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Cambio climático: nuestros riesgos

por 11 enero, 2018

Cambio climático: nuestros riesgos
El impacto del calentamiento global en nuestro sistema hidrológico, la isoterma que sigue elevando la altura en la cordillera, el aumento del nivel del mar y el crecimiento sostenido de la concentración de CO2, nos muestran que para Chile el cambio climático constituye hoy un grave peligro, sin precedentes en nuestra historia. ¿Tendremos la determinación para actuar rápidamente? ¿Con la misma racionalidad que empleamos ante otras situaciones de riesgo, por ejemplo, ante la inflación o la recesión económica? Los daños a que nos someten nuestros riesgos económico-financieros son temporales. Los climáticos y ambientales, son permanentes, nos acompañarán por el resto del siglo y frente a los cuales ya estamos atrasados en ponerles atajo.

Este año comenzó con eventos climáticos extremos en varios lugares del mundo. Los incendios forestales, las inundaciones y los descensos a temperaturas extremas y olas de frío se han hecho frecuentes. Todos ellos son advertencias, hechos que porfiadamente nos recuerdan que es hora de comenzar a usar racionalmente la información dada a conocer por los informes científicos mencionados en mis artículos anteriores. De aquí en adelante, vamos a tener que asumir estos riesgos, controlarlos y prevenirlos como parte de nuestra vida cotidiana. El cambio climático se está transformando en un elemento más de nuestras vidas que, junto a los asuntos educativos, pensiones, salarios, salud y empleo, acaparará más y más nuestra atención en el futuro próximo.

Estas últimas semanas hemos visto que el cambio climático no solo hace más intenso el calor sino también el frío. Desde Navidad, una verdadera bomba de frío está azotando a Canadá y partes de la frontera norte y la costa este de EE.UU., abarcando dos tercios del territorio. El frío proveniente del Ártico se sintió hasta -40°C. Numerosas zonas permanecieron enterradas bajo más de un metro y medio de nieve, que cayó en pocas horas, señalando un récord en varios estados. En total, 16 grandes ciudades, incluidas Chicago, Detroit, Boston, Nueva York, Atlanta, Washington y Memphis, fueron las más afectadas. Fue una situación sin precedentes, anómala, jamás vista, en la que fríos tan extremos se instalen durante tanto tiempo sobre una superficie tan extensa. Se rebasaron mínimos históricos de temperatura. La región de Nueva Inglaterra tuvo ráfagas de aire de -30°C. Entre Filadelfia y Boston el viento provocó una sensación térmica de -20°C. Al menos 19 personas fallecieron por causas relacionadas con esta “bomba de frío” y alrededor de 8 mil viviendas quedaron sin luz en 10 estados de la costa. Se cancelaron más de 5 mil vuelos, se suspendieron las clases y los horarios laborales, con pérdidas estimadas en varios miles de millones de dólares.

En Chile, la situación de riesgos en estos momentos es diametralmente distinta. Seguramente se prolongarán las lluvias de verano en el sur. Los eventos climáticos en el centro del país estarán asociados a calores extremos, vientos y sequías con sus consecuentes incendios forestales, incontrolables, como los ocurridos en enero 2017, que arrasaron más de 500 mil ha. de bosque en la Región del Maule (tragedia de Santa Olga). Entendemos que Conaf y otras instituciones han adoptado las limitadas medidas de prevención y mitigación que están a su alcance, para evitar daños mayores. Ya se ha declarado alerta roja por riesgos de incendios forestales en varios lugares para el fin de semana pasado desde la V a la IX regiones. La Dirección Meteorológica nos alertó de máximas probables de 37° y 38° en el interior del Maule y Biobío, identificando a la zona comprendida entre La Ligua y Talca como la más expuesta a los incendios.

El calentamiento global está poco a poco afectando nuestro sistema hidrológico. Los primeros efectos ya se advierten por el aumento de la aridez en el centro del país y la megasequía que abarca desde Coquimbo a Biobío, con un caso extremo en Talca, donde cada año tenemos más días de calor, un ascenso por sobre el promedio a nivel mundial. En los últimos 40 años la temperatura promedio máxima anual fue de 21,6°C; y desde 2003 a 2016 subió a 22,2°C. En los últimos años, los días con temperatura máxima igual o superior a 25°C aumentaron a 151 , con un alza de 16 días.

