viernes, 14 de diciembre de 2018 Actualizado a las 21:11

Historias de Sábanas

Costabal temporada 2: “¿Y si me equivoqué?”

por 8 abril, 2018

Costabal temporada 2: “¿Y si me equivoqué?”
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Capítulo 2

Durante todo el trayecto escucho el maullar del gato, es como si me reclamara. Ni siquiera lo miro, quizás para no sentirme culpable.

¿Culpable? ¿Yo? ¡De qué! Si no he hecho nada.

-Deja de chillar o te lanzo por la ventana -le hablo al animal y éste parece entender. Se queda callado al instante.

¿Pero, de verdad soy capaz de tirarlo por la ventana? Justo cuando voy a responderme a mí mismo, veo que tengo el dedo en el alza vidrio y la ventana ya va a la mitad.

-¡Por la mierda! -grito frustrado, golpeando el volante-. ¡Me estoy volviendo, loco! Claro que te iba a lanzar.

De pronto suena el teléfono y agradezco que me saque de mis pensamientos.

-Qué.

-Mauri, soy yo. -«Y quien más si es su número«-, es que aún no llegas, y ya son casi las nueve.

Miro la hora y sí, malditamente tiene razón.

-Voy en camino -es todo lo que le digo y corto, ya estoy próximo a llegar, y aunque no quiero admitirlo la adrenalina me está jugando una mala pasada. Sé que no quiero verla, pero también sé que lo necesito.

Me estaciono frente al grifo, con eso me obligo a demorarme lo menos posible, nunca me han sacado una infracción, y esta no será la excepción.

Con la caja en la mano voy directo al conserje, un señor mayor que no conozco. ¿Dónde mierda está el otro?

-Esto es para la señorita Beatriz Andrade -le digo dejando la caja sobre el mostrador, pero justo cuando me doy vuelta él dice:

-Lo siento, señor, no puedo entregarle nada, no puedo dejar la recepción.

Me giro con rabia por su ineptitud, y lo fulmino con la mirada.

-Entonces tire la caja -. Cuando la toma, el maldito animal maúlla, y no sé quién es el que se asusta más.

-¡Un gato!

-Claramente un tigre no es -respondo de mala manera.

-Aquí están prohibidos los animales.

-¿No me diga? -hablo con sarcasmo-, entonces, creo que alguien no está haciendo bien su trabajo, en este edificio sí habitan animales.

-No, señor -lo niega tajantemente.

-Pues se equivoca, además de gatos viven zorras. –Me mira extrañado, y con la mano me indica los ascensores, como si yo no supiera donde están.

-Entréguelo al departamento, y luego yo hablaré con Beíta.

-No sabía que las zorras tenían nombre -murmuro un tanto fuerte, él me escucha y antes de que me pregunte más me subo al ascensor.

Me muevo incómodo dentro de esta caja de metal, estoy tenso, intento mantener la calma, pero la ansiedad hace que se me revuelva el estómago. El gato me mira con expresión de lastima.

Maldita seas Beatriz Andrade.

Cuando llego a su piso, respiro profundo, soy un hombre, no un cobarde, y camino decidido hacia su puerta, pero a medida que voy llegando a mi mente llegan recuerdos de lo que pasó la última vez.

Un sentimiento de rabia me invade. Me agacho, dejo la caja en el suelo y la pateo para que choque con su puerta, y justo cuando me estoy devolviendo las puertas del ascensor se abren y me encuentro con ella, la última persona a quien me quería encontrar.

-¡Oh! qué sorpresa encontrarte aquí -dice mirándome fijamente, pero tarda dos segundos en re direccionar su vista-. Qué maduro de tu parte, ¿también le devolverás los peluches y las cartas?

-Déjame en paz -protesto, pero a esta feminista de cuarta parece que no le afecta.

-La verdad siempre incomoda, Costabal. Y lamento enormemente haberte dado un voto de confianza.

-¿Y quién te dijo a ti que yo necesitaba algo de ti?

-Igual que todos los hombres, creen que se las saben todas. Has visto demasiadas películas de Hollywood, donde el jovencito cree que es invencible, pero déjame decirte que erraste, me jugué las fichas por ti y me decepcionaste.

-¡Perdón! -digo acercándome más-. ¿Yo te decepcioné? Creo que la historia te la contaron al revés, la que se revolcó borracha con un tipo que conoció en un bar, no fui yo, sino que la…

-Ni se te ocurra insultarla -la defiende a brazo partido-. Eres más idiota de lo que pensaba, y solo porque le debo lealtad a la inmadura de mi amiga ¡no te canto unas cuantas verdades!

