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Derechos de autor en Chile: un debate que busca solución

por 12 diciembre, 2020

Derechos de autor en Chile: un debate que busca solución
Las industrias culturales o sistemas naranjas, en estos casos, son los herederos de esas primeras empresas que comenzaron a limitar la creación y el conocimiento para poder contar con beneficios económicos. Uno de los grandes problemas es que en el discurso, quienes defienden esta licencia del permiso generan la ilusión (no se si por ignorancia histórica o por conveniencias de participación de sus emprendimientos) a una población de artistas, haciendo creer que es casi la única opción que tienen para proteger sus creaciones y, de paso, ganar algo de dinero con ellas.
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En gran parte del mundo el tema de los derechos de propiedad intelectual ha sido un debate de larga data durante muchos siglos. El derecho de autor, o más bien copyright (término existente en la RAE), comienza a desarrollarse entre los siglos XVII y XVIII, en Europa,  con el auge y crecimiento de las tecnologías de reproducción de, principalmente, literatura y, por ende, de los inicios de los mercados de estas obras. Desde entonces nunca este tipo de protección a beneficiado a la masa de creadores ni a la masa “ciudadana” en el acceso al arte y la cultura. Constante e históricamente, el copyright a dado réditos a industrias, empresas y algunos y algunas pocas artistas de reconocimiento y alto precio de venta de sus obras (que son la gran minoría del mundo creador). 

Las visiones son analógicas y restrictivas, además de contradictorias, pues en variadas ocasiones se apela al derecho a la información, el conocimiento y la cultura, pero -y ahí la omisión de falta de referentes fuertes en el tema- es una, digámoslo, terrible contradicción, pues las restricciones de sobre-protección autoral han mostrado en todos los casos internacionales que al ir creciendo esa protección de los creadores, limitan los accesos públicos al arte, la cultura y, también, la ciencia.

El tema es muy extenso, pero esta breve columna, nace de una preocupación que se está comenzando a genera (nuevamente) en Chile con respecto al tema. Ya tuvimos un episodio muy problemático entre el 2009 y 2010 con la sociedad chilena del derecho de autor (SCD), quienes, a puertas cerradas, con la ministra de cultura de entonces, estuvieron a punto de cerrar un acuerdo para modificar la ley de derecho de autor basados en el modelo español del canon, el cual es muy restrictivo y pone, por anticipado, a todo consumidor como un potencial delincuente (o pirata como lo llaman), cobrando, por ley, un extra a todo artefacto que pueda usarse para grabar (pendrives, dvd virgenes, discos duros externos, papeles redma, etc.), esto sin contar fuertes restricciones a la fotocopia de libros en los establecimientos educacionales y fuertes pagos a cualquier escuela, o jardines infantiles si uno de los estudiantes utilizaba, por ejemplo, una canción sin el debido permiso o pago correspondiente. Esta situación logró amortiguarse de cierta forma, no llegando a permitirse tal nivel de restricción de las artes y la cultura a la comunidad. Las industrias culturales o sistemas naranjas, en estos casos, son los herederos de esas primeras empresas que comenzaron a limitar la creación y el conocimiento para poder contar con beneficios económicos. Uno de los grandes problemas es que en el discurso, quienes defienden esta licencia del permiso generan la ilusión (no se si por ignorancia histórica o por conveniencias de participación de sus emprendimientos) a una población de artistas, haciendo creer que es casi la única opción que tienen para proteger sus creaciones y, de paso, ganar algo de dinero con ellas. Esto ha sido constatado como falso por una data de tiempo muy extensa desde el nacimiento del copyright, pues terminan cediendo sus derechos y, según estudios de Smiers y van Shijndel (2008), el 90% de los creadores no percibe una ganancia como si la percibe el 10% más beneficiado (empresas y creadores exitosos comercialmente). 

Lo que se suma a mi preocupación es que he escuchado a otras organizaciones intentar seguir el modelo de SCD, como son algunas asociaciones gremiales de santiago (UNA, ACA, y APECH). Arturo Duclos ha estado dando charlas para que los artistas se inscriban en Creaimagen. En todos estos casos se escucha, como mantra, el derecho de autor (eufemismo de traducción de, realmente, copyright). ¿Por qué mi preocupación? Estos gremios y organizaciones comienzan a redactar adecuaciones de leyes en el tema, y variados integrantes de estas instituciones ya están viendo la posibilidad de ser representantes constituyentes. Aquí veo dos problemas muy fuertes en el tema: el primero es lo que ya he mencionado muy rápidamente, y el segundo es que no veo en ninguno de los discursos un conocimiento sobre las tecnologías, las cuales son las que, históricamente, a través de Internet, han puesto, en tela de juicio, y de forma muy crítica, el copyright, comenzando con los herederos del conceptualismo en la red como el Net.Art. No veo conocimiento e investigación de lo que algunos llaman nuevos medios en las artes; se encuentran debatiendo el tema desde una perspectiva de, por lo menos, 30 o 40 años atrás. Las visiones son analógicas y restrictivas, además de contradictorias, pues en variadas ocasiones se apela al derecho a la información, el conocimiento y la cultura, pero -y ahí la omisión de falta de referentes fuertes en el tema- es una, digámoslo, terrible contradicción, pues las restricciones de sobre-protección autoral han mostrado en todos los casos internacionales que al ir creciendo esa protección de los creadores, limitan los accesos públicos al arte, la cultura y, también, la ciencia. 

Con todo esto no estoy diciendo que no haya que proteger las creaciones autorales, pero es un tema que requiere debate abierto de expertos y expertas, junto con la comunidad en discusiones horizontales, pues esos derechos con el crecimiento exponencial de las tecnologías digitales se convertirań en cuestiones, lamentablemente ideológicas muy fuertes en un futuro demasiado cercano. El balance del debate debe enfocarse en la medida del resguardo y restricciones del acceso al arte y la cultura proteccionista, es decir, a la protección de los y las autoras, versus las limitaciones que esto debe acompañar en relación a los alcances que puedan tener la gran mayoría de las personas que quieran acceder a contenidos, creaciones y descubrimientos sin la necesidad de acceder a ello bajo los términos del lucro. Los bienes comunes del conocimiento deben estar encima de las mesas de discusión, pues corremos el riesgo de volver a esos momentos oscuros que comentaba de la SCD intentando limitar una cantidad ingente de contenidos culturales. 

Continuaré explicando, con más detalles y ejemplos de casos este tema importante en siguientes columnas y explicar por qué es falsa la creencia de que los derechos de autor son una especie de conquistas gremiales para una gran cantidad de artistas y gestores (hay que iniciar la discusión, la nueva constitución no debería ir con representantes de la cultura con un nivel de omisión semejante). Por ahora termino con una cita del abogado Lauren Lessig:

“En nuestra tradición, al contrario, la propiedad intelectual es un instrumento. Crea la base para una sociedad ricamente creativa pero se queda en una posición subordinada con respeto al valor de la creatividad. El debate actual ha puesto esto al revés. Hemos llegado a preocuparnos tanto en proteger el instrumento que hemos perdido de vista el valor que promovía”. 

Samuel Toro. Licenciado en Arte. Candidato a Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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