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El análisis literario de García Márquez y Vargas Llosa en el libro "Dos Soledades: Un diálogo sobre la novela en América Latina"

por 15 julio, 2021

El análisis literario de García Márquez y Vargas Llosa en el libro
Mario Vargas Llosa comienza la conversación preguntándose para que sirve un escritor, haciendo hincapié en que la respuesta no es sencilla de encontrar en comparación con otras profesiones como la de doctor o arquitecto.  Luego le pregunta directamente a su interlocutor, a Gabriel García Márquez: «¿Para qué crees que sirves tú como escritor?»«Yo tengo la impresión de que empecé a ser escritor cuando me di cuenta de que no servía para nada»
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Hace más de cincuenta años, en septiembre de 1967, se reunieron en Lima unos jóvenes Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa para hablar sobre la novela latinoamericana. El colombiano había publicado recientemente Cien años de soledad, con un explosivo éxito de ventas y crítica, y el peruano venia de recibir el premio Rómulo Gallego por La Casa verde. «Dos soledades» es el título de esta nueva edición, donde se incluye un prólogo de Juan Gabriel Vásquez, textos de asistentes al evento, fotografías y entrevistas posteriores a los dos escritores. Vásquez cuenta como de joven se hizo de una edición fotocopiada de este intercambio gracias a un librero bogotano que al entregársela declaró: “En este libro hay más lecciones valiosas sobre el oficio de novelista que en cualquier facultad de literatura”. Veamos.

El diálogo entre ellos está dividido en dos partes (5 y 7 de septiembre) donde se da una conversación en la que Vargas Llosa asume el papel del interrogador. La extensión del intercambio apenas supera las setenta páginas. En estas, al poco andar, se distinguirá el carácter de cada uno de los escritores, sus diferencias y semejanzas. Hay un conocimiento profundo de la novela, quirúrgico en el caso de Vargas Llosa, y en el de García Márquez, innato, natural, ciertamente intuitivo. En ambos fluye la ambición, conscientes de que están haciendo algo grande.

Vargas Llosa, bisturí en mano, intenta diseccionar la obra del colombiano, (es posible que Historia de un deicidio, su análisis critico sobre la obra de García Márquez de más de seiscientas páginas ya estuviera en marcha) pregunta por la utilidad de la escritura, su función social y subversiva.  “Yo creo que, si esto es previsto, si es deliberada la fuerza. La función subversiva del libro que se está escribiendo, desde ese momento, ya el libro es malo”, responde García Marqués y comienza a darse a entender fuera de la teoría: “Es decir, no sé muy bien por qué pasan estas cosas”. Comienza a surgir el contador de historias, el fabulador un poco exagerado, un poco mentiroso quizás, pero siempre atrapante.  No encontraremos el término “realismo mágico” en ninguna parte del texto, lo que se agradece, hay una libertad previa al encasillamiento. Esas clasificaciones a veces vienen de la academia, pero también del marketing. De estas maniobras comerciales surgen las fórmulas y los imitadores, y a la larga pueden generar daño o predisposición frente a una obra. El marketing y la buena literatura no se llevan del todo bien. Es cosa de ver las listas de los libros más vendidos.

Las definiciones que se ocupan para intentar ahondar en Cien años de soledad son: episodios poco probables, poéticos, visionarios, fantásticos.

“Ese es un problema puramente técnico” dice García Márquez “Mi gran dificultad siempre fue encontrar el tono y el lenguaje para que esto se creyera”. El colombiano insiste en ser un escritor realista inmerso en una Latinoamérica difícil de explicar. Donde nuestra realidad es poco verosímil si no encontramos en el lenguaje la forma correcta de colocarla en un libro.

