vinculado solo con el mercado, abarcando ampliamente el ámbito social y cobrando cada vez más importancia para el sector público.

Investigación e innovación deben convivir en espacios comunes, donde se valoren y respeten las diferencias. En términos de política pública, esto significa que ambas deben ser tratadas con similar importancia, y es por ello que debemos aspirar a que nuestra política de desarrollo científico –que debe promover todas las dimensiones de la investigación científica– tenga la misma importancia que la política de innovación, y que exista coordinación entre ambas.

En este contexto, la discusión sobre la forma del futuro Ministerio para la Ciencia es de gran relevancia.

Ha pasado casi un año desde que la comisión asesora “Ciencia para el Desarrollo de Chile” –convocada por la Presidenta Michelle Bachelet– entregara su informe. Hasta ahora, poco se sabe sobre la forma y la estructura con la que contará el futuro ministerio anunciado durante la última cuenta anual. Recordemos que la comisión asesora no logró una visión de consenso y entregó dos propuestas en materia de institucionalidad.

Sin embargo, esta falta de consenso debiera analizarse cuidadosamente. Una de las propuestas fue crear un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI). Este planteamiento logró el apoyo de 24 miembros de la comisión. La segunda alternativa propuso, en tanto, la creación exclusiva de un Ministerio de Ciencia y Tecnología (MINCYT). Esta idea recibió el apoyo solo de ocho miembros de la comisión asesora, de los cuales cuatro tienen vinculación con el Ministerio de Economía.

Esta última propuesta pretende dejar los temas de innovación en el Ministerio de Economía y la conducción de la política de ciencia e innovación en manos de su máxima autoridad, a través del criticado Comité Interministerial para la Innovación. En la práctica, esto puede subyugar el MINCYT al control de Economía, lo que no solo tiene implicancias en la toma de decisiones, sino que además en la perspectiva de desarrollo del futuro ministerio.

Pese a las limitaciones de dicho modelo, todas las referencias al proyecto que se han hecho desde el Gobierno apuntan hasta ahora a la creación de un Ministerio “de Ciencia y Tecnología”.

En su momento, se dijo incluso que la decisión de dejar a la innovación fuera del futuro ministerio estaba tomada (una nota de La Tercera afirmó, tras el anuncio del ministerio, que para miembros del CNID “presentes en la reunión, resultó más claro que la decisión fue un Ministerio de Ciencia y Tecnología, sin Innovación, la que seguiría en Corfo”). Con ello, se estaría “rayando la cancha” para no amenazar los intereses de Economía en la materia.

La actual incertidumbre se acentúa por el hermetismo del proceso al interior del Gobierno, lo que ha generado críticas respecto a un ministerio hecho a espaldas de los investigadores.

Por otra parte, la comunidad académica y científica debe trabajar para explicar de mejor manera qué quiere decirle al Gobierno respecto a la creación del ministerio, además de algunas demandas ya conocidas.

Un aspecto que merece preocupación es el de asegurar que la creación de este ministerio –independientemente de su forma final– tenga entre sus objetivos generar una política de desarrollo científico que supere la lógica lineal actual, en la que la ciencia se visualiza simplemente como un insumo más de la innovación.

Es evidente que la construcción de una política de desarrollo científico –una que entienda a la investigación como un componente clave en nuestro desarrollo y bienestar social, cultural, político y económico– debe contar con la participación de la comunidad científica y otros grupos de interés.

Asimismo, debe atender a la diversidad de prácticas, modos de generación y difusión del conocimiento, especialmente de las comunidades de investigadores, que serán el público objetivo de los programas del futuro ministerio.

 Seguir el mismo camino claramente no nos va a ayudar a superar nuestros desafíos como país. Persistir en el llamado “modelo pilarizado”, con una propuesta de institucionalidad poco innovadora, con énfasis en la dimensión económica y que mantiene deficiencias históricas, sería seguir con “más de lo mismo”.

No obstante, debiera existir menos controversia en la estructura del futuro ministerio. Las estructuras institucionales se construyen a partir de tradiciones históricas y normativas, contextos políticos y sociales, y lógicas de poder.

En el caso específico de un Ministerio para la Ciencia, las experiencias de otros países muestran que esta cartera debe contar con relevancia política y capacidades profesionales, y debe encargarse del diseño de una política de desarrollo científico.

Por otro lado, numerosos diagnósticos han indicado las falencias de nuestra actual institucionalidad científica, reflejadas en el estancamiento de indicadores de investigación e innovación, y que no han logrado ser resueltas –sino más bien profundizadas– por el actual “modelo pilarizado”, que tiene a Conicyt y Corfo como “brazos” de este modelo en ministerios separados, y a un comité interministerial para la innovación encargado de definir las políticas respectivas, y que no ha dado buenos resultados.

De esta manera, es el futuro ministerio el que debiese contener estos dos brazos, uno encargado de la formación de investigadores y desarrollo científico, y otro de la innovación basada en ciencia y el desarrollo tecnológico, ambos trabajando de manera coordinada bajo una agenda común. Bajo esta lógica, los instrumentos para la innovación basada en investigación científica deben ser parte del futuro ministerio de CTI.

Recordemos que Corfo posee más de medio centenar de instrumentos y líneas de apoyo, y solo una parte de estos guarda relación directa con la I+D aplicada y la innovación basada en ciencia. Esto daría también más espacio a la cartera de Economía para asumir nuevos desafíos en materia de industrias, productividad y emprendimiento, como ocurre en otros países. Finalmente, un ministerio que integre ciencia, tecnología e innovación contará con un mayor presupuesto, lo que otorgaría mayores capacidades y relevancia a su quehacer.

Como comunidad, no debemos tener miedo a una institucionalidad que busque unir a la investigación con la innovación. Nuestro país cuenta con un desarrollo humano capaz de construir una estructura en la cual todas las áreas del conocimiento puedan asumir desafíos conjuntos que cambien el paradigma respecto de cómo debemos enfrentar la investigación en las próximas décadas.

Seguir el mismo camino claramente no nos va a ayudar a superar nuestros desafíos como país. Persistir en el llamado “modelo pilarizado”, con una propuesta de institucionalidad poco innovadora, con énfasis en la dimensión económica y que mantiene deficiencias históricas, sería seguir con “más de lo mismo”.

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