Los cambios que están ocurriendo gradualmente en nuestra Cordillera de Los Andes son también un grave riesgo. Allí la isoterma sigue elevando su altura, es decir, el límite hasta donde cae y se mantiene la nieve. Por esta razón, en los últimos años ha disminuido notablemente su capacidad de almacenamiento de agua. De continuar así, aumentará la intensidad de los procesos masivos de deyección de rocas y suelos con sus consecuentes deslizamientos de tierras, avalanchas e inundaciones, provocando altos costos en vidas humanas, biodiversidad, infraestructuras y viviendas. Esta situación ya la vivimos hace pocas semanas por las lluvias primaverales con deslizamientos de barro y tierras, matando a 19 personas y arrasando 68 viviendas en el pueblo de Santa Lucía en Chaitén, Región de Los Lagos.  También han ocurrido eventos similares en el Norte Grande.

La tendencia a batir récords de temperatura, lo cual no augura nada bueno para la estabilidad ecológica del país, nos expondrá a variados riesgos, a los cuales no estamos acostumbrados. Hemos vivido los últimos tres años rompiendo récords de calor.

El promedio de las temperaturas medias (a su vez, un promedio de las mínimas y máximas del día, de todo el año) entre Arica y Punta Arenas en 2016, fue 13,8°C, 0,96°C más que en 2015, que ya había sido un año récord. El 25 de enero de 2017 fue el día más caluroso de la historia de Santiago, con 37,4° C. En Chillán, 41,7°. En la capital, el 14 de diciembre de 2016 se superó otro récord de 101 años con 37,3° C. O sea, se rompieron dos récords en dos semanas y se adelantaron los incendios forestales. En Lonquimay, Región de la Araucanía, el 16 de julio de 2017 el frío alcanzó otro récord: 17° bajo cero.

La otra tendencia de gran riesgo son lluvias e inundaciones muy intensas, localizadas en puntos inusuales. Las precipitaciones cayeron con más fuerza en sector alto de las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, registrándose lluvias torrenciales en enero de 2017. ¿Volveremos a experimentar episodios similares en 2018? Imposible predecirlo, así es la incertidumbre al momento de evaluar riesgos referentes a procesos tan complejos y en donde participan tantas variables, como son las ocasionadas por el calentamiento global. Sin embargo, podemos afirmar que las probabilidades de que ello ocurra son muy altas.

El aumento del nivel del mar es un riesgo que debemos aprender a prevenir y controlar. Nuestra costa tiene una larga historia de desastres naturales plagada de terremotos y  tsunamis, con costas expuestas a temporales, marejadas y fenómenos de El Niño y La Niña. Debido principalmente a nuestra condición tectónica marcada por terrazas costeras y altas pendientes, es probable que los efectos del aumento del nivel del mar sean menores a aquellos a los que estarán sometidas nuestras islas. Sin embargo, no olvidemos que la variación del nivel medio del mar a lo largo del litoral no es homogénea. No somos una excepción y tenemos zonas que corren riesgos ante la elevación del océano Pacífico, por ejemplo, entre otros, el estuario del río Valdivia, La Serena, Viña del Mar e Iloca, podrían experimentar episodios críticos.

Revisemos algunos datos para tomar nota de la grave situación que estamos viviendo a enero de 2018. El 19 de septiembre 2017, verifiqué que la medición de Keeling registró un promedio de 402.10 ppm y el 30 de diciembre 2017 este valor subió a 407.35 ppm, un aumento de 5.25 ppm en poco más de 3 meses. Incluso, alcanzó a 410.00 ppm en algunas horas de ese día. Es decir, la concentración de CO2 sigue creciendo y eso, como lo hemos descrito más arriba, traerá consigo enormes riesgos de catástrofes climáticas en el futuro. Los datos están disponibles en:  https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve.

El aumento del nivel medio del mar puede tener consecuencias devastadoras a lo largo del litoral chileno. Se trata de un caso típico de combinación de fenómenos naturales extremos, unido al vicio de no tomar decisiones oportunas para prevenir y enfrentar desastres naturales anunciados. A pesar de tener más de 6.400 km de costas, nuestro país nunca ha emprendido la construcción de megainfraestructuras, relevantes para la protección de sus costas, playas y de los asentamientos humanos costeros. Todo lo que se necesita está disponible, tecnologías, implementos y técnicos. ¿Por qué no lo hacemos? Porque preferimos aplicar la política del avestruz en todo lo referente a desastres.