-Lealtad, deja que me ría, esa no conoce ni el significado de la palabra, pero si conoce otras, yo te las puedo enumerar.

-¿Y tú sí la conoces? La conoces tan bien que estás aquí como un adolecente esperando que salga para insultarla, cuando en ningún momento ha pasado por tu cabeza que algo aquí está mal. Vaya que la conoces, imbécil.

-Qué me estás queriendo decir, qué yo vi mal, ¡qué aluciné! No sabes lo que estás diciendo.

-Sí, lo sé, y en este momento no estás hablando con la amiga de Beatriz, estás hablando con una mujer que espera que en esa cabeza te entre algo más que solo tu ego herido.

-Eso qué significa -ladro enojado-, si sabes algo, dímelo ahora.

-Escúchame, Mauricio, intento ser respetuosa contigo y no darte con un palo en la cabeza, pero ni tú ni nadie va a insultar a Beatriz, y menos difamarla delante de mí.

-¿¡Pero tú te estás escuchando!?

-Por supuesto que sí, ¡quiero qué pienses! -grita tocándome la cien con el dedo-, ¡usa la cabeza!

-Me estás faltando el respeto, Francisca.

-Sí, porque primero la humillaste, la usaste, y luego cuando te das cuenta que no es lo que creías la encuentras una mujer indigna de ti y de tu hija, y ya no te lo voy a permitir, ya no, Costabal.

-Realmente estás loca, habla con ella y que te cuente realmente cómo sucedieron las cosas, porque yo no estoy mintiendo y sé muy bien lo que vi, ¡y cómo la vi! Así que no me reclames nada a mí.

-De verdad que eres ciego -comenta moviendo la cabeza, como si yo fuera el culpable de algo.

-Pregúntale cómo fueron las cosas -siseo lentamente, palabra por palabra-, ve a hablar con ella. Y si me vuelves a hablar en este tono, no seré tan amable como hoy.

Solo me mira y se va, hago lo mismo porque en realidad en este momento no sé de qué soy capaz.

-Increíble, la que me caga es ella y el culpable soy yo -murmuro frente al espejo, que aún no han arreglado.

Al salir ni siquiera miro al conserje. Conduzco ofuscado a toda velocidad, estoy molesto, con ella, con la feminista y con todo el mundo, ¿qué mierda me quiso decir? Esa maldita duda es la que me da vuelta por la cabeza, no me deja en paz.

María José me llama y le digo que baje, está con un escote generoso, siempre ha sido una mujer exuberante, pero creo que esta vez exageró con el maquillaje.

-Mauri -me saluda con voz chillona y un beso demasiado largo-. Dónde estabas.

-Solucionando un asunto.

-¿De…?

-Mira, ha sido un día demasiado largo, quieres cenar, pues eso haremos.
Ante mis palabras se queda en silencio, subo el volumen de la radio y me concentro, o en realidad trato de concentrarme en el camino.
Nos sentamos al fondo del restorán, ni siquiera tengo hambre, solo la estoy escuchando hablar y hablar, hasta que de pronto me invade una duda.

-María José -detengo su monologo-, ¿cuál fue la razón por la que la señorita Andrade renunció?

-¿Cómo? -me pregunta, cuando sé que me entendió perfectamente, incluso parece un poco sorprendida.

-No eres sorda, no me hagas repetir la pregunta -respondo hastiado.

-Bueno, dijo por razones personales, pero por lo que escuché -dice acercándose demasiado, como si alguien estuviera atento a nuestra conversación, cosa que por supuesto no es así-, creo que se iba a trabajar a la competencia, nada más y nada menos que con Bernardo.

Aprieto la mandíbula, pero ni un músculo se me mueve de la cara.

-¿Te pidió una carta de recomendación?

-¡Sí! -exclama histriónicamente-, ya la tengo incluso preparada, mañana mismo se la hago llegar.

-No.

-¿No?

-No, yo hablaré personalmente con Bernardo.

-Pero…

-No estoy preguntando tu opinión, solo te lo estoy informando.
Ella sonríe como si nada, seguimos cenando hasta que de pronto me sorprende sentándose a mi lado.

-Mauri, creo que deberíamos hablar.

-Y no es eso lo que hemos hecho toda la noche -replico.

-No, de otras cosas, más… importantes.

Ahora el idiota que la mira asombrado soy yo.

-Creo que ya es tiempo de que dejes el luto por mi hermana, no es sano ni para ti ni para Sofía, creo que deberían formar una familia.

