Viernes, 1 de julio de 2016Actualizado a las 09:22

Analista profundiza en dichos del Agente ante La Haya sobre Longueira

Ernesto Águila: “Insulza opina desde la impunidad elitista y oligárquica de la transición”

por 17 febrero 2016

Ernesto Águila: “Insulza opina desde la impunidad elitista y oligárquica de la transición”
El agudo columnista político y militante PS del sector de la Izquierda Socialista –corriente, entre otros, del abogado Fernando Atria– critica las declaraciones del ex canciller, las cuales –dice– “vienen de la impunidad oligárquica”, al tiempo que analiza una posible candidatura de Lagos, además del actual escenario político marcado por la desconfianza y la desafección a un modelo heredado de la transición “que nunca pudo llegar a la democracia plena”.

Ernesto Águila se encuentra por estos días lejos de Santiago, en Valdivia, disfrutando de los paisajes del sur. Sin embargo, eso no impide que responda a la defensa corporativa que algunos políticos, entre ellos su correligionario José Miguel Insulza, han hecho de los actos de Pablo Longueira cuando fue senador y ministro de Estado. Para Águila, un hombre de Estado no puede entender la política como una estrecha relación entre esta y los negocios privados.

El analista político, militante de la Izquierda Socialista, la corriente interna del PS más crítica del establishment, habla de cómo ve el actual escenario político con una ciudadanía absolutamente alejada del sistema de representación. Su tesis es que la gran disyuntiva en la Nueva Mayoría pasa por profundizar el programa de cambios o volver a una lógica de la transición que es sostenida por nostálgicos de los pactos con la derecha.

-¿Se equivocó Insulza en sus dichos sobre Longueira, o simplemente ha dicho lo que realmente piensa?
-Las declaraciones de Insulza, a la luz de las críticas que se han hecho a estas, denotan que hay ciertos sectores políticos que no han internalizado el cambio que se ha producido en la sociedad chilena y el grado mayor de distanciamiento, crítica y desconfianza que la ciudadanía tiene hacia la política y sus representantes. Él opina y le sale muy natural opinar desde una cierta impunidad elitista y oligárquica en que se opinó durante buena parte de la transición. Eso da cuenta de un fenómeno más profundo que yo llamaría una inercia cultural binominal, que fue el espacio político en el que se fue dando la transición. Más que un error, estas declaraciones están hechas en un contexto político y ciudadano que cambió, que ahora tiene nuevos estándares éticos hacia los representantes políticos.

-¿Cómo se puede entender que políticos como Insulza, en teoría de centroizquierda, salgan en una defensa de alguien tan cuestionado como Pablo Longueira?
-Respecto de Pablo Longueira, por un lado, hay un conjunto de evidencias en las que aparece como el político más financiado por SQM, a través de familiares y asesores directos. Pero, más importante que eso, porque ya hay varios políticos que están así, es toda la trama que salió a la luz, porque la relación entre él y Contesse da cuenta de la subordinación de la derecha política a la derecha económica. Ya es un dato empírico que lo que muestran Penta y Soquimich respecto a la derecha política es que esta no existe, que lo que existe es una derecha económica con un brazo político.

Sobre las declaraciones de Insulza, estas resultan ininteligibles dentro de la lógica de un mundo socialista. Resultan entendibles solamente si tú consideras que existe una elite política que ha devenido en clase política, con una serie de compromisos entre sus miembros que son anteriores a su representación. Cuando el propio Insulza reacciona negativamente a que se hable de clase política se está defendiendo de algo que la gente percibe, que entre los dirigentes políticos de centro, izquierda y derecha existen puntos de acuerdo mutuos que están por sobre lo que ellos representan respecto a espacios político-ideológicos. El siguiente paso es cuando la ciudadanía deja de hablar de clase política y empieza a hablar de casta política, que es una versión rabiosa, cuando se pasa de la constatación a la rabia, la separación total entre representados y representantes.

-¿Le parece normal o sano para el sistema democrático que los altos cargos políticos tengan una relación tan cercana con empresarios que evidentemente tienen intereses propios?
-Quedó en evidencia que una parte de la elite política chilena, no sabemos en qué grado de profundidad, está colonizada por intereses económicos. El caso de la derecha ya es dramático, porque no existe derecha política, existe solo derecha económica. Y en el caso de la izquierda y la centroizquierda, también presentan grados importantes de colonización política que aún no sabemos qué tan intensos son, pero lo que ya se observa es bastante grave. Porque para la izquierda, más allá del tema ético, se pierde la autonomía para representar al mundo que debe representar: el mundo de los trabajadores, el mundo popular. Entonces, la izquierda no tiene autonomía económica que le permita representar a los sectores que sociológicamente le corresponden. Sobre la derecha uno por último puede decir “bueno, están financiados por los intereses que ellos deben representar”, pero en el de la izquierda no, se pierde su proyecto. Antes se decía que la izquierda debía tener autonomía de clase, hoy podríamos hablar de que la izquierda necesita una autonomía ciudadana para poder representar ese mundo.