Esta desidia podría llevarnos a experiencias muy dolorosas, ya que el cambio climático con seguridad nos expondrá a severas inundaciones de bordes costeros, humedales y suelos agrícolas; pérdida de vidas humanas; pérdida de la biodiversidad en ecosistemas costeros y marinos; destrucción de infraestructura portuaria y urbana; desaparición de playas y cambios profundos en el litoral.

Por último, el más importante de todos los riesgos, el que origina todos los antes descritos, es el aumento constante de la concentración del promedio diario de CO2 en la atmósfera del planeta. El CO2 se produce cada vez que quemamos combustibles como el petróleo, gas o carbón o se descompone un elemento orgánico. ¿Cómo se mide? El método lo inició Keeling en Hawái en 1958, quien midió por primera vez las concentraciones de C02 en la atmósfera. A partir de entonces, con datos diarios, contamos con un registro conocido como la curva ascendente de Keeling, que es uno de los hallazgos más importantes de las ciencias medioambientales.

La Curva de Keeling nos muestra cómo respira el planeta Tierra. En la primavera del Hemisferio Norte (donde se ubica la mayor cantidad de biomasa) a medida que la vegetación extrae CO2 de la atmósfera, el planeta inicia una gran inhalación que se registra como un descenso en la concentración de CO2. Después en el otoño, a medida que la vegetación genera CO2, se produce una gran exhalación que aumenta la concentración de CO2 en el aire. Los datos demuestran que al final de cada exhalación, cada año, nuestro planeta tiene una concentración de CO2 superior a la del año anterior. La primera medición de Keeling, en 1958, registró una concentración de CO2 en la atmósfera igual 315 partes por millón (ppm). Apenas medio siglo después, en 2016, la concentración de CO2 superó la línea roja de las 400 ppm.

Si este ascenso exponencial continúa en las próximas décadas, con seguridad vamos a provocar que el calentamiento global alcance el límite catastrófico de 2 grados en el promedio de temperatura. Se ha demostrado que es imperativo evitar que la concentración de CO2 en la atmósfera se dispare más allá de 450/550 ppm y que la temperatura global del planeta no aumente mucho más allá de 2 °C, por sobre el valor que existía en nuestra era preindustrial. La comunidad internacional recién hace dos años reconoció que, si continuamos emitiendo al mismo ritmo que el actual, la concentración de CO2 ascendería a 600/700 ppm y la temperatura global aumentaría a +4,5/5,5 °C en el período 2075/2100, con riesgos fuera de nuestro control. Este reconocimiento abrió un camino de esperanza con el Acuerdo de París adoptado en diciembre de 2015, en el cual nuestro país se comprometió a disminuir al año 2030 al menos en un 30% sus emisiones, usando como referencia los valores de 2007.

Revisemos algunos datos para tomar nota de la grave situación que estamos viviendo a enero de 2018. El 19 de septiembre 2017, verifiqué que la medición de Keeling registró un promedio de 402.10 ppm y el 30 de diciembre 2017 este valor subió a 407.35 ppm, un aumento de 5.25 ppm en poco más de 3 meses. Incluso, alcanzó a 410.00 ppm en algunas horas de ese día. Es decir, la concentración de CO2 sigue creciendo y eso, como lo hemos descrito más arriba, traerá consigo enormes riesgos de catástrofes climáticas en el futuro. Los datos están disponibles en:  https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve.

Todos estos escenarios, nos muestran que para Chile el cambio climático constituye hoy un grave peligro, sin precedentes en nuestra historia. ¿Tendremos la determinación para actuar rápidamente? ¿Con la misma racionalidad que empleamos ante otras situaciones de riesgo, por ejemplo, ante la inflación o la recesión económica? Los daños a que nos someten nuestros riesgos económico-financieros son temporales. Los climáticos y ambientales, son permanentes, nos acompañarán por el resto del siglo y frente a los cuales ya estamos atrasados en ponerles atajo. Una gran diferencia, para tener en cuenta. ¿No les parece?

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