Vuelvo a mirarla sorprendido, pero no por eso sin entender a qué punto quiere llevar esta conversación. ¿Ella y yo? ¿Otra vez?

María José no se aparta, y eso me aclara completamente sus intenciones, mi primera reacción es rechazarla, pero a mi mente vienen esas imágenes de ella. Automáticamente pongo mi mano sobre su muslo, se deja, e incluso se apega un poco más.

Me separo un poco, ya no asombrado, sino que aturdido.

-Recordemos esos buenos tiempos, Mauri, donde nada nos importaba.

-No estamos en la universidad.

-Pero si lo estuviéramos créeme que me acercaría tu mano a mi pecho y yo acercaría la mano a tu…

Antes de que termine se lanza hacia adelante y sus labios tocan los míos dejándome completamente aturdido. Me besa, y sí, la dejo, hasta que yo mismo me doy cuenta de que esto no está bien. ¿Pero importa?

Con ansias su lengua recorre mi boca haciéndome saber lo caliente que se encuentra, y claramente a dónde quiere terminar.

-¿Te das cuenta lo que estás haciendo?-le pregunto separándome un poco,

María José respira agitada y ahora acerca su mano a mi pantalón.

-Sí, lo sé, y quiero terminar lo que acabo de empezar. ¿Nos vamos?

Directa y sin titubear me da la respuesta que seguro hace años me quería dar. La miro a los ojos y no encuentro esa luz de inocencia que me gusta tanto de Beatriz, pero claro, no es ella.

Sin mediar ni media palabra la tomo del brazo, tiro unos billetes sobre la mesa y caminamos al auto, ella se pega a mi lado como una lapa, se refriega enseñándome la parte que sobre sale de su cuerpo.

-Si estuviéramos en la universidad… -ronronea.

-Ya hubiéramos follado en el baño del restorán.

-Como en los viejos tiempos -sonríe excitada.

A eso no tengo nada que agregar, con María José siempre se trató de sexo y de mi satisfacción personal, nunca discutimos sobre un futuro y mucho menos conocimos una cama. Durante el trayecto no hablamos, y de pronto, sorprendiéndome, comienza a tocarme la entrepiernas, y a pesar de todo la siento, y ese órgano que es parte de mí, educado se yergue, cosa que provoca una sonrisa en sus labios.

-Voy conduciendo. Todavía no.

Igual que una niña pequeña refunfuña y se sienta correctamente, ni siquiera le pido que se ponga el cinturón. No me interesa.

Una vez en su casa, lo primero que veo es una foto familiar, y la verdad, es que ver a Soledad no me produce lo mismo que antes. Me acerco hasta tomar el marco, la miro con detención y me doy cuenta de la gran diferencia de sentimientos.

María José aparece por detrás poniendo las manos alrededor de mi cintura, al voltearme nuestros labios se juntan de nuevo, hasta que de pronto, sin saber por qué, la cara de Beatriz aparece en mi mente, su risa, su forma libre y su espontaneidad me invaden de recuerdos en cosa de segundos, e inconscientemente me hacen suspirar. Pero, ¿qué mierda hago yo pensando en esa zorra?

Cojo con fuerzas a María José y me la llevo al sillón, ella cae feliz, su pecho sube y baja cada vez más rápido. Está caliente y, aunque mi cuerpo reacciona completamente, una parte de mí no está aquí.

El siguiente rato lo pasamos tocándonos, y cuando ella es quien se desabrocha la blusa, me detengo.

-¿Qué pasa?-me pregunta jadeando.

-Nada -respondo levantándome al mismo tiempo que abrocho mi pantalón, no tengo ganas de darle explicaciones a nadie-. Me voy, es tarde.

-Pero…

-María José -suspiro-, compórtate como una mujer con dignidad.

Ante eso veo la rabia en su mirada, pero no me importa, me voy sin mirar atrás.

Al llegar a mi casa sigo igual de enfadado porque aún no puedo sacar a esa mujer de mi cabeza. Me acuesto y es peor. Supongo que la sicopatía que tenía dormida vuelve, y aun con más ganas. Sin importarme la hora, la llamo.

No contesta y amparado en la oscuridad de la noche le dejo un mensaje.

«A estas alturas no me sorprende ni espero nada de ti, pero espero que seas lo suficientemente mujer, si es que, claro, conoces esa palabra y controles a tus amigas. No dices que eres adulta, pues cuéntales la verdad.»

