CULTURA
Caro Bloj y su documental “Sincronía”: «El agua es un refugio, aunque parezca contradictorio»
La directora del documental ganador del 4° Festival de Cine del Mar nos ofrece una reflexión de su obra a días de la función especial en UdeC Santiago, donde el público podrá sumergirse en las historias de dos mujeres que encontraron en el mar su lugar en el mundo.
En un momento en que el debate público chileno está cruzado por discusiones sobre el cuidado de los océanos, la crisis hídrica y los modelos de desarrollo que tensionan nuestros ecosistemas, surgen también preguntas más íntimas y quizás igual de urgentes: ¿cómo nos relacionamos con el agua? ¿Qué nos dice esa relación sobre nosotros mismos?
Eso es precisamente lo que explora Sincronía (2024), el largometraje documental de Caro Bloj que ganó el 4° Festival Internacional de Cine del Mar (MarCineFest) y que se exhibirá este miércoles 2 de septiembre en el Auditorio UdeC Santiago, con un conversatorio en vivo junto a su directora.
La cinta sigue las historias de Ilka Paulens, pescadora y sobreviviente del tsunami que azotó la isla Robinson Crusoe; y Bárbara Hernández, campeona mundial de natación en aguas gélidas y única chilena en conquistar la Doble Triple Corona de Aguas Abiertas. Dos mujeres, dos formas opuestas de habitar el mar, unidas por una sincronía que trasciende el deporte y la geografía.
En esta entrevista, Bloj (quien es artista visual y escultora de formación) revela los orígenes de su pasión por el océano, el encuentro casi fortuito con sus protagonistas y los desafíos de filmar en solitario en una de las zonas más remotas de Chile. También confiesa que la película es, en el fondo, un autorretrato.
– Quisiera partir con algo clave: ¿cuál fue la fuente de inspiración detrás de “Sincronía” y cómo te acercaste a la historia de estas dos mujeres para construir el relato?
– Son dos preguntas que abordan tiempos distintos, pero la fuente de inspiración fue principalmente el mar. Cada vez que me metía al océano, sobre todo cuando estaba en Robinson Crusoe, sentía que esa era mi forma de llegar a un lugar. No soy nadadora deportiva, pero siempre busco el agua. Me di cuenta de que era el lugar donde yo me conectaba.
La imagen detonante fue una obsesión que tuve con el nado sincronizado durante unos Juegos Olímpicos. En esa época trabajaba en la Patagonia, donde nació mi primera película, Respirar helado (2014). Mientras veía nado sincronizado, empecé a hacer esculturas sobre eso sin entender bien por qué, hasta que lo relacioné con un momento clave que viví en la isla de Robinson Crusoe.
Estaba en un momento complicado y decidí arrancarme al mar. Ahí me encontré con un grupo de lobas marinas que estaban “bailando” y “gozando”, en un momento de sincronía. Esa imagen fue la detonante para empezar a escribir los guiones.
Luego vi en el diario La Estrella a Bárbara nadando entre glaciares y dije: “Esto sí que es sincronía”. Ella es alguien que se conecta profundamente con el agua. Después fui a la isla de Robinson Crusoe y me reencontré con mi amiga Ilka. Había pasado el tsunami y no había regresado hasta ese entonces. Ilka se salvó nadando y tenía toda una vida de conexión con el mar. Supe que ella también tenía que ser parte.
Al principio eran tres protagonistas, pero la potencia de las historias de Ilka y Bárbara era tan grande que, sumado a la pandemia, decidí trabajar la dualidad. Bárbara representa el esfuerzo, el objetivo, el frío; Ilka es más expansiva, gozadora, a pesar del tsunami, como son los colores cálidos. Todo el tratamiento visual se fue con esa dualidad: frío y cálido. Las dos, siendo muy distintas, encuentran su sincronía en el mar. Eso es lo que las une.
– ¿Cómo fue trabajar precisamente ese vínculo con ellas, siendo que su relación con el agua es tan íntima?
– Me enfoqué en su conexión con el agua y en lo que experimentan al sumergirse en ella. Cada una se mueve en su propio universo: Ilka, desde el turismo; Bárbara, desde el deporte. Pero, como ocurre en todo trabajo artístico, lo que se transmite siempre encierra un autorretrato. Yo sentía que ellas decían lo que yo sentía sobre el agua.
