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Nuevas generaciones pasaron de un “no estoy ni ahí” hacia una activa participación

El mito de la desafección en los jóvenes y las nuevas apuestas que comienzan a emerger

por 19 mayo, 2017

El mito de la desafección en los jóvenes y las nuevas apuestas que comienzan a emerger
El libro, “¿Por qué los jóvenes rechazan la política? Desafección política juvenil en el Chile postransición”, desmenuza la realidad del nuevo joven chileno, que se crió bajo las lógicas de una “democracia pasiva” y alejado del activismo social. Según su autor, el sociólogo Juan Ignacio Venegas, no es que exista una indiferencia al mundo político, sino que hay un rechazo a la “vieja forma de hacer política”, lo que genera una distancia y nuevas lógicas que se abrirán camino, para una nueva fase de politización.

En un escenario político-electoral abierto y en medio de una crisis política que ha calado hondo en el seno del sistema chileno, el espacio de los descontentos o, más bien, “nunca encantados” con el proceso implantado tras la dictadura, toma relevancia, toda vez que se suma a los porcentajes de abstención electoral que podrían escalar hasta las nubes en las próximas elecciones.

Es en este contexto que el doctor en sociología política, Juan Ignacio Venegas, analiza el proceso de desafección política de los jóvenes chilenos en su libro ¿Por qué los jóvenes rechazan la política? Desafección política juvenil en el Chile postransición, de Ril Editores.

El texto intenta comprobar la tesis de que el “modelo de democracia moderada posdictadura” trajo consigo “altos niveles de desafección política en el sector juvenil, el que tiene un carácter político”, refiere el texto.

La tesis de Venegas explica que este descontento, o distancia, con el sistema político impulsado por la Concertación y la entonces Alianza por Chile, generó en las nuevas generaciones una “percepción negativa al sistema institucional chileno”, debido a la falta de representatividad, la ineficiencia política y, asimismo, por la evaluación negativa sobre el funcionamiento interno de los partidos, dejando en evidencia que existe una priorización del interés propio por sobre el común de los representantes. Esto trajo consigo un “clima hostil para incorporar a la juventud en los partidos”, razón por la cual se generó un fuerte rechazo al actual sistema político.

En opinión del sociólogo, “al final de la dictadura se configuró un modelo de democracia con baja actividad, movilización y participación de la gente. Un modelo de democracia moderada. Esto, con el tiempo, llegó a generar una clase política aun más pragmática, distanciada con los jóvenes”. Agrega que a esta desconexión se le deben sumar los casos de financiamiento irregular, la corrupción, entre otros, los que dan por resultado “tipos de formas de ver la política que originan una desafección política, entendida como el rechazo”.

-¿En qué momento se empieza a resquebrajar esta posición de distancia, de los jóvenes, hacia la política pura?
-El movimiento estudiantil, quizás en fracciones más pequeñas, siempre estuvo activo, quizás no tan fuerte, porque desde la dictadura se implementa una política por desmovilizar a la gente, pero, con el paso de los años, cuando se forman generaciones que nacieron en democracia, se empiezan a agrupar de forma independiente a los partidos. Esto se ve en el 2001, con lo que se llamó “el mochilazo”, donde muchos secundarios se unen y protestan porque ingresan medidas más pequeñas, como el pase escolar. Luego, en el 2006, está el "movimiento pingüino", que para toda la sociedad chilena cuestionó el principio de que ‘los jóvenes no estaban ni ahí’, la apatía. Después llega el 2011, que amplía mucho más el movimiento, hacia los universitarios y hasta las familias, y se marca una diferencia, porque en el 2006, si bien se marca un rechazo, sus líderes igual pertenecían a los partidos clásicos, como la Concertación o la Alianza por Chile. Esto cambia el 2011, porque la experiencia de 2006 da a entender que no se van a generar tantos cambios a partir de las vías institucionales, entonces los partidos políticos se rechazan aún más.