Espero como idiota un buen rato una respuesta, pero nada, y cuando me duermo ya es casi el amanecer. Lo único que me reconforta por la mañana es

Sofía que ha llegado a acostarse conmigo, me abraza por la espalda.
Después de llevarla al colegio, llego a la oficina. Carmen me mira diferente. Incluso Raúl.

Me sumerjo en el trabajo y en reuniones, el día pasa lento y debo reconocer que me estoy volviendo un poco loco, de vez en cuando he subido donde Agustín, y aunque sé que no la voy a ver, mi corazón se acelera.

Siento rabia, tanta, que aun ni siquiera puedo referirme a ella en términos normales, pero… las palabras de Francisca resuenan en mi cabeza, «acaso no la conoces».

Los días pasan uno tras otro y el cielo que antes tenía sol, ahora está nublado, incluso no para de llover. Supongo que debo estar un tanto irritable, casi nadie me habla, y no es que me interese, pero encuentro que todos son unos idiotas.

Tengo sobre el escritorio varias carpetas para revisar, y ni siquiera tengo ganas, pues sé, que seguro todas estarán malas. Debo centrarme, pero no puedo, no quiero. Con un gruñido animal le doy un golpe a la mesa para calmar en algo mi rabia, y justo cuando lo voy a volver a hacer, Agustín abre la puerta de mi oficina sin siquiera tocar. Se queda unos segundos mirando el desorden de papeles, no dice nada y avanza con unas hojas en la mano hasta sentarse en frente de mí.

-No puedo creer que hayamos perdido a dos clientes esta semana.

Lo miró detenidamente para que continúe, no estoy para juegos ni soy adivino. Él se pasa la mano por el pelo preocupado, incluso confundido.

-No te preocupes, ya volverán, no hay nadie que valga la pena en la competencia. ¿Quién domina mejor el mercado bursátil que nosotros?

-No es cosa de dominar, es cosa de arriesgarse y ganar.

-Mejor aún, los principiantes se tiran en picada, a veces tienen suerte, pero después caen y el golpe es tan fuerte que terminan por ser una bomba de tiempo para su compañía.

-No se trata de un principiante, es Bernardo quien está detrás de todo esto.

-¿Y te sorprende? -pregunto apretando el bolígrafo con fuerza, ese maldito siempre está tocándonos los talones.

-No me sorprende nada de Bernardo, sí de Beatriz Andrade.

Mi cerebro tarda más de lo normal en procesar lo que me dice, espero un momento para que no se dé cuenta que necesito más información, ¡pero por la mierda! Estoy tentado a sacarle palabra por palabra si es necesario.

-De la señorita Andrade -repito como tarado lentamente.

-Sí –me dice enseñándome unos documentos en donde aparece su firma con nombre y apellido, un par de transacciones impecables con visión de futuro.

-Está trabajando como asistente de Bernardo.

Respiro hondo y siento como las aletas de mi nariz se dilatan. Cierro los ojos un segundo para ocultar la rabia. Ese mal nacido me la está jugando. Esto es más una afrenta personal que laboral, nunca ha tenido asistente, ¿Por qué tendría que tenerla justo ahora?

-¿Desde cuándo?

-Supongo que desde hace unos días, estos informes son de ayer, pensé que ya los habías revisado-dice poniéndose de pie un poco decepcionado.

-Tenía todo planeado -resoplo golpeando la mesa nuevamente, ahora sí que me estoy descontrolando por la furia que siento, estoy a punto de quitarle los documentos y hacerlos mierda, como si eso sirviera de algo.

-Esperemos que sean solo estos dos clientes, y que el asunto no pase a mayores -habla para calmarme-. Lo que no entiendo es por qué teniendo aquí la posibilidad de trabajar directamente aceptó ser la asistente de Bernardo.

-Porque es una malagradecida -«Y una puta que quiere lamerle las bolas a su nuevo jefe».

-No lo sé, no me calza, estaba feliz, tenía proyección y era a lo que aspiraba.-Dice ahora caminando a la salida sin decirme nada más.

-¡Qué mierda hace Beatriz Andrade trabajando para Bernardo San Martín! –gruño exaltado desahogándome. Pero esto no se va a quedar así.

-Carmen –la llamo con rabia-, comunícame con Bernardo San Martín, ahora, ya.

-Señor Costabal, son las casi las seis de la tarde.

-¿Y usted se volvió reloj? ¿O está muy apurada por irse?

-No, cómo cree, es que…

-No me interesa, si quiere seguir sentada en ese puesto, comuníqueme con Bernardo, ¡entendió!

