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El perreo de un pueblo sin catarsis

por 27 diciembre, 2016

El perreo de un pueblo sin catarsis
El boom de este perreo intenso podrá no ser para todos, pero lo cierto es que irónicamente, ha sabido avivarnos la cueca... que harta falta nos hace.
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El baile ha sido la catarsis de cientos de pueblos a lo largo de la historia; una manera rítmica e intuitiva de soltarse, des-rigidificarse y celebrar, como cuando chocan las placas tectónicas para liberar energía generando terremotos.

Hace unos días escuché a Ernesto Holman hablar acerca como la dictadura marcó un antes y un después en el apego de Chile a su baile nacional, la cueca, que hoy por hoy ve la luz, como mucho, los 30 días que dura septiembre. Pareciera que Chile efectivamente carece de un baile propio que le sirva, además, como catarsis cotidiana. No hace falta ser sociólogo para darse cuenta, sino simplemente pasear por las cercanías de cualquier estación del Metro a eso de las 09:00 am y vivenciar la arritmia existencial que parece padecer nuestra capital: un desfile de caras largas y pasos arrastrados que acusan colectivamente el desencuentro ciudadano con su biorritmo vital.

palta2Pero no estamos frente a un vacío, en absoluto. En lo que demoré en escribir esta columna, pasó un auto y desde adentro, entre bajos reventados, alguien febrilmente gritó: “Cuando sienta el boom de este perreo intenso”. Una frase, por cierto antigua, que me recordó que el reggaetón, para bien o para mal, ha dado la cara por el bailoteo nacional durante más de una década, logrando además burlar rangos etarios, castas socioeconómicas y el poderoso pop anglosajón, para autoproclamarse como el Rey de la noche, la radio y la pista de baile.

Pero, ¿Por qué su acérrimo éxito en el territorio nacional?

Pareciera que Chile efectivamente carece de un baile propio que le sirva, además, como catarsis cotidiana. No hace falta ser sociólogo para darse cuenta, sino simplemente pasear por las cercanías de cualquier estación del Metro a eso de las 09:00 am y vivenciar la arritmia existencial que parece padecer nuestra capital: un desfile de caras largas y pasos arrastrados que acusan colectivamente el desencuentro ciudadano con su biorritmo vital.

En mis quehaceres urbanos recurrí a dos personajes atingentes a mi investigación para dilucidad mis dudas. Por un lado Carola Cussen, ícono del baile y performance nacional en todas sus formas, y por el otro Tomasa del Real, la reggaetonera chilena cuyos ritmos triunfan panamericanamente causando furor del Río Grande al Cabo de Hornos. Desde disciplinas y perspectivas muy distintas, ambas coincidían en que el triunfo del reggaetón es sintomatología y augurio de un cambio medular en la idiosincrasia chilena, que lentamente abandona su letargo rítmico. Carola y Tomasa coincidieron además en que el triunfo del reggaetón viene dado no solo por una reconciliación inicial entre Chile y su latinoamericanidad hurtada, sino también como un desquite, casi violento hacia la falta crónica de una catarsis nacional, acrecentada por la vilificación culposa de la sexualidad y la creciente insatisfacción social.

“A Chile no solo le falta bailar, también le falta SEXO”, me aseguró Carola, a lo que Tomasa agregó: “El reggaetón refleja una sociedad que está chata de juzgar y que la juzguen, entonces lava los calzones y los deja secando al aire libre”.

Y ya que el tema está sobre la mesa, al parecer el reggaetón no viene “a quitarle el trabajo” a nadie. No busca matar a Chayanne ni a Ricky, ni mucho menos a los Huasos Quincheros. Desde su academia de Flamenco y Ballet en plena Providencia, Cussen me aseguró que este deslenguado ritmo centroamericano tiene el mérito, no menor, de volver a hacer bailar al chileno, y que eso ha repercutido positivamente para todo tipo de bailes. El boom de este perreo intenso podrá no ser para todos, pero lo cierto es que irónicamente, ha sabido avivarnos la cueca... que harta falta nos hace.

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