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Una película de Nicolás Guzmán

Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “Si escuchas atentamente”, el milagro de estar vivo

por 22 julio, 2016

Crítica de cine: “Si escuchas atentamente”, el milagro de estar vivo
La ópera prima de este joven director nacional exhibe puntos audiovisuales notables: el avistamiento de un sector de la ciudad de Santiago (Ñuñoa, Peñalolén, La Florida), surcada y unida por el Metro, en relación a la cotidianidad escolar de cuatro adolescentes en conflicto con las exigencias educacionales del colegio y de la enseñanza básica. Pese a resolver bien el desafío de no caer en el género reporteril durante el desarrollo dramático del argumento, esta obra se fragmenta en su visión de conjunto fílmico, al evitar situar a los protagonistas, en interacción con su espacio familiar y afectivo más cercano.
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“Usted estudió en el Liceo 14 de Renca / y llegó hasta octava preparatoria / porque después su papá murió de viejo siendo joven aún”.
Erick Sven Pohlhammer, en Usted

Del nombre del realizador francés Nicolás Philibert, y de su largometraje documental Ser y tener (2002), uno se acuerda inmediatamente, después de apreciar Si escuchas atentamente (2015), de Nicolás Guzmán: salvando las diferencias entre el modelo de enseñanza público galo con el fiscal y municipal chileno, se observan algunas semejanzas: planos y secuencias que apelan a la importancia del profesor en una sala de clases, frente a seres humanos en pleno proceso de formación, y el miedo al ridículo en el aprendizaje cognoscitivo, de cara a un futuro hipotético, del que nada se sabe.

La diferencia es que en esta versión criolla, poco se observa a esas familias que ayuden y acojan a estos chicos santiaguinos (efusivas en el filme europeo), víctimas aquí de la soledad, del abandono, hasta del desarraigo, pero antes que nada, de la terrible disfuncionalidad que caracteriza a sus grupos de relación consanguínea: no tienen a nadie, en definitiva, que los recoja de las evidentes carencias emocionales, en las que se diagnostican penosamente sumidos.
Si escuchas atentamente, en efecto, es una película de niños solos y entregados a su suerte. Papás y mamás sólo hay de oídas, que se corporizan (por desgracia) junto al maltrato de progenitores y cónyuges golpeadores, que escapan, arrancan, y los muchachos se quedan con las abuelas, traumados para poder aprender con éxito elementos intelectuales básicos, en contraste con la sabiduría práctica y vivencial, que van adquiriendo de la calle, en una pista de patinaje, en los potreros arriba de un caballo.

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Una ciudad de postergados y moderna, sin árboles, trazada de pasajes y villas, al descampado, con síntomas de dendrofobia, es la que retrata Nicolás Guzmán. El Metro de la línea 4 le sirve al director con el propósito de unir en un tópico audiovisual, el destino y la biografía cambiante de Francisca, Scarlette, Javiera y Naín. También para demarcar límites y cartografías de ruta y espacios cinematográficos: Un día comienza, otro se acaba, y la pausa y los segundos necesarios a fin de saltar de un personaje a otro. El tren urbano es el reloj del tiempo diegético, en este largometraje documental. Su fluir anuncia los cambios inapelables y venideros que sobrevendrán a este grupo de niños, quienes sufren los rigores biográficos y propios de un adulto.

El realizador resuelve con genio, por ejemplo, la tentación de subordinar el lenguaje audiovisual del filme, a las cuñas y declaraciones de su elenco verdadero, no ficticio. Investiga, da cuenta de sus entornos (sospechosamente despoblados de su gente próxima), graba sus declaraciones, conjugadas y montadas, en estrecha ligazón con el desapego familiar del que denuncian ser, unos productos.

