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Irán y los 100 días de una guerra que ha sacudido al mundo ANÁLISIS Archivo

Irán y los 100 días de una guerra que ha sacudido al mundo

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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La paradoja final es tan simple como inquietante. La guerra fue concebida para transformar a Irán, pero 100 días después, Irán sigue en pie y quienes parecen haber cambiado son Estados Unidos, Medio Oriente y el propio orden internacional.


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Este lunes 8 de junio se cumplen 100 días desde el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel en contra de Irán. Como ocurre con frecuencia, la cifra tiene un valor más simbólico que militar. Después de todo, ninguna guerra se decide por el calendario. Sin embargo, 100 días constituyen tiempo suficiente para realizar una primera evaluación y responder una pregunta incómoda: ¿qué ha cambiado realmente desde que comenzaron los bombardeos?

La respuesta desafía buena parte de las expectativas que existían al inicio del conflicto, porque si el objetivo era provocar el colapso del régimen iraní, destruir definitivamente sus capacidades nucleares remanentes y obligar a Teherán a renunciar a sus ambiciones estratégicas, los resultados parecen estar muy lejos de las promesas iniciales.

La gran paradoja de estos primeros 100 días es que el país que aparece mejor posicionado políticamente es, precisamente, el que fue atacado.

La paradoja iraní

Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron las operaciones militares, muchos analistas anticiparon una rápida degradación de las capacidades iraníes. Algunos incluso especularon con la posibilidad de una crisis política interna capaz de poner en peligro la continuidad de la República Islámica, pero 100 días después el régimen teocrático continúa en pie, sus estructuras políticas siguen funcionando, y no se produjo la esperada rebelión interna ni el colapso de las instituciones. Tampoco se concretó la entrega de las reservas de uranio enriquecido (alrededor de 400 kilos) que figuraban entre los principales objetivos estratégicos de la campaña.

Por supuesto, Irán ha sufrido daños significativos. Perdió a figuras clave, como el exlíder Supremo Alí Jamanei, ministros y altos mandos militares, además de infraestructura y recursos estratégicos. Sin embargo, en política internacional, la victoria no siempre pertenece al actor más poderoso, sino al que logra impedir que su adversario alcance sus objetivos. Desde esa perspectiva, la capacidad de resistencia demostrada por Teherán hoy constituye uno de los hechos más relevantes de esta guerra.

El costo político para Trump

Esta realidad plantea, además, interrogantes cada vez más complejas para Donald Trump, porque el presidente estadounidense llegó a la Casa Blanca prometiendo evitar nuevas guerras prolongadas en Medio Oriente u otros lugares. Su prioridad declarada era concentrar recursos políticos, económicos y militares en la competencia estratégica con China, pero la guerra contra Irán alteró radicalmente esa agenda. Y lo que inicialmente fue presentado como una operación limitada y decisiva se convirtió en un conflicto prolongado cuyo desenlace -a pesar de las negociaciones- sigue siendo incierto.

La situación resulta especialmente delicada porque la política estadounidense tiene sus propios relojes. En noviembre se realizarán las elecciones de mitad de mandato y la historia demuestra que los conflictos militares prolongados suelen transformarse en un costo político para quienes ocupan la Casa Blanca. Aunque todavía es prematuro anticipar resultados electorales, la guerra amenaza con convertirse en uno de los principales pasivos políticos de la administración Trump. Y si la percepción pública termina instalando la idea de una guerra costosa, inconclusa y sin resultados claros, los republicanos podrían enfrentar dificultades importantes en su intento por conservar el control -por ejemplo- de la Cámara de Representantes.

Un Medio Oriente más inestable

En este escenario, el papel del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, adquiere una importancia fundamental. Durante años insistió en la necesidad de enfrentar militarmente a Irán y convenció a Washington de que existía una oportunidad histórica para neutralizar definitivamente la amenaza representada por Teherán. Sin embargo, cuanto más se prolonga el conflicto, más evidente se vuelve la distancia entre las expectativas iniciales y los resultados obtenidos.

La guerra también ha generado consecuencias regionales que pocos anticiparon. Una de las más importantes ha sido la reactivación del conflicto entre Israel y Hezbolá. Cuando parecía que la frontera norte israelí avanzaba hacia una relativa estabilización tras los enfrentamientos de 2025, la confrontación con Irán volvió a abrir un frente que muchos consideraban parcialmente contenido. El conflicto no sólo no logró aislar a Teherán, sino que terminó ampliando la inestabilidad regional.