Qué ineptitud, pero me va a escuchar cuando esto termine. Pasan casi dos minutos que compruebo con reloj y del teléfono se enciende la luz roja que indica que tengo una llamada.

-Señor Costabal.

-Pásame a Bernardo.

-Eh… -titubea-, el señor San Martín dice que no tiene tiempo para hablarle, que va saliendo de la oficina y… que ya es viernes y… que son las seis.

-¿Y qué cresta tiene que ver el día y la hora? -gruño furioso apretándome el puente de la nariz y tomo una decisión.

Exactamente a las 06:05 cojo mi chaqueta y salgo dispuesto a aclarar un par de puntos con ese imbécil. Ni siquiera pienso en subirme a mi auto, así que con prisa camino esquivando a los peatones que aparecen en masa por la calle ¿de dónde sale tanta «gente»?

Mientras avanzo mi mente crea una y mil escenas para decirle.

Al llegar intento verme un poco más relajado, llego a la recepción con una sonrisa que sé que derrite a todas las mujeres.

-Buenas tardes, necesito hablar con Bernardo San Martín.

La recepcionista actúa tal cual lo he pensado, me dice que lo llamará con una gran sonrisa en los labios, y acto seguido se toca el cabello, ¿me está coqueteando? ¿Y así?

Después de unos segundos habla:

-No aparece agendada ninguna cita, señor -afirma mirando la pantalla de su computador.

-No tiene por qué aparecer agendada –ladro, incluso deja de tocarse el pelo-, es un asunto personal.

Ante eso no me dice nada y solo abre los ojos como si le hubiera dicho una barbaridad. ¿Por qué a la gente le molesta la verdad? ¿Qué le tiene que importar a ella? ¡Nada!

Baja la vista y luego de comunicarse con no sé quién, me habla en un tono demasiado bajo.

-El señor San Martín se acaba de retirar -murmura-, ¿quiere que le agende una cita para el lunes?

Ni siquiera me molesto en responderle, me doy media vuelta y salgo. Justo cuando voy a dar la vuelta a la esquina, lo veo y… ¡Qué mierda hace en su auto con Beatriz, y sonriendo!

Me quedo helado y la sangre empieza a hervirme, detengo un taxi y sin buenas tardes ni nada le pido que siga al auto gris que tiene delante, por el retrovisor el taxista me mira dudoso y le suelto:

-Su trabajo es conducir, ¿o tiene el auto de negro y amarillo porque le gustan los colores?

Ante eso deja de mirar y avanza a una distancia prudente. Casi a los veinte minutos se estacionan frente a un restorán.

¡De comida china!

Me bajo rápidamente sin ser visto, pero muy consiente que estoy pasando la raya de la sicopatía normal. Reconozco que la he seguido, ¿pero así? Jamás, antes al menos tenía un objetivo: follarla, en cambio ahora solo quiero humillarla. Y sin importarme nada los sigo, Bernardo la guía hasta una mesa y ella, sin problemas se deja tocar.

Porque eso es tocar con todas sus letras.

Se sientan y ella sonríe malditamente como a mí me gusta, iluminando todo, y él, baboso, la mira como si fuera un postre para degustar, pero eso sí que no imbécil, ese postre me lo voy a comer yo.

El lugar es como todos los restoranes chinos, lleno de rococó, dorado, dragones y chefs que no son chinos haciendo comida que los asiáticos ni siquiera comen.

Amparado en el anonimato que me da el acuario paupérrimo, lleno de peces estresados que nadan de un lado a otro, veo como él se ríe, y ella… también.
Cuando se suelta ese maldito “moño de vieja culiada”, se ve ¡preciosa! Por supuesto Bernardo lo sabe y toca un mechón que se le ha ido hacia la cara.
¡Por la mierda! Estoy a punto de pararme, pero la camarera me entrega el menú, solo pido agua.

Beatriz come con la cabeza gacha, en tanto Bernardo habla y habla, hasta que de pronto, ella coge su mano y con una sonrisa en los labios algo le dice, él asiente positivamente y se levanta de la mesa.

¡Lo abraza! ¿Pero por qué?

Estoy furioso, seguro esa zorra hará con él lo mismo que hacía conmigo, y cuando deja la servilleta sobre la mesa lo compruebo de primera mano. Él pasa la mano por su hombre y así salen del restorán.

Espero un poco, y los sigo hasta que suben al auto.

Ningún maldito taxi aparece ahora, pasan varios minutos hasta que llega uno.

¿Qué estás haciendo Costabal?, ¡qué mierda estás haciendo!