Aquel esfuerzo de Guzmán, disociar las imágenes de los significados pronunciados por el elemento sonoro (los niños hablan de sus padres, pero estos nunca emergen al interior de la composición de los cuadros), parece forzado, una estrategia narrativa, en vez del testimonio honesto y sincero de una problemática cotidiana. Son apenas unos quinceañeros, a veces ni siquiera alcanzan esa edad, entonces…, huérfanos tampoco es el apelativo que corresponde a su identidad: alguien los mantiene patrimonialmente, algunos adultos, que jamás son enfocados, les preparan las comidas y les compran la ropa con la cual se visten y salen a la calle.

Están abandonados, de acuerdo a lo que dicen sus historias humanas, aunque…, persiste la duda, y es un núcleo que ni el libreto ni el montaje (de manifestaciones brillantes, como las tomas del Metro y su enfrentamiento a la idea del tiempo), se hacen cargo. ¿Quiénes son los padres de estos jóvenes, cómo sienten y se miran sus caras y sus rostros, en relación a la suerte y el triste presente de sus hijos? Es cierto, se acusa la soledad y el abandono de los protagonistas, ¿a causa de unos jefes de familia indiferentes, o bien desolados por sus propias frustraciones vitales?

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La plasticidad audiovisual de Si escuchas atentamente (por instantes bellísima en la correlación conceptual de su significado y una prueba del talento autoral de Guzmán), se separa por largas secuencias (en su intencionalidad), del desarrollo dramático del documental. La voz en off deja de fluir, y los verbos de la cámara continúan en la indagación acerca de un entorno separado e indolente hacia los niños y sus tristezas. La cámara dice: aquel es el Santiago de estos adolescentes solitarios, y esa ciudad inhóspita, sin árboles, de autopistas, escasas áreas verdes, tranvías de Metro, rieles eternos, fierros infinitos, pura sensibilidad del cemento, se desconecta con el crecimiento argumental y direccionalidad de esos relatos, que finalmente son el centro y el motivo principal de esta película. La urbe camina por un lado, y el derrotero de los niños, trota por la vereda del frente.

Anotamos la influencia, quizás, del francés Nicolás Philibert, agreguemos, ahora, los apellidos de otro cineasta ilustre, los del chileno Ignacio Agüero y su Cien niños esperando un tren (1988). Referencias de sobra para entregar las luces que nos permitan configurar los calificativos, en este caso, de una atendible ópera prima.

Un título donde el ruido de fondo de esta zona de la Región Metropolitana, posiblemente sea otro protagonista más de la cinta: la música de los silencios y fríos floridanos, entre el paradero 14 y la rotonda Departamental, yendo por Vespucio, y que luego gira hacia la Quebrada de Macul, las piscinas que guardan el agua de los aluviones, y el canal San Carlos y los bosques de Lo Cañas. O la avenida Grecia partida en dos por el Metro, para perderse hacia Peñalolén y la Cordillera arriba. El suroriente de Santiago, así, se visualiza acorde a la perspectiva de unos habitantes adolescentes, cuerpos que se desplazan por esquinas y calles reducidas: la posibilidad de sus piernas, y las brindadas por el metro, y por las micros de acercamiento.

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Muchachos solos: Sin padres que les protejan, que los ayuden, que los abracen, que les mimen y les acaricien, Si escucha atentamente se debate, entonces, como un largometraje documental que enjuicia el rol de la educación pública (y su impotencia), ante el problema de los niños sin apoderados presentes, o bien instalados al medio de una turbulento día a día, causado por una severa disfuncionalidad parental.

Guzmán prescinde decidirse, omite mostrarnos si el problema se debe a una posible inoperancia de la docencia sustentada por el Fisco, o a que detrás de estos muchachos sólo hay pérdidas, violencia física y verbal, indiferencia, y ausencia de amor, de cariño, de la más elemental ternura. Un guión aceptable y un montaje que denotan trabajo, al que sin embargo, le faltó mejorar el vínculo del argumento (el “drama” de los adolescentes que no pueden concluir la Enseñanza Básica, pero que milagrosamente están vivos, en fin, un nudo de libre elección, a criterio del director y de los espectadores), con esos silencios, y esa inmensidad y respirar de un ciudad bullente y mecanizada, pero ni de lejos, periférica en la fragmentación sectorial que acá se exhibe.

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