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La Odisea de Webfalia
El mayor desafío de esta odisea digital consiste, paradójicamente, en no delegar a la caja negra de la máquina la soberanía de la decisión. O sea, no transformarse en náufrago de los algoritmos, sino en arquitectos de Webfalia.
Si el orden de Westfalia —en 1648— consagró la soberanía de los Estados sobre el territorio físico, hoy, casi cuatro siglos después, asistimos al nacimiento de un nuevo paradigma digital: Webfalia. Un sistema determinado por la tecnología situada al centro de la geopolítica y de la cotidianidad de la vida ciudadana. A las fronteras demarcadas en terreno, mapas y tableros, se agregan arquitecturas de flujos digitales que requieren de una gestión ordenada.
Al igual que Ulises, adentrado en mares donde las leyes de la tierra firme ya no aplicaban, estamos insertos en el corazón de Webfalia, obligados a navegar, con astucia estratégica, una realidad donde nuestra propia identidad es quizás la única Ítaca posible.
No es casualidad ni nostalgia que, en plena efervescencia de la inteligencia artificial (AI), la Odisea de Homero haya vuelto al debate cultural en diferentes dimensiones y formatos. Se trata, más bien, de una prueba de que la sociedad busca referentes de espesor intelectual para evitar un naufragio ante lo disruptivo, asumiendo que el andamiaje institucional actual se sostiene más en lo discursivo que en lo estructural.
Afortunadamente, cuando la sociedad se deslumbra ante la última novedad, la historia nos recuerda que la reflexión humana y el patrimonio intangible acumulado en un trayecto milenario no han sido superados por la tecnología. Al contrario, constituyen el único mástil al cual aferrarse frente a la tormenta de datos que nos ahoga y confunde a todos por igual.
Cuando se viven momentos de cambio y de máxima tensión, el liderazgo moral sigue siendo crucial. De ahí la pertinencia de voltear la mirada hacia personeros reconocidos universalmente que, ante la dificultad, priorizaron la ética, la palabra y la dignidad humana por sobre la fuerza o la inercia del sistema. Pienso en Václav Havel, quien enfrentó a la burocracia deshumanizada y opresora del régimen soviético; su ejemplo anima a enfrentar con confianza la posverdad y el mensaje vacío de los bots; también y, desde otra perspectiva, en Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea, quien comprendió que los tratados son insuficientes cuando no existe una voluntad real de paz.
En esa línea, se dimensiona la potente analogía entre el papa Juan Pablo II, personaje decisivo para derribar muros ideológicos que dividieron al mundo hasta el fin de la Guerra Fría y, el actual pontífice León XIV, cuya encíclica Magnifica Humanitas, convoca, entre otras cosas, a desmontar el dique invisible del algoritmo que amenaza con aislar nuestra propia naturaleza. Ambos magisterios petrinos, en circunstancias distintas pero claves para la humanidad, invitan a la reafirmación de lo esencial como núcleo de la “ecología de la paz”, que debe ser el pilar de la gobernanza del orden internacional.
Resulta imperativo iniciar una nueva travesía con la ayuda de la “diplomacia del humanismo”, entendida como una negociación constante para asegurar que la IA sintonice con los nobles conceptos de solidaridad y cooperación, donde la tecnología sea el motor que impulsa la nave y la conducción siga siendo de la persona. Volver a Ítaca implica encontrar el necesario equilibrio de una convivencia que persevere en lo humano y sea la meta de un viaje que no puede durar veinte años. Ante la existencia de guerras fratricidas que no cesan y la degradación social que se acrecienta, la tarea es acuciante.
En consecuencia, el mayor desafío de esta odisea digital consiste, paradójicamente, en no delegar a la caja negra de la máquina la soberanía de la decisión. O sea, no transformarse en náufrago de los algoritmos, sino en arquitectos de Webfalia, lo que conlleva darle aliento a la técnica y ponerla al servicio de una comunidad de propósitos.
La inteligencia más poderosa es la que tiene rostro humano, ética y memoria.
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