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La cultura no es un lujo: es infraestructura emocional

La cultura no es un lujo: es infraestructura emocional

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Gonzalo Larenas
Por : Gonzalo Larenas Gestor cultural y director de Teatro del Lago, Frutillar, Chile
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Durante mucho tiempo hemos aceptado, casi sin cuestionarlo, que la cultura ocupa un lugar secundario en nuestras prioridades colectivas. Algo que está bien tener —si alcanza—, pero que puede esperar cuando hay urgencias. Como si el desarrollo fuera una ecuación donde primero resolvemos lo “importante” y después, si queda espacio, nos permitimos lo “cultural”, como si habláramos de un lujo que solo pueden darse sociedades más desarrolladas.

Pero esa lógica, profundamente instalada, es una lógica equivocada: no hay sociedad sin cultura, sin arte y sin espacios seguros donde se generen y se promuevan los pensamientos que regirán el quehacer futuro, la esencia del ser humano, sus límites y desafíos.
Porque la cultura —y en particular el teatro— no es un adorno. No es un complemento. Es una forma de infraestructura. No de la que se mide en kilómetros o metros cuadrados, sino de aquella que sostiene lo invisible: la manera en que una comunidad se reconoce, se escucha y se proyecta.

En regiones, esto se vuelve aún más evidente.

Cuando un territorio carece de espacios culturales activos, no se pierde solo acceso a espectáculos. Se pierde conversación, identidad compartida y la posibilidad de verse reflejado en otros relatos que no sean los dominantes. Y eso, aunque no siempre se mida, tiene consecuencias reales en la cohesión social, en la autoestima colectiva y en la forma en que imaginamos el futuro.

El teatro, en ese sentido, cumple un rol que pocas disciplinas logran: reunir a personas distintas en un mismo espacio y tiempo, a mirar, escuchar y sentir juntas. En una época marcada por la fragmentación y la hiperindividualización, esa experiencia compartida es cada vez más escasa.

Hablar de infraestructura emocional puede sonar abstracto, pero no lo es.

Así como una carretera conecta territorios, el teatro conecta experiencias. Así como una red eléctrica permite el funcionamiento de una ciudad, los espacios culturales permiten que una comunidad tenga vida simbólica. Sin esa dimensión, el desarrollo queda incompleto.

Por eso resulta problemático seguir pensando la cultura como gasto y no como inversión.

Invertir en cultura no es solo financiar programación o levantar edificios. Es sostener procesos sociales profundos, generar continuidad y permitir que los proyectos no dependan exclusivamente de voluntades individuales o de ciclos de financiamiento inciertos. En regiones, esta continuidad es clave.

No se trata de romantizar la cultura ni de aislarla de las tensiones reales. Se trata de entender que es parte de la respuesta, no una distracción frente a ella.

Porque cuando una comunidad tiene acceso a experiencias culturales significativas, no solo se entretiene: se articula, se reconoce, se fortalece.

Y eso, aunque no siempre se vea en el corto plazo, es lo que finalmente sostiene todo lo demás.

La cultura no es un lujo.
Es, quizás, una de las formas más urgentes y necesarias de infraestructura emocional.

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