El término que si sale a flote en la conversación es el del “boom”, están conscientes de la fuerza que está tomando la novela Latinoamérica en el panorama mundial. Están conscientes de que, junto a Cortázar y Fuentes, ellos van a la cabeza de este fenómeno editorial. Pero intentan llamarlo un boom de lectores. ¿Qué fue lo que cambio?, se preguntan.  Que fue lo que hicieron para generar interés en comparación con la literatura anterior.   Concluyen que una de las razones habría sido el abandonar un punto de vista puramente folclórico por un ojo más trascendente, más a fondo. “Yo no quiero ser injusto con los abuelos.  Esa gente removió muy bien la tierra para los que viniéramos después” dice García Márquez. Descartan, que el autoexilio en Europa de los principales exponentes sea una de las razones. Ellos mismos siguen escribiendo sobre sus países, los siguen viviendo en su trabajo. La lejanía ayuda a escribir, a ganar tiempo, a vivir con menos compromisos.  “Sabes que fue lo único que sucedió entre estas dos generaciones. Faulkner, eso es lo que sucedió”, concluyen, confesando que el método del escritor norteamericano, era el más eficaz para contar la realidad de sus países, de su continente. No el europeo, ni el español.

La conversación esa vibrante, culta, entretenida. Da una mirada nueva a un fenómeno literario que se ha manoseado hasta el hartazgo.  El análisis sobre Borges es genial, se lo dejo al lector. Y más que nada lo lleva a uno a replantearse su relación con el ineludible boom, al ver a sus protagonistas interactuar cuando este recién comenzaba.

Cuando era joven y un lector incauto aún, había una corriente anti- boom, específicamente centrada en la figura de García Márquez, tal vez justificada por la imposición temática que se esperaba de toda la literatura Latinoamérica. Tal vez querían escribir de otros temas, hablar de otra forma. Este tipo de parricidios freudianos son comunes entre escritores, se dan cada tantos años contra la generación anterior y luego se diluyen y cada uno se vuelca a sus quehaceres. Sí lo haces bien, pueden contar con que sus contrincantes están en formación. Esa atmósfera hizo que postergara la lectura del colombiano, hasta que un día, picado por la curiosidad, pero sin abandonar los prejuicios del ignorante, comencé a ojear El amor en los tiempos del cólera. Frente a las primeras páginas (aún recuerdo el olor de las almendras amargas, el suicidio con cianuro de oro, el cuerpo del gran danés negro y las muletas) se me vino a la memoria un escrito de Cyril Connolly sobre el ataque de H.G. Wells a un ya anciano Henry James “Hacen pensar en un chiquillo que molesta a un elefante, el cual se levanta, con noble perplejidad, le echa una mirada y se aleja caminando pesadamente”. Fue un momento que sembró mis primeras dudas sobre el imperio de la novedad.

“Yo creo que tenemos que trabajar en la investigación del lenguaje y de formas técnicas del relato” dice García Márquez en el diálogo con Vargas Llosa, a lo largo del cual intentan desentrañar los mecanismos de la novela y sospechan que lo están logrando. No reparan en el tema, saben que sus vivencias, recuerdos y Latinoamérica se los seguirá entregando.

“Me imagino que lo que está sucediendo es que nosotros hemos dado en el clavo”. Y es posible que así fuera, a pesar de que no es obligación que nuestros gustos o preferencias vayan sobre el destino de los Buendía o de “la selvática” en el pueblo de Piura. A pesar de sus diferencias posteriores que terminaron en una publicitada y nunca aclarada pelea, y del camino que cada uno tomó. Él colombiano vestido con sus guayaberas blancas en compañía de un envejecido Fidel ataviado en su buzo Adidas, o el peruano de la mano de Isabel Presley inaugurando la tienda de Porcelanosa frente al Madison Square Park en Manhattan, como los dos polos de una Latinoamérica dividida y aún difícil de explicar. A pesar de todo eso, al final de este antiguo intercambio, no cabe duda de que ellos no se contentaron con sembrar la tierra removida por los abuelos, levantaron grandes estructuras, en la soledad de su trabajo, en la búsqueda del tono y el lenguaje, sorteando el problema técnico, terminaron levantando mundos latinoamericanos.

Por estos días se habla de un nuevo boom en mano de las mujeres (Enríquez, Melchor, Nettel, Flores entre otras). Esta vez voy a estar atento.

 

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