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La Moneda testea nuevo diseño que cuenta con partidarios y detractores

Debut comunicacional de Bachelet apuesta por fin del secretismo tras tsunami de críticas veraniegas

por 14 marzo 2014

Debut comunicacional de Bachelet apuesta por fin del secretismo tras tsunami de críticas veraniegas
La Presidenta dio su primera conferencia de prensa con varios signos de cambio: no se amarró a ciertos temas ni a un número reducido de preguntas. Ya no circuló gente sondeando previamente qué se iba a preguntar ni nadie salió después a criticar los temas planteados en la conferencia, como era habitual en la sede de Tegualda. Pero el asunto aún no está zanjado, porque algunos siguen apostando por el esquema de máximo control de la información y los contenidos en los medios.

Sobrias, sutiles, algunas casi imperceptibles, pero no por eso menos relevantes. Desde el día del cambio de mando hay un intento evidente por cambiar el modelo, la estrategia comunicacional del bacheletismo, que durante la campaña presidencial se caracterizó por el cuestionado secretismo, que le valió al comando tensiones con los partidos de la Nueva Mayoría, roces con la prensa y un severo traspié previo a la asunción, debido a la polémica desatada con el nombramiento de subsecretarios.

Es cierto lo que dicen los refranes populares, que toda escoba nueva barre bien y que el camino al cielo está plagado de buenas intenciones, pero en La Moneda confiesan que efectivamente hay un  intento real y serio por cambiar las cosas. Que están probando el modelo, afirman, que están tratando de afinarlo en estos días, agregaron otros, de cuajarlo y aterrizarlo, pero que se ha hecho el esfuerzo por dar las señales respectivas.

Es una tradición que los Mandatarios, luego de asumir, tengan una primera conferencia de prensa, con los medios nacionales y extranjeros, en Palacio. La Presidenta Bachelet no fue la excepción, la realizó el miércoles 12 después del Te Deum en la Catedral y antes de asistir a un foro de la Cepal y aprovechó esa instancia para desplegar una performance llena de señales sobre este nuevo modelo que se está probando.

A diferencia de la campaña, no se amarró la conferencia a ciertos temas ni un número reducido de preguntas. Al contrario, se pidió a la prensa que se organizara a su gusto y se inscribiera, con nombre y medio de comunicación, en el orden que se quería preguntar para organizar mejor el formato. Se explicó que eran siete preguntas para la prensa nacional y tres para la extranjera, esto por razones de tiempo ante la apretada agenda de la Mandataria, pero al final se aumentó a trece el total de preguntas y la conferencia se prolongó por casi 40 minutos.

Lo más relevante es que ya no circuló gente sondeando previamente qué se iba a preguntar ni nadie salió después a criticar los temas planteados en la conferencia, como era habitual en la sede de Tegualda.

La Presidenta Bachelet, en un estilo directo y sin rodeos, respondió todas las preguntas, no esquivó ningún tema, no hubo ningún “paso”. Es más, cuando terminó y justo cuando iba bajando del pódium presidencial, comentó sonriendo: “Prometo que esto será frecuente”.

En el Gobierno cuentan que la crisis en la nominación de los subsecretarios en febrero dejó secuelas y una es el reconocimiento del efecto negativo para Bachelet de insistir en la fórmula del “secretismo”. Caló hondo la lluvia de cuestionamientos que dejaron de ser en privado y salieron a la luz, como fue el caso del timonel PS, Osvaldo Andrade, quien dijo en esos días que “el hermetismo es el que la gente no entiende”, al tiempo que se aventuró a asegurar que “cuando seamos Gobierno eso va a cambiar”.

Tampoco fue casual que ese mismo día, después del Te Deum, muchos de los ministros dieran cuñas a la prensa, respondiendo preguntas sobre variados temas, una escena que en los tiempos de Tegualda era impensada, ya que el silencio y el hermetismo eran la orden del día.

No es un tema menor ni una definición liviana. La comunicación es un eje central de la política, más aún en esta época y considerando que, en el caso de la Presidenta Bachelet, este ítem había sido uno de sus principales talones de Aquiles, flanco permanente de críticas. “En un momento donde el método es el mensaje y, por lo tanto, la manera y forma de hacer las cosas dice mucho más de nuestra voluntad y vocación que los resultados mismos, el secretismo termina por excluir y relegar, generando desconfianza y deteriorando el sentido de pertenencia”, explica el abogado y analista Jorge Navarrete.

