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El fin de la guerra en Irán y los ecos del Tratado de Versalles
Lo que adversarios globales como Rusia y China están observando es que la principal potencia occidental ha determinado que no está dispuesta a pagar los costos de modificar la conducta de un peligroso enemigo.
Cuando se firmó el Tratado de Versalles en 1919, este se presentó como la base de una paz duradera para Europa. Woodrow Wilson imaginaba un nuevo orden internacional sustentado en la autodeterminación nacional, la cooperación multilateral y la recién creada Liga de las Naciones.
Sin embargo, varios observadores rápidamente advirtieron que el tratado contenía las semillas de futuros conflictos. El economista John Maynard Keynes, en The Economic Consequences of the Peace, sostuvo que las reparaciones impuestas a Alemania eran económicamente inviables y políticamente desestabilizadoras.
Décadas más tarde, historiadores como A. J. P. Taylor y Margaret MacMillan concluyeron que Versalles creó un contexto de resentimiento nacional, revisionismo territorial y fragilidad institucional que sería posteriormente explotado por Adolf Hitler. Versalles fue un acuerdo concebido para cerrar definitivamente una guerra, pero terminó generando las condiciones políticas y psicológicas que harían posible la siguiente.
Es poco probable que Donald Trump haya estado consciente del simbolismo de Versalles cuando se sentó en el palacio francés a firmar el acuerdo que sentaría las bases para el fin del conflicto con Irán. Pero uno no puede sino recordar las lecciones de hace un siglo.
El gobierno de Donald Trump ha presentado el acuerdo como un ejemplo de pragmatismo y liderazgo. La alternativa, dice, hubiera sido una prolongación de las tensiones regionales, más incertidumbre para los mercados y el riesgo de una escalada militar con consecuencias imprevisibles. En este contexto, optar por llegar a un acuerdo parece políticamente comprensible.
El acuerdo claramente responde más a las necesidades domésticas de Estados Unidos que a un agotamiento militar iraní. Trump enfrenta un escenario político complejo, con elecciones de medio término, polarización doméstica, y una base política (MAGA) que nunca estuvo muy convencida de la conveniencia de este conflicto. Sin embargo, el hecho de que una decisión sea políticamente conveniente no implica necesariamente que sea una victoria estratégica.
La publicación del texto del acuerdo permite comprender mejor por qué ha generado tantas dudas. El acuerdo contempla un proceso gradual de alivio de sanciones, la reanudación de exportaciones petroleras, el desbloqueo progresivo de activos congelados (sumando miles de millones de dólares) y un programa de reconstrucción económica para Irán. Después de años de presión económica, aislamiento financiero y sanciones internacionales, el régimen obtiene acceso a recursos que pueden contribuir a estabilizar su economía y fortalecer su posición interna. Implica, entre otras cosas, el abandono absoluto de los manifestantes que arriesgaron (o dieron) sus vidas para exigir mayor democracia en la república islámica.
Las concesiones iraníes, sin embargo, quedan pendientes. El documento establece un período adicional de negociación para abordar los aspectos más sensibles de la cuestión nuclear. Temas como el enriquecimiento de uranio, la infraestructura nuclear y las limitaciones permanentes sobre capacidad nuclear están sujetos a futuras negociaciones. En otras palabras, los beneficios económicos comienzan a materializarse ahora.
Limitar la capacidad agresiva de Irán –el motivo original de la guerra– queda pendientes. Por ahora la capacidad iraní –militar, regional, doméstica– queda intacta y en lo económico sale incluso fortalecida.
Al lograr estas concesiones, al sobrevivir este conflicto y las sanciones, aislamiento diplomático, protestas populares y profundas dificultades económicas que lo antecedieron, Irán emerge con una narrativa fortalecida. La república islámica no ha renunciado a su proyecto revolucionario. No ha abandonado su aspiración de jugar un papel dominante en Medio Oriente. No ha renunciado a su deseo de hacer desaparecer a Israel. No ha desmantelado las redes de influencia que ha construido durante décadas ni ha modificado sustancialmente el lenguaje político mediante el cual define su relación con el occidente.
Sun Tzu observó hace más de dos mil años que “la suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir”. La frase nos recuerda que en guerra rara vez se destruye completamente al adversario, sino que se espera poder cambiar su comportamiento. Hay poco en el acuerdo actual que indica que Irán hará eso. Más bien, parece haber ocurrido lo contrario.
Estados Unidos comenzó este proceso con metas ambiciosas. El discurso de Trump apuntaba a restringir la capacidad regional iraní, limitar su proyección de poder e incluso lograr un cambio de régimen. Durante las primeras horas y días, con la decapitación de los altos liderazgos iraníes, parecía que EE.UU. iba a logar sus objetivos.
Sin embargo, Irán rápidamente aplicó la estrategia con la cual comenzó su revolución: la del rehén. Esta vez no tomó rehenes humanos, sino que aplicó la estrategia al Estrecho de Ormuz, efectivamente tomando a la economía mundial como rehén. El precio del petróleo subió un 30%. Una de las razones que Trump dio para firmar el acuerdo: al mundo le quedaban unas cuatro semanas de reservas de petróleo. Irán no ganó militarmente, sino que aplicó “la suprema excelencia” de Sun Tzu.
Para Trump la negociación terminó siendo un trade-off entre la economía global (y sus efectos sobre las elecciones legislativas de noviembre), y el papel que pueda jugar Irán en la región. Para Trump era un cálculo electoral, pero para la región es una cuestión de supervivencia. La guerra mostró la realidad del Medio Oriente: un conflicto que tiene por un lado a Irán y sus aliados (Hezbolá, Hamas, Qatar) y por el otro a Arabia Saudita, los Emiratos Árabes e Israel (y, más recientemente, el gobierno libanés, que ha estado intentando liberarse de Hezbolá).
El acuerdo, entonces, está siendo interpretado si no como una traición, a lo menos como una señal de distanciamiento entre Washington y sus aliados regionales, especialmente Israel. Durante años, Israel sostuvo que la amenaza iraní requería una estrategia de contención y que cualquier acuerdo debía impedir que Teherán utilizara los beneficios económicos para fortalecer su capacidad nuclear. La sensación hoy es que esas preocupaciones han quedado subordinadas a las consideraciones políticas de Trump.
Pero el punto más relevante no es que un aliado histórico se sienta abandonado. Lo que adversarios globales como Rusia y China están observando es que la principal potencia occidental ha determinado que no está dispuesta a pagar los costos de modificar la conducta de un peligroso enemigo.
Durante el último cuarto de siglo, a partir de Irak y Afganistán, EE.UU. ha perdido la voluntad de continuar funcionando como guardián de la paz. Es el fin de la Pax Americana. Irán es una indicación más del cambio en la disposición estadounidense de mantener objetivos estratégicos de largo plazo. Así, nuevamente se sientan las bases para un futuro conflicto.
No solamente Israel, sino que los países árabes, Taiwán, la OTAN, Canadá y otros toman nota. EE.UU. ha demostrado ser un aliado poco confiable, que no solamente no logra cumplir sus extravagantes promesas, sino que, ensimismado por divisiones internas, distraído por la farándula en TikTok y Washington, dominado por un puñado de billonarios, y superado económicamente por un país que tiene un PIB per cápita que no supera un quinto del suyo, está optando por retirarse del mundo.
Eso es lo que se logró en Versalles. Eso, y tal vez algunas ideas sobre cómo decorar la Casa Blanca.
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