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Cristián Precht suma nuevas denuncias ahora por ex estudiantes de la congregación de los Hermanos Maristas

Los curas rojos también van al infierno

por 26 marzo, 2018

Los curas rojos también van al infierno
Durante la década del 80 distintos movimientos pastorales incentivaron la participación de los jóvenes en las parroquias. Eran años turbulentos políticamente y muchas capillas sirvieron de refugio para los desamparados, oprimidos, pero también para cometer delitos que pocos creyeron posibles. ¿Cómo se iba a pensar que un jesuita o un cura defensor de los perseguidos pudiera abusar de un niño? Es el mea culpa que recién empieza a levantar la Iglesia vinculada a la defensa de los Derechos Humanos en Chile.

El 20 de marzo de 2011, James Hamilton, una de las víctimas de Fernando Karadima, relató al panel de 'Tolerancia Cero' su experiencia con el párroco de El Bosque. En el set, los periodistas –y el casi sociólogo– permanecieron en respetuoso silencio. La audiencia conmovida envió mensajes de apoyo por las redes sociales. El testimonio del médico se convertía en un hito más del caso. Y a poco más de 10 kilómetros de CHV, sentado frente a la tele encendida de su casa en Ñuñoa, Claudio Ramos entendía, por primera vez, que también había sido abusado por un cura.

Al igual que cientos de jóvenes de su edad, cuando tenía 16 años, Claudio había participado en los movimientos religiosos de los años 80.

En medio de la valentía de la Iglesia, de sacerdotes que fueron asesinados en dictadura, de curas que se convirtieron en ícono de la resistencia y los Derechos Humanos, aparece por primera vez otra cara de esa iglesia protectora.

–Entra a una misa de la tarde, ¿dónde están esos jóvenes de los 80? –se pregunta un sacerdote, haciendo un cuestionamiento profundo al pus que aún no termina de salir en una institución que ama–. Perdieron la fe –asegura.

El relato de los casos que más han impactado a la Iglesia católica se concentra en los años de más unión entre los jóvenes y niños con un movimiento social inspirador forjado por sacerdotes, parroquias de barrio y movimientos religiosos estudiantiles

Si se pudiera construir una línea comparativa entre clases sociales, mientras decenas de jóvenes seguían a los sacerdotes Fernando Karadima y John O'Reilly en el sector conservador de Santiago, en lo sectores populares crecía como la espuma la imagen del sacerdote valiente de izquierda, donde más ha costado desterrar la idea de que las denuncias por abuso son una revancha política y no una verdad que es necesario enfrentar.

Villa Frei y Lo Prado

Claudio Ramos fue abusado cuando tenía 16 años por el “padre Derry”, un sacerdote columbano defensor de los Derechos Humanos y párroco en la Villa Frei y Lo Prado.

Dos meses después que Claudio Ramos escuchara las palabras de James Hamilton, se atrevió a hacer una denuncia contra su agresor.

–La Iglesia había establecido después del caso Karadima la modalidad de hacer denuncias vía e-mail, entonces yo paré en un ciber cerca de mi trabajo por el Metro Ñuble, conté lo que me había pasado y la envié –cuenta Claudio.

Las líneas de su relato –por el que recibió tiempo después una tibia respuesta que no lo dejó conforme–, contaban uno de los episodios más crudos en su vida y en el que no había reparado hasta que se vio reflejado en Hamilton.

Claudio conoció al padre Jeremiah Francis Healy Kerins, al que todos llamaban cariñosamente “Padre Derry”, el año 1983. Era adolescente, tenía 14 años y estudiaba en el colegio Benjamín Claro Velasco, que estaba al lado de la Parroquia Santo Tomás Moro, en la Villa Frei, Ñuñoa. El cura, un irlandés carismático, defensor de los Derechos Humanos, había logrado traspasar el amor por la lucha social a decenas de jóvenes de la Villa, como si se tratara de un ídolo del pop.

