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Editorial

Un pseudo empate ético

por 14 enero, 2009

En una materia tan delicada, por ser quien es, no tenía derecho a hacerlo todo mal. Mal en el fondo y en las formas: parte medular de su denuncia era falsa y fue canalizada de forma inapropiada. A estas alturas, es dable concluir que  la diputada, consciente o inconcientemente, fue burdamente instrumentalizada para una operación de descrédito de la política de derechos humanos, por parte de ex uniformados.
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Una clara muestra de debilidad en los consensos éticos ha mostrado el sistema político chileno en los últimos días a raíz de denuncias sobre falsos detenidos desaparecidos.

Empaña la agenda política una atmósfera de febles convicciones republicanas por parte importante de la derecha. Aparentemente, con el objeto de intentar contrarrestar o anular lo que le parece una ventaja política a favor de sus adversarios, cual es el haber sufrido violaciones a los derechos humanos durante la dictadura o, en su caso, el haber estado del lado de los que las padecieron.

Nada puede justificar la actitud pueril y errática de la principal protagonista de los hechos, la diputada de Renovación Nacional Karla Rubilar, la que por su investidura de presidenta de la Comisión de Derechos Humanos estaba obligada a mostrar la mayor ponderación y prudencia en el tema, antes de hacer cualquier denuncia. Evidencia su poca preocupación por la verdad y por el significado cívico profundo que tienen para el país los temas de derechos humanos. En una materia tan delicada, por ser quien es, no tenía derecho a hacerlo todo mal. Mal en el fondo y en las formas: parte medular de su denuncia era falsa y fue canalizada de forma inapropiada.

A estas alturas, es dable concluir que  la diputada, consciente o inconcientemente, fue burdamente instrumentalizada para una operación de descrédito de la política de derechos humanos, por parte de ex uniformados, actualmente procesados o condenados por delitos de lesa humanidad.

Por ello, son razonables y entendibles las exigencias para que la diputada Rubilar deje su cargo, ojalá de una manera discreta, y aparecen como incomprensibles las declaraciones de apoyo de Carlos Larraín, presidente de su partido, Renovación Nacional. Estas últimas, al intentar justificar a la honorable diputada señalando que lo actuado por ella se debió a un "exceso de celo", sólo demuestran un juicio ligero sobre el tema.

El reproche posterior a la diputada por parte de Sebastián Piñera, abanderado presidencial de la coalición RN-UDI, aparece como tardío y tibio.

Hay que recordar que fue la propia diputada Karla Rubilar la que en el pasado, y en más de una oportunidad, criticó la visión instrumental de parte de la derecha respecto de los temas de Derechos Humanos, generándose así (a sí misma) la oportunidad para que, por primera vez, un parlamentario de la Alianza presida la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara.

Es este consenso ético el que fue desbordado por el actuar irresponsable que nos ocupa. Y que sigue ahondándose porque importantes actores de esta tragedia se niegan a aceptar su cabal responsabilidad y evaden actuar con convicciones republicanas. En casos como este  lo relevante es, además de pedir disculpas públicas a las víctimas, hacer lo necesario para fortalecer las instituciones y los procedimientos administrativos del Estado. Más allá de cualquier cálculo político.

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