-¿Pablo Longueira le parece un hombre de Estado? ¿Qué es un “hombre de Estado”?
-Lo que se espera de los dirigentes políticos es que representen las diferencias sociales en el campo de la política. Y un sistema político es sano cuando representa la conflictividad social y cada sector representa genuinamente a los respectivos sectores sociales. En cambio, en una democracia aparente, hay una atomización de la clase política dirigente respecto de su representación y conflictividad social que deben expresar, eso es lo que ha pasado en Chile. En el caso de Longueira, con todos los antecedentes que han salido, especialmente sobre su estrecha convivencia con el mundo de los negocios, alguien que concibe así la política no puede ser considerado como un hombre de Estado. Todo lo que ha aparecido sobre Longueira también permite releer actitudes que tuvo en el pasado y que se valoran mucho, pero que ahora uno se pregunta cuáles fueron los verdaderos intereses que buscó salvaguardar en esa coyuntura, por ejemplo, cuando negoció con el Gobierno de Lagos.

“Cuando el propio Insulza reacciona negativamente a que se hable de clase política se está defendiendo de algo que la gente percibe, que entre los dirigentes políticos de centro, izquierda y derecha existen puntos de acuerdo mutuos que están por sobre lo que ellos representan respecto a espacios político-ideológicos. El siguiente paso es cuando la ciudadanía deja de hablar de clase política y empieza a hablar de casta política, que es una versión rabiosa”.

-Siguiendo con el concepto de los hombres de Estado, muchos piensan inmediatamente en Ricardo Lagos. ¿Fue Lagos efectivamente un Presidente transformador, con visión de Estado y de futuro, como lo plantean sus seguidores?
-Si uno pudiera decir algo del Gobierno de Lagos, yo creo que hay que decir que el propio Ricardo Lagos en su fuero íntimo sabe que el Gobierno que hizo no fue el que él hubiera querido hacer, que estuvo muy por debajo de las expectativas para las que él mismo se preparó. Yo creo que Lagos, que es alguien muy preocupado de cómo va a pasar a la historia, arrastra una cierta frustración que tiene que ver con que finalmente terminó siendo más amado por los empresarios que por el pueblo. O sea, Lagos no entró en la galería de Aguirre Cerda, Frei Montalva y Allende, presidentes que están en el imaginario popular recordados con cierto afecto porque hicieron un cambio de protagonismo popular. Lagos siente que no lo logró y que su Gobierno estuvo por debajo de las expectativas que él mismo tenía, en el marco además de un período que va a ser recordado como el de un régimen de democracia restringida. En alguna medida él quiere volver porque siente que debe mejorar su lugar en la historia, pero el sabor que quedó en el mundo popular fue una decepción en relación con su Gobierno, entendiendo claro que hubo condicionamientos para que su Gobierno no fuera todo lo progresista que él hubiera querido: la Crisis Asiática, el haber ganado estrechamente en una segunda vuelta y los casos de corrupción que le obligaron a negociar una solución y morigerar su programa.

-Cada vez más comienza a sonar en la Nueva Mayoría, y no solamente en los sectores conservadores, el nombre de Ricardo Lagos para las próximas presidenciales, ¿cómo se entiende esto en una coalición que prometió cambiar la lógica neoliberal y buscar la renovación política a todo nivel?
-Lo que está cruzando la coyuntura del 2017 es una tensión que ya han señalado otros analistas y es si termina de configurarse un proyecto de Nueva Mayoría, una centroizquierda con un mayor grado de complicidad con los movimientos sociales, o bien, se restaura la lógica concertacionista cargada hacia la derecha. Claramente el encumbramiento de Lagos viene de parte de sectores que se han sentido incómodos en la Nueva Mayoría, que creen que programáticamente es una coalición muy de izquierda, y que quisieran volver a un eje más de centro en transversalidad con la derecha, como fue durante veinte años. Lagos aparece como alguien que volvería a reforzar ese proyecto de restauración de la lógica política transicional. A él le debe doler bastante que sea hasta ridiculizado por un columnista –me refiero a Óscar Contardo–, que dice que es como nuestro Bernie Sanders pero al revés.

-Mucho se dijo que a partir de 2011, con la crisis estudiantil, la mentalidad de los chilenos y el paradigma político habían cambiado, pero resulta que ahora cinco años después se propone como candidato a Ricardo Lagos, el hombre del CAE, alguien que encarna muchas de las cosas que se salieron a criticar abiertamente por amplios sectores sociales durante el movimiento por la educación. ¿Cómo se explica esto?
-Se explica en parte porque el proyecto de la Nueva Mayoría que encarna la Presidenta Bachelet aparece hoy debilitado por las encuestas, por cierta desprolijidad en la aplicación del programa y de las reformas y, por tanto, la continuidad del programa de la Nueva Mayoría está sin liderazgos muy claros. Eso sumado a una oposición bastante intensa, de la derecha y de sectores de la propia Nueva Mayoría. Un fracaso del Gobierno de Bachelet representaría no solo el fracaso de un Gobierno en específico, sino que un de una visión y de un proyecto donde está presente la idea de una alianza que vaya al menos desde la DC hasta el PC, en sintonía con los movimientos sociales y las reivindicaciones del 2011. Se ha buscado con eso echar abajo las ideas de cambio, instalando la idea de que el cambio es sinónimo de inestabilidad y crisis. Que este Gobierno terminara con niveles aceptables de apoyo social facilitaría que se proyectara una alianza amplia para superar la lógica neoliberal instalada en distintas esferas de la sociedad. Parece ser que la gran disyuntiva será profundizar un programa de desneoliberalización, incluyendo el cambio constitucional, o volver a una lógica binominal.