Dos corrientes

En el Gobierno cuentan que la crisis en la nominación de los subsecretarios en febrero dejó secuelas y una es el reconocimiento del efecto negativo para Bachelet de insistir en la fórmula del “secretismo”. Caló hondo la lluvia de cuestionamientos que dejaron de ser en privado y salieron a la luz, como fue el caso del timonel PS, Osvaldo Andrade, quien dijo en esos días que “el hermetismo es el que la gente no entiende”, al tiempo que se aventuró a asegurar que “cuando seamos Gobierno eso va a cambiar”.

Efectivamente se recogió el guante. No hay que olvidar que, con el término de las vacaciones, durante la última semana de febrero hubo una reunión de la Nueva Mayoría con el ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, donde se habló puntualmente de la necesidad de mejorar la coordinación, las relaciones y el diálogo.

El nuevo modelo no está zanjado al cien por ciento, porque –confiesan en el Gobierno- es un tema que aún está en debate. Hay dos corrientes en estos momentos, aquellos del círculo de hierro de la Mandataria, como el ministro del Interior Rodrigo Peñaillillo y la jefa de la Secom, Paula Walker, que defienden la estrategia del secretismo que se desplegó en campaña, los mismos que contenían y administraban la información sólo entre ellos, lo que les valió en su momento el apodo de la RDA, por lo hermético y segmentado de los datos, decisiones, nombres, pautas, etc.

También están quienes intentan consolidar este nuevo formato y que esperan rinda buenos frutos. Explican que varios de los ministros y asesores consideran que ya en La Moneda se debe pasar a otra etapa comunicacional, cambiar el modelo y abrirse a los medios de comunicación. En este grupo se inscribe el vocero y ministro Segegob, Álvaro Elizalde.

En esa lógica se entiende y explica el tenor y sello que tuvo la selección de asesores que se hizo en los diez días previos a la asunción del mando. Como efecto directo de los hechos de febrero, se optó por buscar rostros diferentes para traer aire fresco al bacheletismo. Así se entendió la definición por el ingeniero civil industrial Carlos Correa Bau, que salió de la consultora Imaginacción –de Enrique Correa– para llegar a La Moneda como el segundo hombre de la Secretaría de Comunicaciones (SECOM) y de la gerenta de Burson-Marsteller, Bárbara Rochefort, al mismo lugar.

Lo mismo con las jefaturas para comunicaciones en Ministerios clave. Se buscó y eligió gente que fuera independiente aunque afín, obvio, a la visión y programa de la Nueva Mayoría, pero que no necesariamente fueran militantes de partido. Que vinieran del mundo privado, agregaron en La Moneda, con conocida experiencia en el manejo de medios de comunicación, pero también con trayectoria trabajando en éstos, reconocidos entre los periodistas como pares, para tratar de mejorar las relaciones con la prensa, que no fueron nada de fáciles ni buenas durante la campaña.

El objetivo era instalar en el Gobierno “una mirada distinta”, tratar de abrir el naipe y contar con opiniones diferentes para definir qué, cómo y cuándo hacer y decir.

En el Gobierno afirman que esa es la explicación por la que se eligió de jefa de prensa de la Presidencia a la periodista Haydée Rojas. También respecto de otras nominaciones, como la jefa de comunicaciones de Interior, Paula Jarpa; de la Segegob, Claudio Mendoza; de Trabajo, Claudia Andrea Sánchez; de Defensa, Alberto Pando, y en la Cancillería, el periodista Gustavo Manén. Todos profesionales con un reconocido pasado en diversos diarios y canales de televisión.

Navarrete comenta que “muchos de los que fueron miembros del exclusivo club que rodeó a Bachelet en la campaña, y que ahora son ministros o tienen importantes cargos de Gobierno, están en la obligación de dar razón de sus dichos, decisiones y actuaciones, quedando expuestos al escrutinio público, cuestión a la cual no están acostumbrados y menos les gusta”.
Pero no por eso no tendrán que adaptarse a los nuevos tiempos que corren en Palacio. Entre los que intentan dar vuelta la página del secretismo, cruzan los dedos “por que esto funcione” y efectivamente, de aquí a un tiempo, el hermetismo sea sólo historia.

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