Al llegar a su edificio me aseguro que haya llegado, y lo compruebo cuando veo la luz encendida. Durante varios minutos intento calmarme, hasta que como si fuera una señal el conserje sale de la recepción.

No quiero que me anuncien, no quiero que sepa que estoy aquí, quiero pillarla infraganti y gritarle todo lo que pienso de una zorra como ella.

Porque como que soy Mauricio Costabal me va a escuchar.

Por unos segundos me quedo frente a la puerta y escucho que está cantando algo así como “Que triste es asumir el sufrimiento. Patético es creer que una mentira. Convoque a los duendes del milagro que te hagan despertar enamorada”.

Cuando me decido a tocar, ella grita voy, y se oye un tanto enojada, seguro es porque la interrumpo.

-Bernardo, te dije que… -son las primeras palabras que escucho, su tono de voz es único, y a pesar del odio que siento hacia ella un escalofrío recorre todo mi cuerpo, incluso se me acelera el corazón.

-Buenas noches, señorita Andrade.

Ella cierra los ojos un momento y se afirma del canto de la puerta. Claramente no esperaba que fuera yo.

-¿Mauricio? -balbucea con asombro al tiempo que retrocede dos pasos, como si me temiera-. ¿Qué… qué haces aquí? -pregunta con las mejillas absolutamente coloradas y la respiración agitada.

-Claramente no me esperabas a mí.

-No esperaba a nadie.

-Entremos -ordeno, y ella sí que se pone nerviosa, y es así como yo la quería pillar.

Al hacerlo, noto que parece que aquí ha pasado un huracán, nada está en su sitio, ni siquiera ese par de gatos salen a recibirme. ¿Los habrá echado a la calle?

-Disculpa el desorden… -responde apenada mientras yo la miro detenidamente, no es que no la vea hace tanto tiempo, pero en estos casi diez días está diferente, más delgada y un par de ojeras que antes nunca le había visto. Aunque un detalle en sus manos me llama la atención, siempre llevaba las uñas largas y pintadas, ahora las tiene cortas y naturales-. ¿Qué haces aquí?

-Esta tarde acabo de descubrir toda la verdad.

-Quién…, quién más lo sabe.

-Nadie, era justo que fueras tú la primera en enterarte, ¿no crees? -suelto irónicamente esperando un sentimiento de culpa, de miedo, ¡de arrepentimiento! ¡Pero nada!

Incluso una gran sonrisa ilumina su rostro, cuando me abraza, me quedo realmente petrificado y aunque mi primer instinto es apartarla, me quedo ahí, sintiéndola.

Sus brazos envuelven mi cuerpo y los míos devuelven el gesto débilmente.
Maldita sea, sentirla así, como si fuera una niña inocente, sin culpa alguna, hace que mi cuerpo reaccione de una manera diferente, con ímpetu, con unas ganas incontrolables de tocarla y hacerla mía, que sepa quién soy yo.

Cuando me separo, ella tiembla, y no precisamente por emoción, y es así como te quiero tener, tenme miedo Beatriz Andrade.

Mi maldito corazón se acelera y por supuesto esa necesidad primitiva que siento con ella empieza a nublarme la razón, con brusquedad la cojo de la barbilla para que me mire, y… la beso.

Me odio al mismo tiempo en que me la estoy devorando, ese olor tan característico que tiene me llena los pulmones del mejor embrujo que una mujer puede tener. Como si ya nada de mí fuera racional, comienzo a besarle el cuello apartando las ganas que tengo de humillarla y dejo de pensar.

Con brío le arranco la ropa, y ni siquiera me molesto en ir a su habitación, estoy furioso y excitado a partes iguales. La rabia y el recuerdo de la traición hacen que parezca un cavernícola a punto de saciar sus necesidades básicas sin pensar en nada y mucho menos en nadie… en ella.

No me molesto en quitarme la ropa, solo me bajo el pantalón. Sí me preocupo de que ella se quite absolutamente todo. La quiero desnuda enteramente para mí. Sin esperar ni un segundo más, la doblo sobre la mesa botando al suelo todo lo que me molesta, y sin pensar si ella está preparada la penetro con fuerza, tragándome el gemido de placer que siento.

Soy brusco, lo sé, incluso ahora debería ser más delicado, al menos así me lo indican las manos empuñadas de Beatriz y los jadeos que me entrega son una mezcla de dolor y placer. Una y otra vez sigo penetrándola sin contemplaciones, obligándome a cerrar los ojos para no pensar y concentrarme porque sus gemidos me harán perder el control en cualquier momento. Su respiración agitada, los temblores de su cuerpo me avisan que está a punto de llegar al clímax, pero eso sí que no se lo voy a permitir. Con una mano le hago una cola en el pelo y la galo hacia atrás al mismo tiempo que me dejo ir con brutalidad.