Bárbara, al ser deportista, contaba con un relato muy construido. Lo que yo buscaba, y se lo transmití, era ir más allá: entender también sus miedos. No solo mostrar que resuelve desafíos (que también lo hace y tiene una disciplina increíble), sino también aquello que siente.
– Y ambas vivieron situaciones límite, pero existía una resiliencia de volver al mar. ¿Qué crees que simboliza esa permanencia en el agua?
– Justamente eso era lo que me parecía extraño. Al principio, cuando el documental aún estaba en desarrollo y yo planteaba que el agua nos sostiene, me decían: “¿Cómo puede sostener si casi las mata?”. Y yo respondía: “Sí, pero uno lo siente así”. El agua es un refugio, aunque parezca contradictorio. Pero cuando la ven, ya entienden su permanencia en el mar.
Ilka, cuando le preguntaba si se sentía enojada por lo que pasó, me decía: “No, el mar es el mar. ¿Cómo le voy a echar la culpa? Nosotros nos relacionamos con la naturaleza y ella nos da el permiso”. Por otro lado, hay mucha gente que al escuchar la historia de Bárbara le cuesta comprender, porque no ha vivido esa conexión.
– En otras conversaciones hablabas de lanzarte a filmar en solitario para Sincronía. ¿Qué desafíos técnicos, físicos y logísticos implicó ese despliegue geográfico en distintas condiciones?
– Me preguntan cómo hice todo sola, y a veces ni yo sé. Estaba tan comprometida y sumergida en el proyecto que, al final, era lo que tocaba. Ignacio Agüero, cineasta, me dijo una vez que yo filmaba el agua de una forma que no había visto antes, y que tenía algo especial.
Yo le comenté que necesitaba equipo y fondos para esta película, y él me dijo: “Si tienes el impulso, ponte la mochila y anda para la isla. Hazlo como sea. Te quedará como investigación para la futura película cuando tengas apoyo”. Y esa fue la trampita: al final eso se convirtió en la película.
Me pareció muy normal en su momento: o me iba mucho tiempo sola a Robinson Crusoe, apoyada por amigos, para filmar al ritmo del documental, esperando los tiempos de Ilka y las condiciones del clima; o iba tres días con equipo completo, pero con el riesgo de que el mal tiempo arruine todo. Fue una súper buena decisión porque, de hecho, no nos pudimos meter tantas veces al agua por el mal tiempo o por la turbidez. El tiempo me lo permitió, pero implicó que yo filmaba arriba del bote, debajo del agua, con una camarita, y a veces Ilka me esperaba arriba mientras yo hacía tomas a las lobas.
– ¿Qué esperas que el espectador se lleve después de ver Sincronía?
– Te puedo contar lo que ha pasado y lo que espero. Hay dos mundos: la gente que nunca se mete al agua y no entiende a quienes les gusta, y piensan que estamos locos; y otros que me han dicho que ahora lo entienden, que la película los hizo sumergirse en ese mundo y comprender esa belleza y conexión.
Por otro lado, me han llamado muchos grupos de nadadores, sobre todo mujeres, que se sienten profundamente identificados. Es como si la película hablara de lo que nos pasa. De hecho, me fui a vivir a Maitencillo y empecé a nadar con un grupo. En la pandemia, al cerrar las piscinas, mucha gente salió al mar abierto y se han formado grupos a lo largo de Chile. Me encantaría hacer una red de estas nadadoras, que es uno de los objetivos de mi futuro proyecto.
Lo que yo pretendía era que la persona, al ver la película, se cuestionara: “¿Dónde encuentro yo mi sincronía?”. Es una pregunta espiritual, sobre dónde encuentras tu espacio, tu actividad, tu forma de reencontrarte a ti mismo. Esa es la pregunta que mueve la película. Quería que la gente saliera de la sala como “empapada”.
“Sincronía” se exhibirá este miércoles 2 de septiembre a las 18:00 horas en el Auditorio UdeC Santiago (Marchant Pereira 10, piso 2, Providencia). La función incluirá un conversatorio en vivo con Caro Bloj. Los cupos son limitados y requieren inscripción previa en santiago.udec.cl o a través del enlace de Welcu.
El evento es organizado por el Instituto Milenio de Oceanografía – IMO (financiado por ANID) y el Instituto Océanos de la Universidad de Concepción (UdeC), con el apoyo de la Unidad Santiago UdeC para esta exhibición.