-¿Pero después de todo lo que ha pasado están las condiciones para volver a una lógica de ese tipo?
-En los sectores nostálgicos de la Concertación hay un error analítico histórico. Es una etapa imposible de reconstituir, primero por una cosa muy concreta y es que las próximas elecciones serán sin binominal y potencialmente va a dar paso a nuevos actores, a un escenario político diversificado. Creo que en estos momentos gran parte de la desafección a la política se expresa en la alta abstención, por lo tanto, el día que vuelva el 60% de los ciudadanos a votar, lo harán por otros líderes, ideas y expresiones políticas. La lógica binominal funcionaba bajo la premisa de que el 35% se mantuviera votando. Además, veo una ciudadanía demandando cambios y también la biología hace lo suyo, la vida de los políticos tiene un ciclo y esa vuelta atrás es inviable. Podría haber un breve momento de restauración conservadora, pero sería extremadamente corto, porque ya no están las condiciones históricas.

-Una hipotética elección presidencial entre Ricardo Lagos y Sebastián Piñera, ¿se podría considerar una señal de crisis de la política chilena?
-Sería un signo de una democracia cansada y de una democracia para un 35% de ciudadanos. Un escenario de ese tipo podría generar una tercera candidatura que surja de manera muy espontánea con variables y liderazgos que hoy ni nos imaginamos. Corbyn en el Partido Laborista británico se inscribió cinco minutos antes de que cerrara el plazo, con muchas dudas de hacerlo, y ganó. Y Sanders ahora dando la sorpresa en los Estados Unidos. Hay varios ejemplos. Está Podemos en España, que es algo que estuvo más anunciado, pero que es un partido que lleva dos años y ya tiene la llave de la gobernabilidad. Si el 2017 se presenta un escenario muy “retro” con figuras del pasado, no me extrañaría que apareciera un tercer actor que diera la sorpresa.

-¿Podemos decir, desde su visión política, que Chile hoy es una democracia al menos en el sentido teórico? ¿Cumplimos con los requisitos mínimos?
-Uno de los grandes misterios de lo que nos ocurrió después del 90 fue por qué nunca pudimos ponerle una fecha al fin de la transición a la democracia. Hubo múltiples anuncios de que “ahora sí termina la transición a la democracia”, se dijo el 91, el 93, cuando ganó Lagos, cuando ganó Bachelet, cuando ganó Piñera incluso. Lo que ocurrió en los 90 fue que no transitamos hacia una democracia plena, sino que aconteció algo insólito: derrotamos a una dictadura, hicimos una transición, pero lo transitorio se volvió permanente y lo permanente fue una democracia con poderes contramayoritarios que aseguraban la reproducción del modelo neoliberal e intervenían la soberanía popular. El país, es cierto, tenía un conjunto de libertades que no tenía en la década del 80, pero prefirió ejercer su libertad más en el espacio privado que en el público porque se dio cuenta de que era una democracia más aparente que real. Ahora, mirando con optimismo el futuro, el cambio al sistema electoral es real y sin letra chica, eliminando el cogobierno que permitía ejercer a la derecha desde el Parlamento. La de 2017 será la primera elección realmente democrática, veintisiete años después de que nos dijimos que había llegado la democracia. Y será en un momento en que la gente no cree en la política, pero cuando vuelva a creer, cuando se vuelva a hablar de cosas importantes, como ocurre por ejemplo en España, la participación será abrumadora.

-Ya nadie confía en los políticos, casi todos los partidos tienen una baja adhesión y el comentario general en la calle es “todos son corruptos” o “todos están metidos”. Hasta la Presidenta Bachelet ahora es cuestionada. ¿Cómo salimos de esto?
-Para salir de esto no se debe caer en una de las trampas que tiene ese discurso de la desconfianza. Porque hay que desconfiar de esta política, sí, pero no de lo político. Los sectores populares y los trabajadores no tienen otra alternativa para cambiar las cosas, entendiendo la política como una lucha entre fuerzas para llevar adelante proyectos y conquistar derechos sociales, por lo tanto, la izquierda no puede caer en la antipolítica o creer que el énfasis debe estar solo en lo social y ver a la política como algo descartable. Hay que luchar por otra política, con otros temas, con otros actores y otra ética. Estos momentos de desafección no son eternos, y pongo como ejemplo nuevamente a España, donde hace cuatro años hubo una crisis del sistema peor que en Chile y, sin embargo, en las últimas elecciones generales votó el 72% del padrón y en Cataluña el 80%. La gente vuelve en algún momento, pero no para relegitimar lo viejo.

Noticias Relacionadas

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes