Opinión
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Niñez y responsabilidad ética del lenguaje público
Un comentario puede parecer pasajero, propio del ruido cotidiano de internet. Pero cuando ridiculiza a niños y niñas con autismo o banaliza, aunque sea de forma indirecta, la violencia sexual contra menores de edad, deja de ser una anécdota y se convierte en una señal de alerta sobre la manera en que, como sociedad, seguimos nombrando y tratando a quienes son diferentes.
El autismo no es un chiste ni un adjetivo despectivo. Es una forma de estar en el mundo, con capacidades y desafíos propios, que muchas familias conocen de cerca y que a menudo enfrentan solas el peso del estigma. Cada vez que la burla se usa como recurso fácil de humor, se reabre una herida que esas familias llevan cargando desde hace años: sentir que la sociedad no las ve como sujetos de derecho.
Aquí no caben matices. Ninguna intención “inocente” ni ningún contexto festivo justifica trivializar el abuso sexual infantil ni la dignidad de las personas con discapacidad. La libertad de expresión, bien entendida, no choca con esta exigencia; la incluye, porque expresarse con libertad también implica hacerse cargo del efecto que las palabras tienen sobre quienes históricamente han sido excluidos y sobre la niñez, cuya protección debiera unirnos a todos, más allá de cualquier diferencia.
El desafío no se resuelve solo condenando el episodio puntual. Requiere una cultura sostenida de derechos, que entienda el autismo desde la dignidad humana y no desde el déficit, y que promueva la autonomía y la participación de niñas, niños, adolescentes y adultos autistas en las decisiones que los afectan. En esa tarea, universidades, medios y sociedad civil compartimos la responsabilidad.
Que este episodio nos deje, al menos, una pregunta pendiente sobre el lenguaje que queremos heredar a las próximas generaciones y el lugar que ocupará la dignidad de todas las personas.
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