Opinión
BBC
Ucrania y la destrucción de su patrimonio histórico y cultural
Las guerras no solo destruyen el presente y condicionan el futuro; también pueden borrar fragmentos irreemplazables del pasado. Y cuando eso ocurre, la pérdida trasciende las fronteras de un país para convertirse en una herida para la historia de todos.
La madrugada de ayer, 15 de junio, un ataque ruso con misiles y drones alcanzó el Monasterio de las Cuevas de Kyiv, la histórica Kyiv Pechersk Lavra. El bombardeo provocó un incendio en la Catedral de la Dormición, uno de los templos más importantes del cristianismo ortodoxo y parte de un conjunto declarado Patrimonio Mundial por la Unesco.
Mientras Moscú negó haber atacado el complejo religioso y atribuyó los daños a un misil antiaéreo ucraniano, las imágenes del incendio recorrieron el mundo y volvieron a poner el foco sobre una dimensión menos visible de la guerra: la destrucción del patrimonio cultural.
Por supuesto, en cualquier conflicto armado no existe nada más valioso que la vida humana. Desde el inicio de la invasión a gran escala a Ucrania, hace ya cuatro años y poco más de tres meses, decenas de miles de personas han muerto o resultado heridas, entre ellas miles de civiles. Ninguna catedral, museo o monumento puede compararse con la pérdida de una vida humana. Sin embargo, cuando una guerra se prolonga desde 2022, también resulta necesario observar aquello que desaparece junto con las personas: la memoria histórica, los símbolos nacionales y los espacios que permiten a una sociedad reconocerse a sí misma.
La importancia de la Lavra de Kyiv radica precisamente en ese plano. Fundada en el siglo XI, constituye uno de los principales centros espirituales de la antigua Rus de Kyiv, el Estado medieval que tanto Rusia como Ucrania consideran parte de sus orígenes históricos. Durante siglos, este monasterio fue un punto de referencia para el cristianismo ortodoxo eslavo y un símbolo de continuidad cultural para toda la región.
Por ello, el daño sufrido por el complejo posee una carga simbólica difícil de ignorar. Desde hace años, Vladimir Putin ha insistido en que rusos y ucranianos pertenecen a una misma comunidad histórica y espiritual (aunque también ha dicho que Ucrania es un “invento” de Occidente). Y buena parte de la narrativa del Kremlin descansa precisamente sobre esa idea. Sin embargo, lo cierto es que la guerra ha terminado golpeando algunos de los lugares más representativos de la herencia que Moscú afirma defender.
La Lavra no constituye un caso aislado. Según datos de la Unesco, desde febrero de 2022 más de 530 sitios culturales ucranianos han sufrido daños verificados. Entre ellos figuran alrededor de 150 edificios religiosos, decenas de museos, bibliotecas, monumentos históricos y centros culturales distribuidos por todo el país.
La lista incluye algunos de los principales referentes patrimoniales de Ucrania. En julio de 2023 un ataque ruso dañó gravemente la Catedral de la Transfiguración de Odesa, uno de los símbolos arquitectónicos más importantes del Mar Negro. También han resultado afectados edificios históricos en Járkov, Cherníhiv, Mariúpol, Leópolis y otras ciudades. Y en 2025, incluso la Catedral de Santa Sofía de Kyiv, uno de los monumentos más emblemáticos del país y Patrimonio Mundial de la Unesco, sufrió daños provocados por las ondas expansivas de ataques rusos contra la capital.
Moscú rechaza las acusaciones de ataques deliberados contra el patrimonio cultural y sostiene que muchos de estos daños son consecuencia indirecta de las operaciones militares. Sin embargo, más allá de la intención específica detrás de cada incidente, la magnitud acumulada de la destrucción resulta innegable, porque después de más de cuatro años de guerra centenares de sitios históricos han sido dañados o destruidos.
La historia demuestra que la devastación del patrimonio suele acompañar a los grandes conflictos. Ocurrió en Bosnia con el puente de Mostar, en Siria con Palmira y en Irak con los museos de Bagdad, por mencionar solo algunos. Cuando desaparecen estos lugares no solo se pierde piedra, madera o concreto. También desaparecen testimonios de la experiencia humana acumulada durante generaciones.
La guerra de Ucrania ha sido analizada desde perspectivas militares, energéticas, económicas y geopolíticas. Sin embargo, el incendio de la Lavra de Kyiv recuerda que también existe otra dimensión del conflicto: la lucha por preservar aquello que sobrevivió siglos de invasiones, imperios y revoluciones.
Mientras las cámaras registraban las llamas sobre uno de los lugares más sagrados de la tradición ortodoxa, quedó en evidencia una realidad incómoda. Las guerras no solo destruyen el presente y condicionan el futuro; también pueden borrar fragmentos irreemplazables del pasado. Y cuando eso ocurre, la pérdida trasciende las fronteras de un país para convertirse en una herida para la historia de todos.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.