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Las viviendas experimentales de Japón, desde lo extraño hasta lo sublime

por 26 marzo, 2017

Financial Times
Las viviendas experimentales de Japón, desde lo extraño hasta lo sublime
Hay casas sin ventanas y otras que son transparentes, pero estas creaciones imaginativas rara vez se construyen para perdurar.
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Por Edwin Heathcote

Podríamos sentir lástima por las casas japonesas. Su duración promedio es de sólo 26 años. O, podríamos deleitarnos con una exuberante cultura de renovación que ha hecho de la casa japonesa el crisol de la experimentación arquitectónica contemporánea.

No es casualidad que Japón tenga el mayor número de arquitectos per cápita en el mundo, aproximadamente cinco veces más que el Reino Unido y más de siete veces más que EEUU. Su país los necesita. En 2015, Japón construyó casi un millón de nuevas viviendas.

¿Qué es lo que hace que las casas japonesas sean tan diferentes y tan atractivas?

Una nueva exposición en el Barbican de Londres intenta explicarlo. En el proceso, presenta un exquisito deleite arquitectónico de lo sublime, lo extraño y lo mágico. Hay casas con formas de rostros y otras sin puertas ni paredes. Hay casas sin ventanas, otras que son completamente transparentes. Y en el centro hay dos casas de tamaño natural: una es una reproducción de una de las más seductoras viviendas minimalistas de Japón, la otra una casa de té, específicamente diseñada con este propósito, revestida de madera carbonizada y con dos ojos enmarcados en cobre que funcionan como ventanas.

Pero más adelante seguiremos hablando de ellas. Esta cultura muy particular de experimentación arquitectónica necesita un poco de trasfondo. En 1945, Japón era un país de ciudades arrasadas y personas abatidas. La guerra les había quitado la fe en el destino y la historia, y el apocalipsis atómico en Hiroshima y Nagasaki había sacudido no sólo a las islas japonesas, sino al mundo entero. En un esfuerzo por reconstruir la economía, los paisajes urbanos destrozados y la moral de su pueblo, el gobierno de posguerra decidió hacer de las casas individuales ocupadas por sus dueños un mecanismo físico, psicológico y económico para la reconstrucción.

Esta transformación del paisaje, de una economía en la que la mayoría de los habitantes urbanos eran inquilinos a una de propietarios/ocupantes, vino acompañada de un paisaje urbano no regulado sin controles materiales ni estéticos de construcción y una adicción a las novedades, mientras que la casa se consideraba un producto de consumo como una nevera o un coche.

La actitud esquizofrénica hacia la historia tuvo cierta influencia. Una cultura que había sido impregnada con nociones de decoro y una notable continuidad en materiales, formas y artesanías, de repente había sido puesta en libertad. La historia se había hecho sospechosa. Japón se convertiría en un país de fetichismo por la tecnología. Pero la cultura de la vivienda que surgió estaba lejos de ser superficial o simplemente a la moda, y tampoco le faltaba un sentido de la historia.

En un excelente ensayo en el catálogo de la exposición, Kenjiro Hosaka llama las mejores de estas construcciones "casas críticas". Están en la ciudad conversando entre sí y con su entorno, sugiriendo formas alternativas de vida y de comprensión de lo que significa una casa.

Ese diálogo se expresa articuladamente en las atracciones principales gemelas de la exposición del Barbican. Una es una réplica de la maravillosa Casa Moriyama (2005) por Ryue Nishizawa, quien alguna vez fuera socio de Kazuyo Sejima (juntos ejercen como SANAA). Esta increíble casa está situada en un barrio de Tokio en el que los edificios se dan empellones y se acarician en una compleja red de callejones y de las usualmente incomprensibles calles (nunca dejará de sorprenderme que los japoneses todavía no han inventado los números de las casas). Concebida como una especie de microcosmos de la caótica ciudad, cada una de las 10 habitaciones de la casa se expresa como un edificio individual. Algunas, como espacios vitales, son generosas y bien ventiladas. Otras — el baño, por ejemplo — son apenas lo suficientemente grandes como para girar en ellas.

Cada bloque blanco se organiza en un patio que se convierte en una especie de red de calles y para pasar de una habitación a otra hay que salir y entrar en otra microconstrucción. No hay cercas ni muros. Los espacios entre las construcciones son contiguos a la red de calles públicas. Es torpe e ilógico, pero crea su propio paisaje y horizonte con terrazas, patios, callejones y miniplazas y cada espacio está claramente definido y despejado con grandes ventanales. Es como si las habitaciones han sido liberadas de las limitaciones cuadradas de la casa, o puestas en libertad. El cliente aparentemente se ha adaptado al plan, así que su vida (vivida entre las habitaciones y entre el interior y el exterior) se convierte en una especie de coreografía cuidadosa, una obra de arte por derecho propio.