–Quizás eso, esa contradicción, hizo mucho más difícil que yo me diera cuenta. Él era muy buena persona, un tipo generoso –cuenta Claudio, aún intentando salvar las luces del personaje que ayudó a forjar sus peores sombras, que se hacen más oscuras ahora que tiene 48 años.

En ese testimonio que envió desde un ciber contó que, como su situación familiar no era fácil, el padre Derry lo ayudó. Le prestó su hogar para que estudiara cuando dejó la escuela básica y pasó a Enseñanza Media en el Instituto Nacional. Necesitaba concentrarse, sobre todo por la exigencia académica. Ahí, con el pretexto de ver películas en su VHS, el sacerdote comenzó con tocaciones. “A mí me sorprendió mucho, pues siempre me han gustado las mujeres y me estaba acostando con un hombre, lo que me produjo gran confusión. Tales situaciones de abuso sexual se siguieron repitiendo por alrededor de 6 meses, aunque yo nunca supe por qué lo hacía, simplemente sabía que no me gustaba y era algo incorrecto”, escribió Claudio en su carta.

"Uno no se espera que una persona que es cura y que además es defensor de los Derechos Humanos, se comporte así. No sé cómo explicarlo: el aura que protege a esa figura es doble, pero un delincuente puede estar en cualquier parte. Cuando yo viví los abusos de los hermanos maristas, un colegio donde estudié toda mi vida, tenía entre 6 y 8 años, hasta cuando Adolfo Fuentes se fue. Desde entonces siempre evité la confesión y quedar a solas con un sacerdote. Si todos mis compañeros iban a la capilla, yo encontraba alguna excusa para salir corriendo. La primera vez que volví fue cuando me iba a confirmar y esa vez también fui porque el confesor era Cristián Precht, que, pese a no ser marista, siempre andaba dando vueltas por el patio del colegio. Ese día de la confesión, yo estaba en 3° Medio y tenía 16 años. Lo primero que me llamó la atención es que, pese a ser una salita tan pequeña, él cerraba la puerta y se acercaba mucho, demasiado. Al entrar a la sacristía, donde quedé solo con Precht, él se acercó y empezó a hablar bajito, muy meloso. Lo más impactante es que no esperó ni dos segundos para atacarme. Me puso la mano en la rodilla, me la deslizó por el muslo y me tocó los genitales. Yo salté de la silla muy asustado, me preguntaba por qué a mí otra vez, porque ni siquiera tanteó terreno, solo me atacó. Salí corriendo y no dije absolutamente nada, Precht tampoco".

Con el tiempo, se dio cuenta de que su cuñado –esposo de su hermana– también había sido abusado por el padre Derry. Y sus propias investigaciones no quedaron ahí.

–También hay otras personas, sobre todo en su paso por Lo Prado, que aún no se han atrevido a contar lo que vivieron, siempre con miedo, con un poco de ignorancia también, pero sobre todo por respeto a la imagen de Derry –cuenta.

Cuando Claudio hizo pública su denuncia al padre Derry  en mayo de 2011, el religioso corroboró la denuncia y aceptó los cargos, a los que incluso respondió: “Me preocupan las personas que pueda haber dañado con mis actos y me hago responsable de mis actos. Y no tengo nada que decir contra ellas. En buen chileno, voy a apechugar con las cosas. Y si hay gente que se siente ofendida por mí, estoy profundamente arrepentido por esto. Mi intención nunca fue dañar la vida de las personas”, señaló por esos años a Ciper y antes de abandonar su cargo como superior de los Columbanos en Chile, con quienes se comunicó esta vez El Mostrador, sin obtener respuesta. Solo mediante trascendidos, supimos que Derry volvió a Irlanda hace 4 años.

Los columbanos le ofrecieron terapia sicológica a Claudio, pero no la aceptó. No quiere hablar del tema con nadie. No es algo que discuta abiertamente con su familia y solo intuye que su esposa sabe, ni siquiera es algo de lo que tenga certeza.

