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Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 20:23

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Llaitul, un bandido rockstar, y el empoderamiento mapuche

por 3 octubre, 2017

Llaitul, un bandido rockstar, y el empoderamiento mapuche
No hay que olvidar que, en el mundo mapuche, las posiciones autodeterministas son variadas, aunque para el Gobierno la de Llaitul parece ser la única. Los gobiernos concertacionistas decidieron que Héctor Llaitul fuese su némesis mapuche, y le han brindado un trato en consecuencia, ad hoc a su peligrosidad, con el GOPE, con helicópteros, con una operación llena de “efectismo comunicacional” –como diría el ministro Barraza–, con su rostro en todos los noticiarios, alentando su figura de bandido rockstar, ese que llena auditorios en universidades y en que los asistentes hacen fila para fotografiarse con él.

Los mapuche tenemos nuestros propios rockstars, esto es, hermanas y hermanos que, en plena era de la imagen, han alcanzado la suficiente notoriedad y visibilización para ser números fijos en cuanto programa de televisión, radio o portada de diario exista, como, asimismo, en diferentes foros, charlas o seminarios en universidades. Obviamente dicha exposición mediática también los sujeta a la crítica pública.

Recuerdo que hace un par de años, conversando sobre este tema, un peñi del LLeu-Lleu renegaba de casi todos estos “rostros mapuche”, aunque mucho me llamó la atención el énfasis que hacía respecto a Héctor Llaitul y su impronta mesiánica. Francamente, no creo que a Llaitul le alcance para mesías, pero es imposible negar que algo tiene, ese algo que lo ha transformado en referente mapuche.

La última mesa de diálogo de Bachelet, por ejemplo, siempre estuvo coja porque Llaitul se negó a darle soporte. Parece ser él quien –en libertad– haría de interlocutor ante el Papa Bergoglio, cuando venga en enero próximo. Es su apellido el que provoca titulares en el Economía y Negocios de El Mercurio –como ocurrió aquella vez que su hijo caía en prisión preventiva en 2016– y es él quien ha concentrado la atención mediática tras la “Operación Huracán”, pese a que era solo uno más de otros tantos mapuche que cayeron detenidos también.

La figura de Héctor Llaitul resulta utilísima para explicar la coyuntura de los pueblos indígenas en Chile y, por supuesto, la actual subordinación del mapuche respecto al poder central. Resumiendo los más de 500 años que van de invasión europea –incluida la conformación republicana chilena–, la dependencia de los indígenas respecto al poder hegemónico presenta avances, aunque, claro, se trata de mejoras más bien formales que de fondo. Así, frente a la condición de “miserables de Castilla” que nos fijó el imperio ibérico, la regulación de la encomienda indígena, pasando por el encargo que la Constitución chilena de 1822 hacía al Congreso de “cuidar de los indios” o la propuesta asimilacionista del Convenio N° 107 OIT (1957), otra normativa como la Declaración ONU sobre derechos de los pueblos indígenas de 2007, el Convenio N° 169 OIT (1989) y hasta la Declaración de la OEA del 2016, han de ser considerados avances.

El problema es que estos avances se han efectuado sobre la base del paradigma de la igualdad formal liberal, paradigma que estaría virando hacia la “vulnerabilidad”, de acuerdo a lo que proponen posiciones más vanguardistas. Y precisamente este es el estatus político-jurídico de los indígenas en el mundo actual: “Grupo humano vulnerable”.

La última mesa de diálogo de Bachelet, por ejemplo, siempre estuvo coja porque Llaitul se negó a darle soporte. Parece ser él quien –en libertad– haría de interlocutor ante el Papa Bergoglio, cuando venga en enero próximo. Es su apellido el que provoca titulares en el Economía y Negocios de El Mercurio –como ocurrió aquella vez que su hijo caía en prisión preventiva en 2016– y es él quien ha concentrado la atención mediática tras la “Operación Huracán”, pese a que era solo uno más de otros tantos mapuche que cayeron detenidos también.