A pesar de que ya no doy más, continúo, una… dos, y tres veces más llegando con dolor a ese punto cúlmine que me debería hacer tan feliz. Y me retiro, sin esperar que ella sienta lo mismo que yo.

Beatriz, agitada se gira y me observa enojada, esta mujer es una mezcla perfecta de mi paraíso y de mi infierno, pero esta vez señorita Andrade, a mí no me interesa ser Dios.

Necesito calmarme, ni una ducha con agua congelada me enfriaría ahora, le sonrío sarcásticamente controlando mis verdaderas emociones.

-Por qué te detuviste -quiere saber acercándose como una gata en celo, sudada, colorada y con los pezones erectos, listos y pidiéndome una segunda batalla. Una que ya no me apetece combatir.

-Porque ya tengo lo que necesitaba -respondo subiéndome el pantalón.
Sin importarle mis palabras, se acerca y acaricia mi rostro con delicadeza, y yo giro para mirar hacia otro lado.

-Mírame, mi vida, por favor -ruega con voz culposa-. Te he extrañado tanto.
Esa palabra es la que me hace click en el cerebro, la tomo del brazo y la empujo hacia el sillón lleno de ropa, y otras cosas.

-¿Así mismo has disfrutado con Bernardo? -murmuro pegando mis labios a los suyos-, ¿o es que con él solo no te basta? -le recrimino ante su mirada confundida.

-¿Qué acabas de decir?

-No eres sorda, Beatriz –le respondo apartándome de ella, mirándola con verdadero odio.

-¡Soy solo su asistente! -se justifica intentando pararse, pero no la dejo-. ¡Necesitaba un trabajo!-chilla cubriéndose con el cojín, como si eso fuera un escudo.

-En realidad, tienes razón, necesitas un trabajo que cubra tu verdadera identidad y no te haga tan mal para la reputación de prostituta. ¿También tienes un carnet de sanidad? Al menos así me aseguro de no tener ninguna infección.

Beatriz no habla, solo me mira con la misma expresión que tiene un conejo antes de ser atropellado, no sabe qué decir, y eso me molesta aún más.

-Dime, ¿cuánto le cobraste al tipo de la discoteca? Porque me imagino que a Bernardo no le cobras, solo necesitas engatusarlo para subir de puesto, igual como lo hiciste conmigo, ¿verdad?

-¡¿Qué mierda estas diciendo?!-grita indignada.

-La verdad, y nada más que la verdad -comento tranquilamente, o al menos aparentándolo, porque estoy a punto de estallar ante su cara de mentirosa profesional ofendida-. Pero como ya no trabajas para mí, estoy dispuesto a pagar un precio justo por ti, en el momento en que yo quiera.

-¿Me estás diciendo puta? -suelta haciéndose la ofendida, incluso de su cara colorada a punto de estallar se le cae una lagrima. ¡Qué buena actriz!

-Perdón, tienes toda la razón -digo-, decirte puta es ser benevolente y ofender a esas mujeres que lo hacen por dinero, lo que tú eres es una zorra que disfruta del sexo como una cualquiera para tener dividendos, te aprovechas de lo que tienes entre las piernas.

-Eres un verdadero cabrón, un hijo de puta resentido. ¡Cómo te atreves a decirme una cosa así!

-¡Porque lo vi! -le escupo con odio-. ¡Y dos veces!

-¿Me viste, Mauricio? ¿Me viste en la cama con ellos? –me interroga haciéndose la víctima, cosa que se le da bastante bien, teatro debería haber estudiado esta mujer.

-No necesitas de una cama para revolcarte con alguien, te conozco.

-¿Me conoces? -responde decepcionada, como si el culpable fuera yo.

-Porque te conozco puedo dar fe que seguro ha sido así, ¡las cosas te pasan por caliente!

-Si piensas así de mí, ¿por qué acabas de hacer el amor conmigo?

Suelto una risa tan sarcástica, tan ronca y con tanta rabia implícita que parece demoniaca, la miro fijamente a los ojos y respondo:

-¿Hacer el amor? Quién te dijo a ti que yo te hice el amor, es más, ni siquiera se puede decir que te follé. Simplemente me quite las ganas y tú fuiste solo un medio para un fin. Ya estoy adulto para masturbarme como un adolecente. ¿No crees?