–Ha sido muy difícil para mí internamente, uno queda como confundido y es algo de lo cual uno nunca se va a recuperar bien. Lo que más me duele es haber hecho algo que nunca quise hacer. Ya no soy católico –cuenta.

Uno de los aspectos más difíciles para Claudio Ramos fue derrotar la imagen de Derry vinculado a los Derechos Humanos. En ese grupo prejuvenil al que ingresó en los 80, había talleres que hablaban de la justicia y la libertad. A Derry también lo envolvía toda la épica irlandesa de la resistencia contra los británicos.

No solo eso, los amigos del cura también eran ilustres sacerdotes vinculados a la iglesia combativa. Dentro de los jóvenes solo había admiración. Uno de los que veían recurrentemente, sobre todo en Villa Frei, era Cristian Precht.

–Eran íntimos amigos, de hecho Precht era confesor de Derry –cuenta Claudio.

Los amigos del cardenal

El núcleo de la Iglesia “chascona” en los años 80, se centró en el círculo del cardenal Raúl Silva Henríquez. Desde ese reducto porfiado y valiente nacieron heroicas obras que ayudaron a salvar a cientos de hombres y mujeres perseguidos por la asesina dictadura de Pinochet.

Como brazos sagrados se situaron ínclitos religiosos. Por ejemplo, Cristián Precht y Miguel Ortega, quienes fueron compañeros en el Seminario. En ese mismo período se formó también como cura Raúl Hasbún, claro que desde una vereda política diametralmente opuesta. Y todos, años más tarde, tendrían algún tipo de vinculación con la cara más perversa de la iglesia.

Años después de haber coincidido en el Seminario, Hasbún asumiría la defensa en la investigación canónica contra Precht –por abusos sexuales–, una figura central de la Iglesia en tiempos de Pinochet. Primero estuvo a la cabeza del comité Pro Paz y, cuando Pinochet mandó a desarmarlo, Silva Henríquez lo puso delante de la Vicaría de la Solidaridad, enfrentando la ira del dictador con los curas “que ayudaban a los terroristas”, como les dijo varias veces.

Precht ha sido un dolor permanente para la izquierda. Es imposible olvidar sus luces, pero sería indigno obviar sus sombras.

En diciembre de 2012, el ex vicario recibió una sentencia del Vaticano: un proceso canónico determinó su culpabilidad en conductas abusivas con menores y mayores de edad. Al conocer la decisión del Vaticano, el arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati lo condenó a 5 años de alejamiento del sacerdocio, al que regresó en diciembre pasado.

Sin embargo, fuera de esas denuncias, también existen otras que se han conocido en los últimos días. Un grupo de denunciantes que ya habían abierto una puerta en contra de la Congregación de los Hermanos Maristas, apuntaron otra vez a Precht. Pese a que este último no pertenecía a la congregación, una querella que se refiere a los religiosos Adolfo Fuentes, Abel Pérez, Sergio Uribe y Germán Chávez, también hace mención a él. Los eventuales delitos habrían sido “asociación ilícita, violación impropia, abuso sexual impropio, abuso sexual propio y favorecimiento de la prostitución de menores”, según lo que acusa la acción judicial.

Eneas Espinoza mencionó a Cristián Precht en medio de la querella en contra de sacerdotes maristas. Relata que, en una confesión, le tocó los genitales.

