Yo opino
Hacerse parte
Una amiga cordobesa, cuando iba camino a la marcha por Agostina el pasado miércoles, me mandó un audio de Whatsapp contándome que esta vez, la convocatoria no era separatista, es decir: los hombres eran bienvenidos a marchar. Me pareció bien. Antes estuve de acuerdo en que las marchas feministas, especialmente el 8M, fueran terreno exclusivo de mujeres, pues era EL día del año para tomarnos las calles libremente y para quien quisiera ir en tetas, pudiera hacerlo sin peligro; y quien andaba marchando a escondidas del marido, también. Además del hecho no menor, de que muchas mujeres se encontrarán con sus abusadores en medio de las consignas del “No es no”.
Ya ha pasado tiempo de eso: seis años de aquel 8M masivo, post estallido, días antes de ser encerrados por la pandemia, cuando una ola feminista cubrió no solo la Alameda, sino que Santiago Centro completo. Y a casi siete del fenómeno de Las Tesis, pienso no podemos seguir separando a los hombres de la lucha, pues para cambiar las cosas, necesitamos a la sociedad completa.
Pero la participación es mucho más profunda que salir a las calles indignados. Se trata de un compromiso diario con los derechos de las mujeres. Los últimos casos de violencia machista han estado rudos: el Papito Corazón que veía a su hija ocho horas al mes y decidió irse a dormir una siesta, dejando a la niña de dos años sola en una habitación de un décimo piso, sin red y con la ventana abierta. La niña cayó al vacío. El abogado defensor declaró que la madre era culpable, pues sabiendo de la ausencia de redes protectoras, igualmente permitió a la hija pasar tiempo con su progenitor. Porque la culpa siempre la tendrá la mujer, no importa el contexto.
En Brasil, un tipo apuñaló 40 veces a una chica del gimnasio, por negarse a salir con él; luego, se viralizaron varios videos de hombres compartiendo maniobras violentas para afrontar rechazos. Y la academia de la violación, descubierta por las periodistas de CNN, revelando que 60 millones de hombres visitan mensualmente el sitio web “MotherLess” para intercambiar tips, y así drogar y violar a sus parejas dormidas. El Caso Pelicot no era un hecho aislado perpetrado por un monstruo, sino una práctica cultural que cada tanto arroja nuevos sitios de este tipo en Europa, y es cuestión de tiempo para que se descubran también en Latinoamérica y el resto del mundo.
Leo los comentarios de estas noticias a hombres defendiéndose “No todos somos así”. Me gustaría saber su opinión al respecto. Ver a los #NotAllMen actuar, enojarse. Denunciar, apuntar con el dedo. Incomodarse mientras afrontan a su Manada. Tomando partido. Hace unas semanas se viralizó el video de un influencer argentino diciendo “si tenés un amigo que no les compra útiles o comida a sus hijos y se borró, no podés seguir invitándolo a los asados, al fútbol o a la cancha”. Tal cual: si no estás de acuerdo, si tú no lo harías, si “NotAllMen” es tu postura ¿por qué entonces sigues compartiendo con alguien tan contrario a tus principios y valores?
¿Y qué hay de los cursos sobre las nuevas masculinidades? Enseñan a los hombres a sensibilizarse y a conectar con sus sentimientos. Desmitifican la pena y el llanto, invitándolos a experimentar emociones más allá del enojo y la frustración. Entonces imagino a muchos hombres comprendiendo que también son víctimas del patriarcado, oprimidos por un sistema donde no pueden mostrarse vulnerables. Pero amigarse con la sensibilidad y lo emocional, conlleva una tarea más profunda aun: el aceptar perder privilegios haciéndose cargo de lo doméstico, y también de los cuidados.
Entonces me encontré con esta modelo que en otro video criticaba lo innecesario de dichos cursos, además, impartidos por hombres. “Dejen de comprar cursos, yo se los digo gratis”, decía y continuaba, “¿Saben lo que tienen que hacer para que se les aumente la testosterona? Escuchar a las mismísimas mujeres (…) que llegue tu mujer a la casa y no tenga que preocuparse de nada. Te lo juro, te ganai a tu mujer (…) es mucho más sencillo de lo que parece: es un tema básico de ser funcional”. Tiene razón, es bien simple, pero requiere dejar de lado el ego: escuchar, procesar y actuar. Pero no se trata solo de lavar los platos, cocinar o no violar a tu pareja drogada. Pagándole a una empleada horas extras los sábados, quizás cumplen con su aporte doméstico a la casa… pero va más allá, pues esa mujer volverá a su hogar, después de hacer su trabajo, y el fin de semana se lo pasará limpiando el caos no resuelto del marido en su propia casa. Alimentando y cuidando a los críos, mientras su pareja mira el futbol en la tele.
Es un cambio cultural que requiere ensuciarse las manos, limpiar la propia mierda, hacerse cargo. Pues para poder comprenderlo y empatizar, es necesario vivir en carne propia los cuidados, el trabajo doméstico y la carga mental: ser parte del chat de apoderados, llevar al niño o niña al pediatra, sacar hora al dentista, comprarle el disfraz por mercado libre, pasar a comprar la cartulina verde o el jugo para la convivencia después de la pega. Cambiar las sábanas. Pasar la aspiradora debajo de la cama. Quizás si los hombres experimentan malabarear mil cosas y sentirse desbordados, puedan saber de qué va todo esto. Que la casa y los hijos se llevan, mínimo, de a dos.
Otros alegan sobre nuestra pésima manera de pedir las cosas, “pidiendo así de enojadas, no lograrán nada”. Resulta irónico que quienes no pueden gestionar sus propias emociones, exijan lo contrario a mujeres cansadas de pedir y pedir, invisibilizadas por siglos, cargando una injusticia ancestral en la piel y en los genes. Pero contradiciendo lo que muchos hombres creen, no conozco a mujeres que busquen gobernar a sus parejas. Muy por el contrario, quieren un partner, un socio que gerencie con ellas. Planear, proponer temas, adelantarse, resolver. Simplemente buscan adultos que actúen, sin necesidad de que les pidan nada.
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