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Región del Biobío: una tierra intensa

Región del Biobío: una tierra intensa

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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De choque de placas tectónicas y de culturas, luego de ideas e ideologías en la República, con un sello industrial único, algo duro, nunca ha perdido su vocación independiente, su fuerza autónoma. Ella es ella.


Es una tierra rebelde, que no se resigna a su forma; sigue intentando un mejor acomodo. Se fundó Penco —la ciudad original, de 1550— y, al poco tiempo, la destruyó un maremoto. Un siglo después, terremoto con maremoto. Otro siglo más, y viene el trágico sismo de 1751; ahí se trasladó la ciudad al lugar que conocemos, bajo un nuevo nombre, Concepción de la Madre Santísima de la Luz, para que la Virgen la protegiera.

Igual quedó inquieta: ni costera ni portuaria, ni tampoco de tierra adentro, lo que refleja su vocación original. Cabecera de la Guerra de Arauco, su destino osciló entre alzamientos, acuerdos temporales y períodos de paz. Fue ciudad de oficiales de carrera y de soldados, de familias combatientes, de una generación a otra.

Santiago era ciudad de retaguardia, de mujeres y conventos, mientras en Penco-Concepción se vivían las tensiones de la primera línea. Junto al gran Biobío, cuyo curso ancho era la frontera ante los combatientes de Arauco, se tejió un diálogo entre esos dos mundos.

Es natural que los líderes de la Independencia —varios de sus principales— provengan o se formaran ahí, como Juan Martínez de Rozas, Bernardo O’Higgins, Ramón Freire, José Joaquín Prieto y Manuel Bulnes. Los penquistas dirigieron el país, en la primera mitad del siglo XIX, hasta que se impuso el poder centralizador de Santiago, ciudad que consiguió, solapadamente, el título de capital. Otro hecho que debilitó a la gran urbe del sur fue el terremoto de 1835, también con maremoto. Por algo es conocida como “La ruina”.

No dejaron de ser rebeldes sus habitantes. Como varias de sus ciudades nacieron como fuertes de La Frontera, eran gente de armas tomar. Si Santiago tenía un sello conservador, en esta región, orgullosa de su autonomía, el ideario liberal prendió con fuerza; querían cambios. Figura icónica fue el indómito Benjamín Vicuña Mackenna, cuya vida sentimental fue símbolo de un tiempo nuevo, de amores y sentimientos sin freno.

El auge de la industria triguera, la explotación del carbón de Lota y Arauco, el protagonismo marítimo de Talcahuano —con efectos en toda la provincia— contribuyeron a definir un mundo pujante y dinámico, conectado al futuro. La industria textil de Tomé sería otro polo renovador, al igual que Vidrios Lirquén y Lozapenco, grandes generadoras de empleos para incontables familias.

La masonería fue hogar intelectual de muchos líderes, como el general José María de la Cruz, quien se alzó contra Santiago en 1851 con la bandera de la autonomía regional. Entre masones y educación laica, con intelectuales reformistas, a principios del siglo XX se logró un sueño mayor: un establecimiento de educación superior independiente de Santiago y del clero católico. Fue en 1917 cuando dos logias masónicas impulsaron un Comité Pro Universidad y otro Pro Hospital Clínico.

El fundador de la Universidad de Concepción en 1919, Enrique Molina Garmendia —filósofo de vasta cultura— planteaba que las provincias debían contar con universidades, bibliotecas y centros culturales que fomentaran la identidad regional. Ella, motivo de orgullo justificado, permitió que jóvenes de todas las provincias del sur no tuvieran que emigrar a la capital y que la ciudad continuara su desarrollo industrial apoyada en profesionales propios.

La tierra inquieta se manifestó una vez más en 1939, con un terremoto que destruyó, en más de un 80%, las principales ciudades de la región, desde su capital hasta su puerto de Talcahuano, además de Coronel, Tomé y Lota; y también Chillán, que hasta 1974 fue parte de la provincia. La zona debió lamentar la emigración de muchas familias que, perdidas sus fuentes de ingresos, emigraron a Santiago.

Si esta región tenía una vocación proclive a las modernizaciones, el terremoto de 1939 la hizo visible. Al caer tantas construcciones de adobe, se adelantó la renovación de la infraestructura provincial con nuevas tecnologías, imagen que pasó a ser símbolo de la modernidad en Chile, en hormigón armado. Luego se sumó la Usina de Huachipato, encargada de aportar el acero necesario para impulsar la industria pesada en el país; con barrios residenciales modernos, emergió como un trozo del futuro de Chile, un país capaz de ser autónomo. Es tiempo también, hacia 1950, del auge de la industria papelera y forestal.

Las tensiones sociales, sin embargo, recorrían Chile, en las minas y en los campos donde se hablaba de reformas agrarias. Un nuevo episodio rebelde surgiría dentro de la Universidad de Concepción, con estudiantes que se incorporaron al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en 1965; era el inicio del período más violento del país en el siglo XX, el que culminaría en una larga dictadura entre 1973 y 1990.

Un icónico grupo local de música, Los Tres, tuvo allá su origen. Para uno de sus integrantes, Álvaro Henríquez, Concepción tiene algo violento, intenso, potente, de carácter, que marca a la región, con tensiones subterráneas que no siempre afloran a la luz. Según Henríquez, todo ahí es más fuerte: los amores y las frustraciones, las amistades y la vida nocturna.

En las décadas finales de la centuria crece un gran conglomerado urbano, el Gran Concepción, que estalla en todas direcciones: hacia el puerto de Talcahuano, pero también a San Pedro de la Paz, Chiguayante, Hualpén, Coronel y Lota, una constelación no planificada que es reflejo de su condición de segundo enclave industrial y económico más importante del país. Los Ángeles es otro núcleo regional estratégico, sustentado en la agricultura y la industria forestal. Lebu, por su parte, de gran pasado carbonero, es ahora pesquera y turística.

La infraestructura cultural ha mejorado en este siglo, algo muy necesario en una región tan populosa y —hoy— con tantas universidades. Al Teatro Biobío (2018) se suma el Teatro de Lota, histórico y restaurado, en tanto el Teatro Marina del Sol, dentro del casino, es un espacio privado que se ha validado. El Festival REC, musical y masivo, y el de Dichato son hitos en el calendario de eventos de cada año.

El dinamismo regional tuvo un freno en el terremoto del año 2010. Aunque el epicentro estaba más al norte, los daños fueron considerables, en especial en el borde costero, con pérdidas humanas; una vez más, se renovaron las normas antisísmicas para soportar mejor eventuales sismos futuros. Los incendios forestales recientes también se manifestaron con muertes y grandes pérdidas, poniendo a la región a prueba. Una vez más.

Como polo universitario, cuenta con suficiente capital humano para enfrentar un mundo que demanda una economía de bases más sustentables. El aire contaminado por la industria, los ríos con vertidos y presencia de pesticidas, la tala ilegal de bosques nativos, la pérdida de biodiversidad por la expansión de pinos y eucaliptus, así como el crecimiento desordenado de las ciudades, generan denuncias y críticas.

En esta historia siempre inquieta, el año 2024 marcó un nuevo quiebre; ante el cierre de la Usina de Huachipato, dura pérdida, se sumaron fuerzas de toda la región para impulsar un Plan de Fortalecimiento Industrial del Biobío. La historia no se detiene.

Desde la regionalización, en 1976, lleva el nombre del “río grande” que marcó su vocación original de ciudad de frontera: Biobío.

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