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Día Internacional de los Parques Nacionales: tres estrategias para proteger la biodiversidad

por 24 agosto, 2020

Día Internacional de los Parques Nacionales: tres estrategias para proteger la biodiversidad

Parque Nacional Madidi. Foto: Radamir Sevillanos

Mongabay Latam destaca tres ejemplos en los que la economía de las comunidades sustentadas en el aprovechamiento sostenible de los recursos naturales ha permitido proteger la biodiversidad de las áreas protegidas. Estas estrategias de conservación comunitarias, sin embargo, se han visto en algunos casos afectadas por la crisis del COVID-19, lo que podría tener impactos en la conservación de la biodiversidad.
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América Latina es una de las regiones más biodiversas del planeta. De acuerdo con cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), más del 30 % del agua dulce del mundo y alrededor del 40% de los recursos naturales acuáticos renovables se encuentran en Latinoamérica. La preservación de la riqueza natural es fundamental para la salud del mundo entero.

Por eso los parques nacionales son necesarios para la conservación de estos ecosistemas únicos, aunque todavía está pendiente la protección de muchos de ellos. Uno de los retos es asegurar la intangibilidad de las áreas protegidas y por ello se han desarrollado estrategias de conservación con las comunidades que viven en las zonas de amortiguamiento, el primer anillo de protección de los parques. El aprovechamiento sostenible de las riquezas naturales incentiva la protección de los ecosistemas.

En Bolivia, por ejemplo, las comunidades Tacanas que habitan en la zona de influencia del parque nacional Madidi comercializan, por medio de un programa de manejo, el cuero y la carne de lagarto.

En Chile, los pescadores del parque nacional Juan Fernández han creado un sistema de pesca sustentable que permite la constante recuperación de los ecosistemas. lo que a su vez beneficia la producción y la economía de la comunidad.

En Colombia, los agricultores que habitan en la zona de influencia del parque nacional Chiribiquete han buscado la manera de vivir del bosque sin destruirlo y desarrollar su economía en base a lo que éste puede ofrecer.

El desarrollo de estas actividades económicas sostenibles al interior de las comunidades ha sido clave en la estrategia de conservación de los ecosistemas que los Estados han decidido resguardar bajo la figura de parques nacionales.

La pandemia por el COVID-19, sin embargo, ha puesto en riesgo el desarrollo normal de estas actividades. “Si es que este tipo de alternativas se reducen, la vulnerabilidad al tráfico de vida silvestre se puede incrementar”, dice Guido Miranda, coordinador de manejo de vida silvestre de WCS Bolivia.

En el Día Internacional de los Parques Nacionales, Mongabay Latam revisó tres estrategias de conservación comunitarias en áreas protegidas o alrededor de éstas para saber cómo se han adaptado a los desafíos impuestos por la pandemia.

Bolivia: el aprovechamiento del lagarto 

Lagarto. Foto: Robert Wallace - WCS

Lagarto. Foto: Robert Wallace - WCS

El parque nacional Madidi, en la Amazonía boliviana, es el área natural más biodiversa de todo el mundo. En su área de influencia o de amortiguamiento, es decir, el cinturón de tierra que rodea al parque, las comunidades indígenas Tacanas comercializan la carne y el cuero del lagarto  (Caiman yacare) al mismo tiempo que protegen la especie.

Antes de iniciarse el proyecto de aprovechamiento sostenible del lagarto, este era cazado ilegalmente. Actualmente, las normas de manejo permiten que haya un control estricto de la comercialización de este reptil. La población de lagarto que puede aprovecharse está estimada en 3884 individuos. La cuota de extracción permitida es de 630 individuos al año y solo pueden ser machos para asegurar la protección de las hembras y la reproducción.

La carne de estos animales es comercializada por los Tacana a través de alianzas que han establecido con supermercados y restaurantes y, aunque no se sabe exactamente qué porcentaje de la economía de las comunidades representa esta actividad, sí se sabe que junto a la pesca, la cacería y el aprovechamiento forestal, es uno de sus principales sustentos.

La época de cacería es durante el mes de octubre, al finalizar la temporada seca, para no interferir con el período de reproducción de la especie. Es así como normalmente en esta época los Tacana “están comenzando a organizarse para hacer el aprovechamiento”, cuenta Guido Miranda de WCS. Sin embargo, la pandemia ha cambiado los planes.

Aunque Miranda señala que actualmente no hay contagios por COVID-19 en las comunidades Tacana, desarrollar las actividades de comercialización puede ser muy riesgoso. Según el experto, en Rurrenabaque —una ciudad que los Tacana utilizan como punto de operaciones para la comercialización de la carne de lagarto y que está en la entrada del Madidi— han comenzado a presentarse casos de COVID-19. Además, las comunidades Tacanas “son pueblos muy pequeños y si es que hay un brote puede ser devastador”, asegura Miranda.

Para el experto, la situación es preocupante, ya que “si la gente no tiene acceso a este tipo de iniciativas de manejo sostenible eso puede repercutir en el uso insostenible de otros recursos que se pueden conseguir en la zona, como madera”. Así mismo, “la vulnerabilidad al tráfico de vida silvestre —incluyendo animales que se encuentran en peligro de extinción— se puede incrementar”, agrega Miranda.

Es por ello que las comunidades se encuentran evaluando junto a las autoridades la posibilidad de reprogramar la época de cacería para cuando el riesgo de contagio por COVID-19 haya disminuido. Según Miranda, las posibilidades estarían entre los meses de noviembre, diciembre y enero.