La guerra también recordó por qué Medio Oriente continúa siendo una región decisiva para la economía mundial. Durante los momentos más tensos del conflicto, las amenazas iraníes sobre el estrecho de Ormuz provocaron inquietud en los mercados energéticos y obligaron a gobiernos y empresas a evaluar escenarios de interrupción del tráfico marítimo. No fue una preocupación menor, ya que por esa vía circula aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido en el mundo y una proporción significativa del gas natural licuado exportado por las monarquías del Golfo. Aunque Teherán nunca logró cerrar completamente el paso, el simple riesgo de una interrupción bastó para recordar -una vez más- la vulnerabilidad de la economía global frente a una crisis regional.

Sin embargo, quizá el error más frecuente sea analizar esta guerra como si hubiera comenzado hace apenas 100 días, cuando -en realidad- sus raíces son anteriores. Lo que observamos hoy parece la continuación de la Guerra de los 12 Días, de junio de 2025, una confrontación que modificó profundamente las reglas de interacción entre Irán e Israel.

Aquella crisis rompió barreras psicológicas y estratégicas que durante décadas habían limitado el enfrentamiento directo entre ambos países, como la posibilidad de atacarse mutuamente de forma directa, de modo que los acontecimientos actuales son, en gran medida, la segunda parte de una historia que comenzó el año pasado.

Cuando China y Ucrania entran en escena

En otra faceta del conflicto, las consecuencias tampoco se limitan a Medio Oriente. La visita de Donald Trump a Beijing durante mayo pasado constituye una de las imágenes más reveladoras de estos cien días. Aunque la agenda oficial incluyó comercio, tecnología e inteligencia artificial, resulta difícil ignorar la importancia que tiene China para cualquier intento de solución del conflicto. Después de todo, Beijing es el principal comprador del petróleo iraní y uno de los socios económicos más relevantes de Teherán.

La escena posee una enorme carga simbólica, ya que después de 100 días de guerra la principal potencia militar del planeta necesitó dialogar con la principal potencia económica rival para explorar posibles caminos de salida. Pocas imágenes ilustran mejor las complejidades del orden internacional contemporáneo.

Algo similar ocurrió en el Golfo Pérsico. Cuando los drones iraníes comenzaron a amenazar instalaciones energéticas e infraestructura crítica de países aliados de Washington, varias monarquías árabes descubrieron que la experiencia más valiosa para enfrentar esa amenaza no provenía necesariamente de Estados Unidos o la Unión Europea, sino de Ucrania. Durante años, Kyiv ha enfrentado drones de diseño iraní utilizados por Rusia contra ciudades, centrales eléctricas y objetivos estratégicos. Esa experiencia permitió desarrollar sistemas de detección, guerra electrónica e interceptación que hoy son observados con creciente interés por gobiernos de Medio Oriente.

El fenómeno refleja una transformación profunda: las lecciones aprendidas en Ucrania están moldeando la seguridad del Golfo, mientras que las decisiones tomadas en Medio Oriente afectan cálculos estratégicos en Europa y Asia.

Un mundo cada vez más interconectado

Todo ello confirma que los conflictos contemporáneos ya no pueden analizarse de forma aislada. Ucrania, Medio Oriente, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Este de Asia forman parte de una misma red de crisis interconectadas. Las tecnologías, las doctrinas militares, las cadenas energéticas, las sanciones económicas y las alianzas estratégicas circulan entre escenarios que antes parecían independientes.

Por eso, los primeros 100 días de esta guerra son relevantes no sólo por lo ocurrido en Irán. Son importantes porque revelan las características del mundo que está emergiendo: uno donde el país atacado puede transformarse en el principal vencedor político, donde la superioridad militar no garantiza alcanzar los objetivos estratégicos, en el que China se convierte en un actor indispensable para cualquier solución diplomática y donde una guerra iniciada en Medio Oriente termina influyendo sobre la política interna estadounidense, la seguridad energética global y los cálculos estratégicos de actores tan distantes como Ucrania o las monarquías del Golfo.

La paradoja final es tan simple como inquietante. La guerra fue concebida para transformar a Irán, pero 100 días después, Irán sigue en pie y quienes parecen haber cambiado son Estados Unidos, Medio Oriente y el propio orden internacional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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