La otra construcción carismática aquí es la Casa de Té de Terunobu (construida en colaboración con el arquitecto Takeshi Hayatsu radicado en Londres), una excéntrica casa, aparentemente de entramado, levantada sobre estacas de madera gruesa. Fujimori es, en muchos sentidos, el opuesto diametral de Nishizawa y su etérea perfección técnica. Él nunca se capacitó como arquitecto, sino que es un historiador fascinado por las excentricidades de lo vernáculo, quien cree que la historia de la arquitectura va mucho más allá de lo diseñado por los arquitectos.

Sus casas, a menudo levantadas sobre árboles o columnas, son visiblemente artesanales, irregulares, un poco toscas y casi infantiles. A menudo parecen un error, llevando el “wabi-sabi” (aceptación de la transitoriedad y la imperfección) al extremo, pero también son seductoramente atractivas con interiores maternales e íntimos. Ventanas pequeñas y líneas torcidas las hacen parecer manifestaciones de dibujos infantiles y esta pequeña casa de té, con sus dos ventanas en forma de huevo como ojos ligeramente tristes y su encofrado carbonizado, no es diferente. Deliberadamente estrecha y de difícil acceso (a través de una escalera de mano), la intención es hacernos pensar sobre el espacio, sobre la ceremonia del té y sobre cómo interactuamos con la construcción, que está dotada de cierto espíritu. Es una idea que se remonta a las tradiciones animistas. Si parece familiar, es probablemente porque Fujimori colaboró a menudo con Studio Ghibli, productores del anime onírico, a veces extremadamente cursi, que impregna la cultura contemporánea de Japón.

Las películas tienen una presencia constante aquí. Hay fragmentos de los íntimos dramas domésticos de Yasujiro Ozu, en los cuales la casa es un personaje de tanto peso como los protagonistas. También está el brillo azul neón de la post punk, psicótica (y muy divertida) La Familia Loca de Sogo Ishii. La gama de expresiones arquitectónicas es impresionante. Hay híbridos tranquilos de la historia y la modernidad como la Casa para el profesor K Saito de Kiyoshi Seike (1952), la propia casa hermosa (1951) del inmigrante checo radicado en EEUU Antonin Raymond y la Casa Mínima de Makoto Masuzawa (1952), una pequeña pero aparentemente generosa estructura de madera.

Hay experimentos prefabricados de la década de 1970, que encarnan la idea de que una casa podría ser fabricada como un coche y están las casas de hormigón de la época brutalista incluyendo la preciosa Casa de Montaña en Karuizawa de Junzo Yoshimura (1963) y la ferozmente cruda Casa Torre de Takamitsu Azuma (1966) en la cual cada superficie interna está moldeada en hormigón marcado con tablones.

Hay casas postmodernistas y casas de ciencia ficción; me gusta especialmente la Caja Antivivienda de color amarillo brillante de Kiko Mozuna (1972), en la cual las cajas se encuentran unas dentro de otras como un rompecabezas surrealista.

Hay casas evocadoras como U Blanca de Toyo Ito (1976), diseñada para su acongojada hermana, quien recientemente había perdido a su esposo, una construcción sin ventanas exteriores y, dentro de la cual se crea un misterioso drama mediante la proyección de sombras sobre las paredes blancas y curvas.

Hay casas que tienen el aspecto de casas de muñecas (Casa O de Hideyuki Nakayama) y casas que parecen unidades de estantería (la genial pero probablemente inhabitable Casa NA de Sou Fujimoto). Y hay casas que son clara y brillantemente locas, como el incompleto Edificio Arimaston de Keisuke Oka en Tokio, un loco collage de hormigón.

La panoplia de invenciones es asombrosa. Lo que parece aún más sorprendente es que toda esta imaginación se emplea en construcciones que duran quizás sólo 20 años. Muchos de los mejores ejemplos presentados aquí han sido demolidos, a menudo para hacer espacio para encarnaciones mucho más sosas. Los esforzados trabajadores asalariados pasan sus vidas en el trabajo para pagar casas que, para el momento en que llegan a ser sus propietarios, probablemente ya no valen nada. La casa japonesa, amenazada por los terremotos, por punitivos impuestos de herencia y por una cultura de consumo y novedad existe en una zona particularmente precaria. Pero quizás es precisamente ese estado de precariedad lo que la adorna con tal intensidad de significado durante los pocos años de su vida.

Financial Times

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