Esto se demuestra porque en el 2011 no solo se moviliza por la educación, sino por la renacionalización de recursos naturales, se marcha por conflictos ambientales. Es lo que le llaman la politización del malestar. Siempre ha habido un descontento y eso se expresa en una posición más politizada: salir a la calle y buscar cambios para la sociedad en general.

-¿Qué tan transversal es este proceso de politización a nivel etario y socioeconómico, comprendiendo que, de una u otra forma, el grueso de los sectores movilizados estudiantiles se identifican dentro de una élite?
-Son dos cosas distintas. Una tiene que ver con la forma de hacer política, y desde el 2006 en adelante la gente se ve atraída por una política más participativa, es una opción política distinta que critica directamente a la forma de operar en Chile desde los 90. Pero lo otro lo comparto, en que en esa forma de atraer gente en el escenario juegan temas como la clase social o grupos etarios, porque, si bien esa forma de hacer política la ha tratado de canalizar en procesos más formales Revolución Democrática, una de sus grandes limitaciones es básicamente lo que señalas: que se origina como elite asociada al NAU en la Católica, que luego se amplía, pero uno sabe que tiene dificultades en ampliar sus bases en sectores más populares. Pero esto no implica que en otros sectores no hayan surgido formas de hacer política distintas, que tal vez no van a confluir con RD, como por ejemplo los secundarios de la ACES, que tenían posiciones mucho más radicales, como no pertenecer a ningún partido, que venían de colegios municipales y sectores de clase media, clase media baja. Pero es un tema propio del movimiento estudiantil, que tiende a ser más elitizado que otros.

En opinión del sociólogo, “al final de la dictadura se configuró un modelo de democracia con baja actividad, movilización y participación de la gente. Un modelo de democracia moderada. Esto con el tiempo llegó a generar una clase política aun más pragmática, distanciada con los jóvenes”. Agrega que a esta desconexión se le deben sumar los casos de financiamiento irregular, la corrupción, entre otros, los que dan por resultado “tipos de formas de ver la política que originan una desafección política, entendida como el rechazo”.

-En la actualidad, ¿en qué hechos o procesos queda evidenciada esta nueva forma de hacer política, que estaría siendo impulsada por la juventud? ¿Cómo este proceso choca con la tradición de los 90?
-El libro termina con las preguntas de cómo se va a canalizar este descontento, y lo que se puede ver hoy día es que el Frente Amplio es una opción que se ve viable para intentar captar este descontento. No se sabe cómo le va a ir, porque tiene limitaciones, como que es organizado por RD, que proviene de una elite, pero para ellos el trabajo territorial es muy importante para crecer (...) está el ejemplo de las primarias. Una de las razones por las que el FA apunta a ellas, es que quiere estar en la franja televisiva y esto les haga expandir el conocimiento de los candidatos a sectores de clase media y más populares. Esto en este sector, porque en el ámbito universitario y secundario aún hay grupos que no optan por apostar a esta vía institucional. En este sentido, RD y Movimiento Autonomista han definido ir a pelear el Parlamento por dentro, así como lo hicieron los dirigentes del PC al apostar a la Nueva Mayoría, y hasta como lo hizo ME-O en su momento, hasta que aparecieron los casos de corrupción.

