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IA, los hombres deciden Yo opino

IA, los hombres deciden

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Laura Quintana
Por : Laura Quintana Periodista. Coach Ontológico, y Mentora. Experta en Comunicación Estratégica, Cambio Organizacional y Liderazgo.
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Nos dijeron que la inteligencia artificial vendría a hacernos la vida más fácil. Nadie nos preguntó si la queríamos, y menos nos preguntaron a las mujeres.

Basta mirar quién la construye. Según el Informe Global de Brecha de Género 2026 del Foro Económico Mundial (WEF), las mujeres representamos solo el 19,3% de quienes trabajan en ingeniería de IA y tendemos a concentrarnos en la anotación de datos, uno de los roles peor pagados del sector. Además, datos de LinkedIn indican que en 27 países las mujeres ocupamos apenas el 13% de los cargos ejecutivos C-suite en empresas de IA. Por su parte, ONU Mujeres estima en 22% nuestra presencia entre profesionales del área y en menos de 14% en cargos senior. Y aunque ocupamos cerca de dos tercios de los puestos en recursos humanos, no llegamos ni a una de cada diez en direcciones de tecnología (CTO).

Las cifras, sin embargo, son solo el síntoma. Lo que está en juego es una pregunta de fondo que el feminismo lleva décadas haciendo: ¿quién decide qué es importante y quién queda fuera del cálculo?

La perspectiva de género no es una cuota. Es una forma de mirar que pregunta quién construye, quién decide, quién se beneficia, quién paga el costo y quién no aparece en el relato. Y no basta con que haya mujeres en la mesa: también existen mujeres que representan y perpetúan la visión patriarcal. Lo que hace falta es que alguien -mujer u hombre- incorpore esa mirada en los espacios de decisión, no para imponerla, sino para que deje de ser invisible.

Mientras esa mirada falta, el costo cae, como siempre, sobre nosotras. Saadia Zahidi, del WEF, ha advertido que los roles que la IA transforma tienden a ser aquellos donde históricamente se han concentrado las mujeres, en especial el trabajo administrativo y de oficina que durante décadas nos dio medios de vida estables.

Según el propio Foro, representamos el 57% de quienes trabajan en ocupaciones altamente expuestas a la IA generativa. En América Latina el panorama es similar: el índice ILIA de la CEPAL indica que solo el 23,6% de quienes investigan sobre IA en la región son mujeres.

A esto se suma que usamos estas herramientas aproximadamente un 20% menos que los hombres, por lo que enfrentamos el riesgo de desplazamiento sin acceder a la ventaja competitiva. No es lo mismo que te reemplacen a que te potencien.

La promesa de que la IA nos liberaría tampoco se cumple de manera pareja. En mi propio oficio, el periodismo, quien antes escribía una nota hoy también saca la foto, edita el video y alimenta las redes. Se llama «productividad», pero muchas veces es sobreexplotación.

En nuestra región la historia ya se está escribiendo. OpenAI y Amazon Web Services han anunciado su intención de invertir miles de millones en centros de datos en Chile y Argentina, mientras que en Ecuador ya se utiliza software de vigilancia e IA en las fronteras.

En Europa rigen estándares de regulación más altos; aquí, los gobiernos buscan abrirse al mercado. ¿Cuántas mujeres estuvieron en esas mesas de negociación? ¿Quién evaluó qué significa esto para nuestros cuerpos, nuestros datos y nuestros territorios? El sesgo no es una posibilidad futura; es presente. ONU Mujeres analizó 133 sistemas de IA y detectó sesgos de género en el 44% de ellos.

Junto con los datos, está el relato: de dónde venimos y cómo nos cuentan. Un estudio reciente sobre más de 12.000 noticias de prensa chilena entre 2020 y 2025 reveló un patrón claro: los hombres aparecen como los creadores de tecnología y los tomadores de decisiones, mientras que a las mujeres se nos vincula mayoritariamente a la educación, la ética, la regulación o el cuidado. Si las voces que cuentan la historia son pocas y se parecen entre sí, la historia que se cuenta se vuelve norma. Lo que no se nombra no existe, y lo que se repite se vuelve sentido común.

Por eso preocupa lo que empieza a ser discutible en la esfera pública y digital. En junio de 2026, voces vinculadas a la cumbre de mujeres de Turning Point USA respaldaron la idea del “voto familiar” o voto por hogar, en el que un solo representante (tradicionalmente el jefe de hogar) ejercería el sufragio. Aunque no existe ninguna iniciativa legal formal y la Decimonovena Enmienda protege el voto femenino en EE. UU., estas opiniones no son anécdotas: son señales. Los derechos de las mujeres nunca están grabados en piedra. En Chile, por ejemplo, votamos con plenitud recién en 1949, y en cada crisis o cambio tecnológico radical, la autonomía femenina es de lo primero que se cuestiona.

Mientras tanto, los algoritmos premian lo que genera enganche, y con frecuencia eso se traduce en violencia y polarización. El informe Tipping Point de ONU Mujeres advierte que la violencia digital facilitada por IA -incluyendo deepfakes y acoso automatizado- está expulsando a periodistas, defensoras de derechos humanos y activistas del debate público: casi una de cada cuatro encuestadas ya ha sufrido abusos mediante estas tecnologías.

¿Qué hacemos entonces?

  • Primero, exigir la perspectiva de género como método, no como adorno: Exigirla en el diseño de algoritmos, en las políticas públicas que regulan la tecnología y en las salas de redacción que informan sobre ella.
  • Segundo, formarnos y reclamar nuestro poder: Reportes de Jobs for the Future coinciden en que la empatía, el pensamiento crítico, la resolución de conflictos y la ética serán las habilidades más valiosas a medida que la IA se integre. Esas son capacidades que las mujeres hemos desarrollado históricamente y que hoy debemos posicionar como liderazgo imprescindible.
  • Tercero, hacer comunidad como estrategia política: Crear y sostener espacios de alianza entre mujeres no es un gesto ingenuo, es un escudo. En un entorno donde los algoritmos aíslan y la violencia digital busca silenciarnos, tejer redes, contrastar fuentes, acompañar a las lideresas y pensar en voz alta es lo único que sostiene nuestra voz cuando intentan apagarla.

Hay matices de esperanza, pocos pero hay: la proporción de fundadoras de startups con habilidades en ingeniería de IA subió del 2,3% en 2019 al 8,7% en 2026. La puerta no está cerrada, pero hay que empujarla con fuerza y en colectivo.

La tecnología no va a reemplazar el liderazgo. Pero puede reemplazarnos a nosotras si seguimos esperando a que alguien nos invite a la mesa. Nadie lo hará. La mesa se ocupa sin pedir permiso.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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