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El norte y sus fronteras: una desértica bienvenida para la niñez refugiada y migrante en Chile

por 10 febrero, 2021

El norte y sus fronteras: una desértica bienvenida para la niñez refugiada y migrante en Chile
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La migración en estos últimos años es, más que nunca, parte del debate, razón incluso de conflicto para muchas y muchos, puntapié inicial de discursos políticos y génesis de una polarización ética y moral donde se conflictúan más de uno de nuestros ya a veces invisibilizados “Derechos Humanos”.

Pero, ¿cómo nos salimos un momento de ese debate y humanizamos los procesos migratorios? ¿Cómo le damos rostro, pulso y vida cuando los protagonistas de estas increíbles y peligrosas peripecias de supervivencia son niñas, niños y adolescentes? Para algunos una realidad desconocida, hoy es necesario ver la profundidad de esta hermosa y a la vez abismante fotografía llamada “Refugio y Migración”.

El 1% de la población mundial es desplazada, es decir; más de 79,5 millones de personas se vieron obligadas huir de sus casas por motivos de conflicto o persecución, 40% de estos son niñas, niños y adolescentes (Fuente: ACNUR / 18 de Junio 2020).

La macrozonanorte de Chile, puerta de entrada para miles de sueños, región intercultural casi por naturaleza, habituados al compartir cotidiano entre personas provenientes del Perú, Bolivia y tantas otras comunidades migrantes, un territorio olvidado desde las esferas del centralismo, territorios aledaños y desérticos que no estimaban en ningún momento ser la antesala a un fenómeno migratorio sin precedentes.

Nos referimos principalmente a la situación en Venezuela, país de la costa norte de América del Sur, habituados a la calidez de sus territorios bordeados del mar caribe, según la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V) ya son más de 5.3 millones de venezolanas y venezolanos los principales actores de un desplazamiento humano que logra posicionarse en rankings de escala mundial y, lamentablemente, hoy comparten espacios con realidades tan complejas y lejanas como lo es el desplazamiento de personas provenientes de oriente, donde priman países como Siria, Afganistán, Sudán del Sur y Myanmar.

Frente a tal contexto humanitario, la realidad es que hoy Chile es el tercer país de acogida para miles de vidas que requieren de protección internacional: la falta de alimentos, medicinas, servicios esenciales, mermados por el acontecer político, fueron una de las tantas razones para tocar puertas en países vecinos y hermanos de la ya tan golpeada América Latina.

De seguro nos conmovemos frente a la precariedad de los campos de refugiados en la Isla Griega de Lesbos, ante las emergencias en Irak y Yemen, frente a las segregadoras medidas que buscan hacer un alto al movimiento de países del triángulo norte, a la expulsión de cientos de niñas, niños y adolescentes mexicanos en Estados Unidos, hace solo unos días nos enteramos de la triste noticia protagonizada por una niña chilena de solo dos años,  la cual tuvo que ser rescatada tras su abandono en el cauce del Rio Bravo (MX) en dirección a Estados Unidos, la que dentro de sus únicas posesiones y entre sus ropas llevaba una bolsa de plástico la cual albergaba su acta de nacimiento. 

Escenas tan lamentables como éstas, dan vuelta el mundo entero y no son una realidad ajena, el Norte de Chile enfrenta un dramático panorama, hoy familias se encuentran enfrentando las inclemencias climáticas del árido desierto, pernoctando en asentamientos precarios, viviendo en playas y espacios públicos, muchas de ellas recién llegadas, otras hacinadas en una habitación, transitando sin medidas de protección, figurando en cada esquina,  bajo un semáforo, entremedio de coches y carteles de auxilio, otras más avezadas emprendiendo kilométricos caminos re-dirigiéndose a otras ciudades del país.

La situación es precaria, no solo bastan las largas caminatas de más de 12 horas desde el Perú arrastrando pesadas mochilas, exponiéndose a la trata y tráfico de personas, transitando por campos minados, en plena pampa o por los casi 3.500 metros de altura alcanzados entre las fronteras ubicadas en Colchane, donde limitan Chile y Bolivia.  Actualmente, cientos de familias se enfrentan al desconsuelo en un territorio que no los observa del todo como sujetos de derechos, una realidad que no solo se logra zanjar ante la empatía y solidaridad de algunas y algunos, la escena en la que hoy viven familias refugiadas y migrantes requiere, lo antes posible, de medidas estructurales que logren garantizar sus derechos. 

Un escenario que necesariamente debemos comprender para lograr magnificar la necesidad de una comunidad que busca socorro y protección, vulnerabilidad potenciada en tiempos tan frágiles como lo es la presente pandemia. Hoy por hoy, son muchas las desesperanzadoras miradas que pasamos por alto, ante la tajante etiqueta que se le otorga a toda una comunidad, cayendo en la inmediatez del prejuicio y haciendo crítica de lo que solo nos evoca una distorsionada e incompleta imagen en la que los medios políticos, estatales y sociales no ayudan lo suficiente en humanizar. 

Quedarse en casa no es tarea fácil cuando debes huir de tu país, la crisis humanitaria que afecta a millones de venezolanas y venezolanos requiere de una asistencia multipaís que involucre a diversos actores, sabemos que no existe una receta perfecta, varias de las grandes potencias tampoco tienden a ser un ejemplo de respuesta y humanidad,  por el momento sí depende de nosotras y nosotros el darle vida y pulso a esos rostros: las niñas, niños y adolescentes no eligen migrar, es tarea de todas y todos alzar la voz ante la reivindicación y el pleno ejercicio de todos sus derechos. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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