Eneas Espinoza es uno de los querellantes que menciona a Precht. Desde Buenos Aires, intenta explicar el impacto que ha tenido en su vida ir recordando y tomarle peso a lo que vivió:

–Uno no se espera que una persona que es cura y que además es defensor de los Derechos Humanos, se comporte así. No sé cómo explicarlo: el aura que protege a esa figura es doble, pero un delincuente puede estar en cualquier parte. Cuando yo viví los abusos de los hermanos maristas, un colegio donde estudié toda mi vida, tenía entre 6 y 8 años, hasta cuando Adolfo Fuentes se fue. Desde entonces siempre evité la confesión y quedar a solas con un sacerdote. Si todos mis compañeros iban a la capilla, yo encontraba alguna excusa para salir corriendo. La primera vez que volví fue cuando me iba a confirmar y esa vez también fui porque el confesor era Cristián Precht, que, pese a no ser marista, siempre andaba dando vueltas por el patio del colegio. Ese día de la confesión, yo estaba en 3° Medio y tenía 16 años. Lo primero que me llamó la atención es que, pese a ser una salita tan pequeña, él cerraba la puerta y se acercaba mucho, demasiado. Al entrar a la sacristía, donde quedé solo con Precht, él se acercó y empezó a hablar bajito, muy meloso. Lo más impactante es que no esperó ni dos segundos para atacarme. Me puso la mano en la rodilla, me la deslizó por el muslo y me tocó los genitales. Yo salté de la silla muy asustado, me preguntaba por qué a mí otra vez, porque ni siquiera tanteó terreno, solo me atacó. Salí corriendo y no dije absolutamente nada, Precht tampoco. Después me confirmé.

Eneas cree que se calló durante tantos años y trató de hacer que su experiencia pasara inadvertida por dos cosas: porque, frente a lo que había vivido con Fuentes, era “un abuso menor”; y porque Precht era una figura simbólica para el país.

El que un sacerdote estuviera vinculado a la defensa de los Derechos Humanos en la dictadura no solo significó un elemento desequilibrante para Eneas.

José Andrés Murillo, víctima de Karadima –y quien ha escuchado este tipo de relatos–, señala que ha sido muy difícil “aceptar que personas que representan toda una cultura y una visión de mundo” estén involucradas en este tipo de hechos. “Sin embargo, lo que tenemos que pensar, más allá de sectores políticos, es que es una cultura dentro de la Iglesia que ha normalizado el abuso sexual infantil. Lo que lo demuestra es que hay distintas doctrinas religiosas, dentro de la iglesia, que coinciden en el mismo de dinámicas abusivas”, dice Murillo.

Además de Eneas Espinoza, otros ex alumnos del Instituto Alonso de Ercilla se refirieron a Precht y a Miguel Ortega. Después de una reunión con el investigador y obispo de Malta Charles Scicluna –quien visitó Chile como enviado del Papa para evaluar la situación del obispo Juan Barros–, Jaime Concha y Jorge Franco, en entrevista con Radio ADN, detallaron parte de lo que vivieron cuando, siendo estudiantes, fueron invitados por el actual rector del colegio, Jesús Pérez, quien le presentó a Precht y Ortega, en algo similar a un examen vocacional.

“Miguel Ortega me empujó a la pared y me comenzó a tocar el cuerpo bajando sus manos y obviamente me sentí muy incómodo, mientras observaba Cristian Precht, y me fui”, contó Franco, quien salió corriendo y abandonó la sala donde se encontraban.

Derechos humanos

Para el abogado Marcelo Vargas, quien también padeció los abusos de un sacerdote a fines de la década del 80, el que algunos de los acusados mantuvieran fuertes lazos con los movimientos pastorales e ilustres religiosos defensores de los Derechos Humanos, en plena dictadura, fue uno de los ingredientes que podía hacer parecer inverosímiles las denuncias, más que nada por la impronta que pesaba sobre ellos.

Vargas enfrentó los abusos del entonces subdirector del Instituto Salesiano de Valdivia, Rimsky Rojas, entre 1985 y 1987. Rojas se suicidó en febrero de 2011.

Detrás de la protección de Rojas, los afectados siempre han nombrado al obispo Ricardo Ezzati. De hecho, el año 2013 y en medio del trabajo de la llamada Comisión Sename I, Rojas también salió al ruedo porque, al mismo tiempo de ignorar las denuncias, la Iglesia trasladó al sacerdote salesiano al Hogar de Menores –vinculado al Sename– Laura Vicuña de Puerto Montt, donde se habrían registrado nuevas víctimas.