Aun reconociendo la encomiable labor del derecho internacional sobre Derechos Humanos –y el activismo en la materia–, no podemos dejar de señalar que dicho estatus nos perpetúa en una posición de dependencia estatal, lejos de la autodeterminación y un desarrollo autonómico. Más todavía, pues hay que considerar también la política de “victimización” desarrollada para identificar, reconocer y reparar a aquellas personas que han sufrido violencia en contextos de procesos dictatoriales o conflictos armados y que –en principio, al menos– serviría también para explicar los “perdones” y “nuevos tratos” que el Estado chileno ha ofrecido a los indígenas y, particularmente, al pueblo mapuche.

En las últimas décadas, para bien y para mal, el expediente de la victimización ha sido profusamente utilizado por el mapuche para mejorar o, al menos, para corregir su desmejorada situación frente al Estado chileno.

De esta manera, por ejemplo, se explicaría toda la burocracia que existe para acceder a los planes y programas de asistencialidad estatal –becas, subsidios y tierras, principalmenteV. Mismo método se ha utilizado para acceder a la justicia, toda vez que el diseño, comprensión y aplicación racista del derecho chileno fuerza al mapuche a transformar su situación en un “hecho político” y solo así poder enfrentarse a la ley en un plano de igualdad, tal como ocurrió recientemente con los peñi en huelga de hambre, quienes debieron convertir su sacrificio en prioridad periodística para que, recién, el Gobierno retrocediera en su pretensión de invocar la Ley Antiterrorista. Y decimos que esto es para bien y para mal porque, como han justificado los teóricos, la victimización conlleva también ciertos riesgos y hasta efectos perversos.

Entre los riesgos está, sin duda, el abuso de la condición de víctima, esa “línea de crédito inagotable” que presumen algunas de ellas –como diría Todorov– o esa “patente de corso” que Carlos Peña le echaba en cara a Carlos Ominami cuando este intentaba justificar todas sus burradas en haber sido un opositor y sobreviviente al régimen de Pinochet. Entre los efectos perversos o “deshumanizantes” (Rosland: 2009), están básicamente la dependencia y la incapacidad de autogobernarse.

Considerando el esquema anterior, el “nuevo trato” ofrecido por Lagos o el “perdón” de Bachelet son invitaciones a los indígenas para victimizarse y, en consecuencia, acceder a la ciudadanía y a los programas de reparación y/o asistencia con este nuevo estatus de víctima, claro que en el entendido de venir en paz y no “en conflicto” con el Estado chileno. Es aquí donde Llaitul y los demás “violentistas” mapuche rompen el esquema trazado desde que abiertamente reivindican la violencia política, arriesgando ser juzgados como terroristas y, en definitiva, de víctimas pasarían a transformarse en victimarios.

A diferencia del resto de los mapuche que optamos por la condición de “víctima no conflictiva”, Llaitul y los demás “violentistas” ponen en jaque la forzada paz social impuesta desde Santiago, aunque –eso sí– jamás el Estado de derecho. Este último nunca ha estado siquiera amenazado, pues resulta lógico –de lógica occidental– que al someterse a la jurisdicción y competencia de los tribunales chilenos los “mapuche conflictivos” aceptan la soberanía chilena y, por tanto, el respeto al Estado de derecho imperante.

Lo que sí se quiebra, se desconoce y rechaza, en cambio, es la estrategia unilateral que ofrecen las élites chilenas para dar por solucionado el conflicto con el pueblo mapuche y, al mismo tiempo, se da noticia a las nuevas generaciones de que tras la dictadura de Pinochet la alegría y la paz llegaron para aquellos mapuche que consintieron en vivir en un estado de “vulnerabilidad”, pero no para los que buscan autogobernarse.

No hay que olvidar que, en el mundo mapuche, las posiciones autodeterministas son variadas, aunque para el Gobierno la de Llaitul parece ser la única. Los gobiernos concertacionistas decidieron que Héctor Llaitul fuese su némesis mapuche, y le han brindado un trato en consecuencia, ad hoc a su peligrosidad, con el GOPE, con helicópteros, con una operación llena de “efectismo comunicacional” –como diría el ministro Barraza–, con su rostro en todos los noticiarios, alentando su figura de bandido rockstar, ese que llena auditorios en universidades y en que los asistentes hacen fila para fotografiarse con él.

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