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La segunda gran sustitución: cuando el trabajo deje de valer Opinión

La segunda gran sustitución: cuando el trabajo deje de valer

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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La IA promete eficiencia. Pero la pregunta decisiva no es cuánto podremos producir gracias a ella. La pregunta es otra: qué ocurrirá con los millones de personas cuya utilidad económica disminuirá precisamente por causa de su éxito.


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Hubo un tiempo en que Europa contempló cómo un mundo entero desaparecía ante sus ojos.

Las primeras décadas del siglo XIX trajeron una transformación que significó la ruina de enteras formas de existencia. Comunidades gremiales construidas durante generaciones, oficios y saberes acumulados en las manos y la experiencia, fueron desplazados por la máquina.

Regiones completas se despoblaron y otras se abarrotaron de obreros arrancados de sus entornos tradicionales. El trabajo humano perdió valor frente a la potencia mecánica. Dejó de ser una expresión de destreza cultivada y pasó a convertirse en simple insumo dentro de un proceso industrial. Mujeres y niños fueron incorporados masivamente a jornadas extenuantes. La máquina no pensaba ni decidía. Disponía y usaba a quienes trabajaban en ella.

Hoy estamos entrando en una transformación comparable.

La IA está produciendo cambios de una magnitud semejante a los de la Revolución Industrial. Tareas que hace poco exigían la labor de equipos humanos completos durante semanas ahora pueden resolverse en horas mediante una máquina y un operador competente. El impacto comienza recién a verse, pero será tremendo.

Muchos observan con desconcierto cómo ocupaciones que parecían seguras empiezan a tambalear. Funcionarios medios, abogados que aún no alcanzan posiciones de dirección, ingenieros y administradores, técnicos en servicios, analistas, administrativos y, en general, todos aquellos que desempeñan labores ligadas al procesamiento de información enfrentan un horizonte incierto. Incluso actividades de venta y distribución tradicionalmente presenciales aparecen amenazadas por los sistemas automatizados.

El problema adquiere una gravedad especial en Chile.

Aquí la productividad lleva décadas estancada. El crecimiento económico está paralizado. El modelo extractivo y de baja agregación de valor muestra signos evidentes de agotamiento. La cesantía está alcanzando los dos dígitos.

A ello se suma una crisis persistente de legitimidad política y un sistema donde el extremismo, la cuña y la disputa permanente suelen prevalecer sobre la responsabilidad y la búsqueda de acuerdos.

En este contexto, una ola significativa de sustitución tecnológica podría conducir a una convulsión de contornos imprevisibles.

Con la Revolución Industrial aparecieron los llamados ludditas, grupos de obreros que destruían máquinas porque las percibían como instrumentos de desposesión. No combatían la tecnología en abstracto. Combatían la pérdida de su mundo. Algo semejante comienza a insinuarse hoy. Ya existen corrientes neo-ludditas que ven en la IA una amenaza directa para el trabajo humano. Probablemente crecerán. No sólo en las redes sociales. También en las calles. Y en un contexto altamente complejo: con estancamiento en la productividad, cesantía en dos dígitos, pérdita de legitimidad de las instituciones y avance del crimen organizado.

Las condiciones para una crisis mayor están empezando a reunirse.

Recientemente, el Vaticano ha presentado un compendio encíclico, Magnifica Humanitas, dedicado a las implicancias de la IA para el trabajo, el poder y la condición humana. Más allá de credos e ideologías, el documento apunta a una cuestión fundamental: la técnica no reorganiza únicamente la producción. Reorganiza la vida.

Si la vida cambia demasiado rápido, omitiendo el papel del ser humano en el nuevo ciclo, las sociedades pueden perder el equilibrio.

La IA promete eficiencia. Pero la pregunta decisiva no es cuánto podremos producir gracias a ella. La pregunta es otra: qué ocurrirá con los millones de personas cuya utilidad económica disminuirá precisamente por causa de su éxito.

Este asunto no es resorte ni del mercado ni de la técnica. Es una cuestión política capital. Mientras antes se percaten las élites políticas, económicas y culturales del contexto profundamente crítico en el que nos hallamos, más esperanzas hay de que no entremos en un período de oscuridad desbordante.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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