-¡Eres realmente un verdadero CSM! -grita histérica-. ¡No entiendes nada, estás ciego, ciego por tu rabia y porque te compadeces a ti mismo sin ser capaz de ver lo que pasa en realidad! –afirma, levanta la mano y me cruza la cara de una bofetada que me toma por sorpresa.

-Pero así es como te gustan los hombres, no creo que tu nuevo jefe sea muy diferente a mí -respondo tomándola del brazo, sé que es desmedida mi fuerza, y al notarlo aflojo mis dedos sino, sería capaz de hacer cualquier cosa-. No tuviste ni siquiera respeto por la empresa que te abrió un nombre en el rubro -la suelto, antes de que esto pase a mayores-. ¿Tantas ganas tienes de ser alguien en esta vida que ni siquiera te importan los valores?, ¡y los sentimientos de los demás!

-¡No hables de lo que no sabes! -exclama indignada y furiosa-. ¡No entiendes nada! Eres un maldito ciego que no quiere ver la realidad aunque la tenga enfrente.

-La realidad es la que yo sé que he visto, el resto me importa una soberana mierda. Mientras te acostabas conmigo, ¿también te revolcabas con otros?

-Soy una mujer decente -reclama defendiendo ahora su integridad.

-Ah, perdón, santa Beatriz debo llamarte ahora, ¿te prendo velas también?

-¡Se acabó! Me importa una mierda lo que te pase de ahora en adelante, averigua la verdad y luego si tienes algo dentro de esa cabeza podrás juzgar.

-No necesito saber nada porque sé lo que ven mis ojos, lo único que te advierto es que si vuelves a quitarnos a un solo cliente te voy a hacer mierda la carrera, ni siquiera de recepcionista podrás trabajar, y todo por lo que has luchado a punta de sexo se te irá a la mierda.

-No tienes idea de lo que dices -me acrimina llorando, su cara está completamente húmeda, sus ojos rojos, su cuello marcado con pequeñas pintitas.

-¿Acaso es mentira lo que he dicho, existe otra verdad?

-Ya no me interesa explicarte nada más, y de lo único que me arrepiento, es de cuanto me equivoqué -dice mirándome a los ojos, y cuando yo lo hago noto algo diferente, no es ella la que habla, es como si no… tuviera vida en sus palabras-. Vete y no me hables nunca más. Sé feliz Mauricio.

-Tienes toda la razón, esto se acabó antes de comenzar, jamás debí confiar en una mujer como tú. Cuando te veo, solo recuerdo lo que hiciste.

-¡Sal de mi casa! ¡No quiero verte nunca más!

-¡Yo aún no he terminado! -gruño.

-¡Pero yo sí! Y aunque me duela el alma reconocerlo, yo sí te amaba y estaba dispuesta a cambiar mi vida para unirme a la tuya y a la de Sofía.

-Mentirosa -gruño empujándola con brusquedad.

-Ya no me importa lo que creas -habla con voz baja, lacerante para mis oídos-.

Lo único que sé, es que en realidad, no me conoces.

-Estás en lo cierto, no te conozco, no ahora, tú no eres ni la sombra de la mujer de la cual yo me enamoré -confieso apenado con la vista acuosa-. Te di todo lo que pude darte, te abrí mi corazón, mi casa y mis sentimientos más profundos, ¿y tú qué hiciste? Los hiciste mierda como la zorra arribista y calculadora que eres.

-¡Fuera! -grita ahora sí que muy desesperada, avanzando hasta la puerta para abrirla, ¡y ni siquiera se ha puesto ropa!

-Y quiero que una cosa te quede clara, Beatriz Andrade -espeto mirándola detenidamente-. Los favores los pago y las traiciones las cobro, y esta deuda, no está ni remotamente saldada.

Descontrolada me grita por enésima vez que me vaya, y esta vez antes de poner un pie en el pasillo ella da un portazo que retumba en todo el rededor.

Me quedo un segundo para recomponerme y lo que escucho me llega hasta lo que yo creía que no poseía.

Al alma.

Beatriz llora desconsoladamente con sollozos que se pueden escuchar a través de la madera…

¿Y si me equivoqué? ¿Y… si hay algo más?

No. Imposible, no estoy ciego y sé lo que vi, es una zorra trepadora que solo le importa su beneficio personal.

Mientras camino de vuelta a la oficina para retirar mi auto, siento que el estómago se me retuerce cuando recuerdo su llanto, despejo la idea de mi cabeza y continuo mi camino.

Yo soy Mauricio Costabal, y ninguna mujer va a jugar con mis sentimientos.

Ya no, nunca más…

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