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Redes Sociales: un espacio para el control en el marco de la violencia de género

por 19 mayo, 2020

Redes Sociales: un espacio para el control en el marco de la violencia de género
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El año 2018 el Instituto de la Mujer dio a conocer los resultados del estudio “Amores Tempranos. Violencia en los pololeos en adolescentes y jóvenes en Chile”, realizado gracias al apoyo de la Unión Europea. Este estudio inédito y único en el país concluyó en una de sus líneas de investigación cómo las tecnologías de comunicación e información, y especialmente las redes sociales, se han convertido en un espacio para ejercer la violencia, a través del control, en parejas jóvenes.

Lo anterior resulta preocupante en el actual contexto de cuarentena, en que ha aumentado el uso de redes sociales para teletrabajo, estudio o entretención. Por lo cual se hace necesario conocer cómo funciona este mecanismo de vigilancia.

En los testimonios entregados por los jóvenes acerca del uso de las redes sociales emergió el discurso sobre “la confianza” en la pareja, en un marco de “amor romántico” y relaciones marcadas por la jerarquía y el sentimiento de posesión sobre la otra persona, deslizándose hacia prácticas de control y merma de espacios de autonomía. Especialmente en el caso de las redes sociales estar “siempre encima” de la otra persona parece ser una tendencia.

Tanto en entrevistas como en los grupos focales se constató la práctica reiterada de revisión de los teléfonos celulares y las redes sociales, con consentimiento de las parejas o no. A pesar de que algunos lo calificaron como “intolerable”, pues se reconocían como intervenciones explícitas de la privacidad y por tanto parte de las formas de control, éstas prácticas constituyen algo demasiado frecuente o común.

 

La reiteración y naturalización se unen para invisibilizar estás prácticas como actos de dominación. En una visión casi extrema, aunque no aislada, los jóvenes argumentaron que pueden constituir “una demostración de amor” y de “preocupación”. 

Así, solicitar claves de celulares y de redes sociales y revisarlas con o sin aprobación, constituyen formas de control y ejercicios de violencia, no obstante no es un asunto claro para el común de las personas adolescentes y jóvenes. De hecho, junto a las posiciones de rechazo se encontraban otras que lo asumían como “parte del vínculo afectivo”, sin cuestionamiento alguno y también aquellas que lo validaban en el marco de ciertos límites.

Permitir que la otra persona acceda, mire, revise computadora y celular, las plataformas como Instagram o Facebook, es una demostración, una prueba de que nada se esconde, en definitiva una suerte de acto de transparencia y una versión actualizada de la otrora “prueba de amor” que tenía un componente sexual.

Cómo opera el control

Los tipos de control en redes sociales, identificados por este estudio, se dan en los ámbitos del “discurso de la confianza” y la “vigilancia potencial”, normalizando y naturalizando las prácticas cómo: pedir y entregar claves de correo electrónico, de redes sociales y de teléfono celular. Revisar con o sin consentimiento mensajes enviados y recibidos en el correo electrónico; en el teléfono celular se indaga aplicaciones como WhatsApp, además de las llamadas realizadas y recibidas. Se controla que los mensajes y llamadas sean respondidos a la brevedad, se verifica la última hora en que se revisó mensajes, además de la ubicación y localización, identificando lugares y horas.

En las redes sociales también se revisan los comentarios y emoticones enviados y recibidos, los me gusta emitidos y recibidos, las fotografías publicadas verificando con quién está en la imagen y qué comentarios que se recibe, a quién se acepta como nueva amistad, y si se hace explícito el que se está en pareja o que se encuentra en una relación.

La reiteración y naturalización se unen para invisibilizar estás prácticas como actos de dominación. En una visión casi extrema, aunque no aislada, los jóvenes argumentaron que pueden constituir “una demostración de amor” y de “preocupación”. En la necesidad de vigilancia de ese “otro que es mío” o de “esa otra que es mía”, llevando a que no sólo se censuran amistades, comentarios, conversaciones, sino que también se urden estrategias fiscalizadoras.

Todo lo anterior permite evidenciar que el uso que se hace de las redes sociales yace en un lenguaje particular. Desde esta visión “la infidelidad” no pasa exclusivamente por el contacto físico, sino por “declarar”, aunque sea mediante un emoticón publicado en las redes sociales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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