CULTURA|OPINIÓN
“Los muertos no escriben” de Emilio Ramón: los fantasmas de una juventud acabada
Con una narrativa dinámica e inteligente, la nueva apuesta del autor combina la decadencia de sus personajes principales con elementos sobrenaturales… Y con el mismísimo Roberto Bolaño penando.
La decadencia de una generación que creció por el lado de la luminosidad aparente, propia de la posmodernidad de las primera décadas siglo XXI, es ingeniosamente retratada en la nueva entrega de Emilio Ramón, «Los muertos no escriben». Sin el ánimo de establecer una voz generacional de forma canónica, la novela aborda temas como la crisis de los cuarenta, el fracaso y la decepción, con mucho humor negro y a la vez, una profundidad existencialista que asoma desde la voz propia de sus disímiles protagonistas, todos ligados a la literatura desde el underground santiaguino.
El motor de la historia es Camilo K, un escritor de mediana edad venido a menos, luego de haber alcanzado relativo éxito con su primera novela titulada «El dildo en llamas» hace aproximadamente una década. El protagonista, tras años sin lograr escribir “nada decente” y sumido en la intrascendencia dentro de la superficial escena literaria santiaguina, llega a vivir junto a dos amigos a un enigmático y miserable edificio de departamentos en la calle Morgue, que esconde oscuros secretos que se van develando a medida que se desarrolla la historia.
Lo que podría ser una historia acerca de escritores sumidos en el fracaso profesional y personal, viviendo las contradicciones propias de llegar a los cuarenta habiendo sido artistas idealistas desde la cultura del punk y el under, se entrecruza con la paulatina aparición de fantasmas que, desde el lúgubre edificio, van aportando al desarrollo de la historia y al descubrimiento interno de sus personajes, paranoia y locura de por medio.
Los personajes principales intentan sacudirse de la inactividad en la que han estado por años, formando una editorial independiente llamada Perro Muerto. En reuniones sumidas por la desconexión, el alcohol y las drogas, no logran encontrarse y develan cada una de sus crisis personales en un mundo posmoderno en el que lo que importa es el alcance y no el contenido. La juventud que añoran se esfuma y deja al descubierto todas sus cicatrices.
La multiplicidad de narradores dinamiza el relato y logra entregar profundidad a los distintos personajes que van apareciendo. La dualidad entre el protagonismo y la omnisciencia, que conviven pero no se cruzan, permite que el lector tenga varios ángulos de los hechos y las percepciones personales de los personajes. El cuidado en el lenguaje permite desarrollar esta forma narrativa, sin convertirla en una experiencia compleja.
«Los muertos no escriben» es una novela oscura pero fresca, que, mezclando elementos cómicos, filosóficos y sobrenaturales, logra establecer una radiografía completa de sus personajes, que logran representar un sentir de parte de una generación inconforme, nostálgica e incómoda con los tiempos actuales. Imperdible leer a Roberto Bolaño convertido en un fantasma borracho, ladrón y manipulador.
Ficha técnica:
«Los muertos no escriben»
Novela
258 páginas
Editorial Los Perros Románticos
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