-En el libro tú planteas el caso de ME-O como un ejemplo de hitos políticos que lograron generar una empatía con la juventud, principalmente por el rechazo de este al proceso concertacionista, pero, tras el estallido de los casos de financiamiento irregular a la política, este ejemplo de nueva política queda manchado. ¿De qué forma este tipo de manifestaciones de empatía política con nuevas dinámicas, que finalmente caen en la misma forma de hacer antigua política, afecta el proceso de desafección?
-El caso de ME-O se explicita en el 2009, cuando alcanza una gran votación, y después de eso forma el PRO y se ve que, a pesar de no ser tan masivo, logra llamar a jóvenes a este proyecto que se distanciaría de la vieja política. Pero luego se ve una desilusión con el proyecto, porque Marco Enríquez-Ominami no fue capaz de explicar el tema de que había sido financiado por Soquimich. Este es un movimiento que a la primera caída no perdona, es una generación dispuesta a entrar en nuevos proyectos y desafíos, pero ya no les van a pasar gato por liebre. Ellos reconocen que en el 2006 fueron ingenuos, fueron a una comisión que no hizo eco de sus demandas, entonces ven a los partidos mucho más lejanos. Yo veo que a la gente que se está interesando nuevamente en política no le va a costar mucho desilusionarse, si es que ve cosas como las de ME-O.

-¿Por qué no ha existido una mirada estratégica, desde lo público, para este sector de la población?
-En Chile, cuando se vuelve a la democracia, existe una Injuv muy fuerte, pero a finales de los 90 hubo casos de corrupción muy fuertes, y se le quitó mucho recurso y se debilitó. Cuando recién se pudo rehabilitar el Injuv institucionalmente, en ese punto ya se sabía que los jóvenes no votaban, y mis entrevistados me han señalado que lo más difícil para implementar políticas para la juventud era esto, y no había voluntad política, porque los diputados ni siquiera van a las sesiones de la comisión de políticas para la juventud. Entonces, la carencia de este problema tiene un origen político y es que los políticos son pragmáticos y, si ven que la juventud no vota, no desperdician el tiempo en eso. Por ejemplo, el empleo juvenil, si te fijas, ni siquiera el Frente Amplio lo trata mucho. Entonces, no son importantes, porque no generan una relación de poder para los partidos.

-¿Este tipo de políticas que tienen que ver con generar un activo politizado, como la formación cívica, ayudan a mejorar los índices de la desafección?
-La formación cívica entra en este debate, yo creo que sí podría ser un aporte, para que la gente se interese y entienda un poco más, pero tampoco se puede decir que sería como la panacea, porque sería útil cuando hay una apatía total y este no es el caso. La juventud está más movilizada que nunca. Si bien en no todos los grupos, puede verse como un elemento que suma, pero no la solución.

-Según se sostiene en el libro, la solución para la revitalización de este sector parece provenir directamente de ellos mismos, pero ¿existe alguna forma para que, desde esa vieja política, surja una alternativa que llame y active a los jóvenes?
-Yo creo que es complejo, pero no sería totalmente descartable, porque hay una necesidad en general en la sociedad chilena de nuevos grupos políticos o que los antiguos se modifiquen, pero eso se ha mostrado difícil. Por ejemplo, el segundo Gobierno de Bachelet intenta, en su programa, tomar elementos del movimiento estudiantil, pero en la práctica vemos que no le resulta mucho: la reforma a la educación superior sigue en ascuas, lo mismo con la nueva Constitución. Entonces, es muy difícil que desde adentro surja un nuevo tipo de hacer política. Una nueva alternativa política debe venir más de afuera.  

-Mirando el panorama presidencial, quizás el Frente Amplio puede constituirse como una alternativa para la juventud, pero ¿las candidaturas de Guillier y Piñera tienen cabida en este espacio de jóvenes más distanciados de las lógicas políticas tradicionales?
-Yo diría que no, pero sí debe haber grupos. Por ejemplo, no toda la gente apática es antineoliberal, pero debiese haber jóvenes con ideas más liberales, que pudiesen estar llamados por nuevos proyectos, como Evópoli, que le fue muy bien fichando gente, entonces los sectores de derecha están mirando a estos sectores desafectados. Por el lado de Guillier, basado más en mi intuición, claramente el hecho de que esté como candidato se puede interpretar como que, a pesar de que es parte de la Nueva Mayoría, trata de tener un elemento novedoso, justamente para eso, para atraer a aquellos que no están tan contentos. Guillier no es un candidato clásico de la Concertación.  

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