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Zurita y "Sobre la noche el cielo y al final el mar": una experiencia catártica

por 5 octubre, 2021

Zurita y
Este libro "nos involucra en un periodo, en una vida, en las necesidades de un colectivo artístico de una forma feroz y penetrante. Es un ejercicio ineludible para aprender a leernos, «para no morir de hambre en el arte»".
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No caben mayores presentaciones al autor de esta novela, no cabe enumerar sus obras ni resúmenes biográficos. Raúl Zurita se arroja de lleno en lo más profundo de una etapa de su vida. Se lanza de cabeza sobre un periodo, del cual surgen otros, como chispazos de memoria cada vez que se estrella aguas abajo.

Un padre carga con la cabeza de su hijo mientras le va contando sus propias experiencias. Un padre muerto a temprana edad relata las vivencias del hijo con quien no pudo estar en vida, pero sí es capaz de sostenerlo.

«¿Padre, usted sufre cargándome?

Sí —me respondió—, pero yo siempre estaré contigo, contigo que fuiste desmembrado.»

Ese periodo es el del colectivo artístico CADA, de sus actividades bajo el peso de una feroz dictadura, no solo violenta, también gris, asfixiante, triste. Ese periodo es el de una relación con “la que había sido su mujer”. Donde hay amor, daño y fractura. Esa cabeza decapitada es la de un poeta al borde de la desesperación, luego de la tortura y el desgarro. No le basta al autor con el uso de la prosa y el verso, de visiones y recuerdos. La linealidad tampoco tiene cabida en estas memorias complejas. Los saltos de tiempo son atrapantes y poéticos, materializan la fugacidad de la memoria y la subjetividad. Genera la sensación de instante sobre una línea de vida que sigue avanzando, adelante y atrás, antes de que se agote. «Como si la vida no fuera más que un carrusel de escenas enloquecidas y abruptas».

Una vez embarcados en la forma, su contenido fluye torrentoso. Y en el lector comienza a trabajar, más que el ojo, el oído de la mente.

Santiago en 1983, Santiago en 1985 o en 1977. Las acciones de arte como medida desesperada en un país tomado, con la ilusión de generar vida, de responder a la violencia de la dictadura con la violencia extrema de la belleza. Amistades y relaciones complejas, a veces dañinas. Cuerpos que quieren dejar de existir o hacerse daño. Quemarse la cara y luego los ojos, para que sea ella quien vea por él. Los cielos de Queens en Nueva York, petrificados en espera de los aviones que escribirán en el firmamento. Una primavera que no acaba en Berlín, una beca, el interior de una caseta de videos de un sex shop, desde donde recuerda Santiago en 1983.

¿Cuáles son los proyectos? se pregunta, «igualar mente —paisaje—vida».

¿Cuáles son los soportes? se pregunta, «es mi vida, porque a través de ella se va novelando el paisaje».

Y también están las visiones, los sueños entremezclándose con la realidad. Las horcas y el hielo, los cuerpos tendidos boca arriba, las hondonadas al costado del camino, las cataratas del pacífico rugiendo en medio de la ciudad. Y el padre sosteniendo la cabeza del hijo hasta el presente, mientras el autor teclea lo que leemos. Envejecido y enfermo, temiendo el Freezing que a veces le causa el párkinson. Un congelamiento que lo hace caer en un día clavado en su futuro. «Han pasado cuarenta años de eso, pero te es imposible hablar en pasado, porque nada esta en el pasado».

La lectura es una experiencia catártica que nos involucra en un periodo, en una vida, en las necesidades de un colectivo artístico de una forma feroz y penetrante. Es un ejercicio ineludible para aprender a leernos, «para no morir de hambre en el arte».

Cuando cerramos el libro, la última frase sigue refulgiendo en nuestra cabeza, en el oído de la mente: Y sobre la noche el cielo y al final el mar.

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