Opinión
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Día de la Tierra 2026: volver a la Tierra en tiempos de desconexión
En 2026 podemos planificar misiones a la Luna y observar galaxias a millones de años luz. Sin embargo, seguimos sin resolver cómo habitar sin deteriorar el suelo que pisamos. Esa tensión —entre lo que somos capaces de hacer y lo que aún no sabemos sostener— se vuelve evidente en el Día de la Tierra. Este 22 de abril, bajo el lema “Nuestro Poder, Nuestro Planeta”, la invitación es asumir una responsabilidad colectiva frente a una crisis que ya está en curso.
La Tierra tiene 4.500 millones de años y ha atravesado cinco extinciones masivas, algunas tan severas que eliminaron hasta el 90% de las especies. Hoy, sin embargo, cada vez más estudios sugieren que estamos entrando en una sexta, con una diferencia clave: no es causada por un fenómeno externo, sino por nuestras propias formas de vida. En ese contexto, cerca de un millón de especies están en riesgo de desaparecer y más de 3.600 millones de personas viven en condiciones altamente vulnerables al cambio climático, según el IPCC -Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático-, al mismo tiempo que los sistemas que regulan el agua, el clima y los suelos muestran señales de deterioro.
No se trata de problemas aislados, sino de una “triple crisis” —cambio climático, pérdida de biodiversidad y degradación de ecosistemas— que expresa una misma presión sobre los límites del planeta.
Durante décadas pensamos la naturaleza como un conjunto de recursos; hoy, en cambio, comenzamos a entenderla como la base que hace posible la vida, y esa base no es infinita. De hecho, de los nueve límites planetarios, al menos seis ya han sido sobrepasados. No es una advertencia futura, sino un desajuste en curso que resulta, además, paradójico: ocurre en el momento en que más sabemos del planeta, pero menos lo experimentamos. Nuestra relación con la naturaleza se construye, en gran medida, a través de datos y modelos: herramientas indispensables, pero insuficientes para reemplazar la experiencia directa. Esa distancia importa, porque aquello que no se percibe como cercano difícilmente se cuida; por eso, la crisis deja de ser solo ambiental y revela también una dimensión cultural.
La Tierra no necesita ser salvada, porque ha atravesado crisis mucho más severas que la actual; lo que hoy está en cuestión, más bien, son las condiciones que hacen posible la vida. En ese contexto, reconocer estos límites no implica resignación, sino que, por el contrario, abre espacio a soluciones concretas. De hecho, documentales como Kiss the Ground han contribuido a visibilizar algo que la ciencia viene señalando hace años: el suelo —ese sistema vivo que muchas veces ignoramos— cumple un rol importante en la regulación del clima. Así, prácticas regenerativas permiten capturar carbono, restaurar ecosistemas y recuperar su fertilidad. En otras palabras, parte importante de la solución no está en tecnologías lejanas, sino en cómo volvemos a relacionarnos con la tierra. Por eso, este Día de la Tierra no es solo para conmemorar, sino para actuar. Tal vez, entonces, más que mirar hacia otros planetas, el desafío hoy es volver a mirar hacia abajo.
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