El abogado Marcelo Vargas dice que, cuando denunció a Rimsky Rojas, los mismos sacerdotes que defendían los Derechos Humanos en Valdivia se encargaron se esconder lo que sucedía.

Por ese mismo encubrimiento, Ezzati fue invitado a la comisión a declarar y su reacción despertó la molestia de más de un parlamentario. “No hay ninguna autocrítica por parte de él, lo que refleja la absoluta indiferencia ante estos hechos tan graves. Creo que es parte del encubrimiento con que se ha intentado bloquear este tipo de situaciones”, dice el senador Alfonso De Urresti, al recordar la declaración de Ezzati ante los congresistas

En aquellos años, específicamente 1985, Rimsky Rojas llegó con Silva Henríquez hasta Valdivia. “Incluso lo fuimos a recibir al aeropuerto. Rojas le manejaba el furgón y el director del Instituto, Alfonso Horn, llevó a Genaro Arriagada, quien nos comentó lo que estaba pasando en el POJH y el PEM. Estos sacerdotes también apoyaron a los profesores en una de las manifestaciones más represivas en dictadura en Valdivia. No eran los únicos que ignoraron el dolor de nosotros que éramos niños. Pasó lo mismo con el obispo Tomás González, quien incluso fue acusado por obstruir a la justicia en un caso de abuso, a pesar de ser gran defensor de los Derechos Humanos. Eran promotores de los Derechos Humanos, sin embargo, ignoraron los nuestros”, manifiesta Vargas.

–La Iglesia vinculada a las pastorales juveniles y los movimientos de los años 80 debe hacer un gran mea culpa –señala un cura diocesano, que también añade que esa generación de sacerdotes es en parte responsable de la falta de vocaciones y la urticaria que despierta la institución católica en tantos sectores.

–¿Cuánto costó que se creyera lo de Precht? ¿Con qué diferente vara se ha medido a los jesuitas en sus casos de abuso? –se pregunta.

En la actualidad, hay dos abogados que fueron nombrados para acoger información o denuncias en la Compañía de Jesús. Uno de ellos, Waldo Bown, lo está realizando para el caso del sacerdote Jaime Guzmán, y su colega, Joanna Heskia, fue nombrada para acoger denuncias que involucren a cualquier otro jesuita.

Lo primero que se debe hacer con la información que ellos puedan recibir es investigar esas denuncias, “para así actuar con responsabilidad y rigurosidad”, dicen desde la Compañía y también replican ante quienes plantean que son medidos de forma diferente cuando de abusos se trata: “No estamos siendo juzgados con otra vara. A todos en la Iglesia se nos pide rigurosidad y transparencia y eso es lo que estamos haciendo al nombrar recientemente dos abogados laicos, queriendo dar las máximas garantías a quienes tengan información o denuncias que presentar”.

El sacerdote Jaime Guzmán está cumpliendo condena desde 2012 por denuncias recibidas entre 2010 y 2011. Ello implica la suspensión pública del ministerio sacerdotal y la prohibición perpetua del contacto con menores. Además, está sujeto a una nueva investigación canónica por los antecedentes conocidos recientemente.

El Mostrador solicitó la última lista de sacerdotes registrados en casos de abusos. Según las sentencias canónicas que cayeron sobre personas que eran clérigos al momento de cometer los delitos, el informe detalla que existen 15 sacerdotes (9 diocesanos y 6 religiosos). En el ámbito laico, la lista de la Conferencia Episcopal habla de 17 personas.

Sin embargo, a comienzos de enero, la organización internacional Bishop Accountability publicó una base con 80 sacerdotes, clérigos y una monja acusados de abuso sexual contra menores de edad en Chile. En este listado, aparecen muchos más religiosos de los que tiene contabilizados públicamente la Iglesia católica chilena.

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