Chile: pescar langostas también cuida el bosque

Langosta liberada por pescadores en Juan Fernandez. Frontera Azul-Eduardo Sorensen

La biodiversidad del archipiélago de Juan Fernández está resguardada por un parque nacional de 9571 hectáreas terrestres y por 24 000 hectáreas de mar protegido. Allí, los pescadores han logrado desarrollar una de las pesquerías más sustentables del mundo.

Se trata de la langosta de Juan Fernández  (Jasus frontalis)​ que en 2015 alcanzó la certificación del Marine Stewardhip Council (MSC) pasando a llevar una ecoetiqueta azul, un sello que demuestra que provienen de una fuente ambientalmente sostenible y bien gestionada.

Para lograrlo, los pescadores se han autoimpuesto reglas para proteger el recurso. Una de ellas es que solo está permitida la utilización de trampas como método de captura y, además, todas ellas deben ser de madera.

Normalmente las trampas son de fierro y malla, explica el ingeniero pesquero Pablo Manríquez. El problema de esto es que “si se cortan y se pierden, se convierten en trampas fantasmas, es decir, siguen pescando”. Las trampas que utilizan los pescadores de Juan Fernández, en cambio, se degradan rápidamente. Pero eso no es todo. La madera con la que son construidas es de especies exóticas invasoras, como el maqui y el eucaliptus, especies que representan una de las principales amenazas del parque.

“Los pescadores en invierno van al parque, cortan los eucaliptus y arman sus trampas. Cada bote tiene en promedio 40 trampas y en total son 60 botes. Es una cantidad importante de trampas y madera”, dice el ingeniero pesquero.

El 90% de la producción de langosta tiene como destino China, un mercado que en enero cerró sus puertas debido a la crisis sanitaria, por lo que la economía de las comunidades pesqueras del archipiélago se ha visto afectada, asegura Manríquez.

Sin embargo, el ingeniero pesquero precisa que los pescadores han logrado tener un flujo de ingresos gracias a la captura de peces, como el breca (Pagellus erythrinus) y la vidriola (Seriola lalandi), que venden en el continente. Además, asegura que este año ha vuelto a aparecer el bacalao de Juan Fernández, una especie que se vio severamente afectada por la pesquería industrial del Orange roughy (Hoplostethus atlanticus) a fines de la década del 90 y principios del 2000, pero que gracias a la creación de las áreas marinas protegidas en el archipiélago se ha logrado recuperar.

Colombia: ganadería por árboles

Chiribiquete es un Área importante para la conservación de las aves (AICA). Foto: Parques Nacionales

En la zona de influencia del Parque Nacional Chiribiquete, una de las áreas de la Amazonía colombiana más amenazadas por la deforestación, los campesinos han decidido reenfocar su economía.

Acostumbrados a deforestar para acondicionar praderas para la ganadería, los campesinos dieron un vuelco a su rubro y actualmente están trabajando para echar a andar un proyecto de desarrollo forestal impulsado por Visión Amazonía, un programa gubernamental que busca reducir la deforestación.

El objetivo del nuevo negocio emprendido por los campesinos, que se han organizado en una  cooperativa llamada Coagroitilla, es comercializar de manera sostenible la madera de árboles seleccionados a partir de un plan de manejo. “Se aprovechan unos tres o cuatro árboles por hectárea que ya están maduros y que prontamente morirán de forma natural”, explica John Alexander Cano, de WWF.

Además, el proyecto contempla identificar especies de las cuáles se puedan obtener otros productos, por ejemplo sus frutos o su resina. “Muchas plantas que encontramos en el bosque tienen usos que representan mucho más valor que talarlas”, señala Cano. Para reconocerlas, un grupo de campesinos perteneciente a la misma cooperativa Coagroitilla y autodenominado Amigos del Bosque, se encuentra recibiendo, por parte de WWF, capacitaciones de monitoreo ambiental comunitario con el fin de identificar las distintas especies de flora y fauna presentes en el bosque.

Aunque la pandemia ha demorado un poco los trámites para poner en marcha el proyecto de desarrollo forestal, este no se ha estancado asegura Cano. Además, las capacitaciones han seguido realizándose con todas las medidas de seguridad necesarias para prevenir contagios.

Además del monitoreo ambiental, los miembros de Amigos del Bosque han recibido capacitaciones de manejo de GPS para poder georeferenciar las zonas importantes como, por ejemplo, las fuentes de agua. Además, los integrantes de Amigos del Bosque han recibido capacitaciones de control de incendios forestales, una de las principales causas de deforestación en la zona. “Las personas desmontan para poder hacer praderas para la ganadería y, en el proceso, realizan quemas que muchas veces se salen de control”, explica Cano quien es el Coordinador del proyecto de Exploradores Forestales que realiza estas capacitaciones.

Jehison Bohórquez, secretario de la cooperativa Coagroitilla y miembro del grupo Amigos del Bosque, tiene grandes expectativas sobre el futuro. “La mayoría pensaba en ganadería, ganadería, pero el problema es que eso conlleva a la deforestación”, dice. Hoy espera que el aprovechamiento forestal sea una fuente de empleo y desarrollo para la comunidad que le permita también obtener mayores ingresos que los que hasta ahora recibe de sus pocas cabezas de ganado y de su plantación de yuca y plátanos.

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